III - Elegido
Mi madre no podía mantenerme envuelto en su pecho para siempre. Ya no era un niño, y tampoco necesitaba que me siguieran protegiendo. Era adulto e iba siendo hora de que ella lo entendiera. Sabía que me quería: compartía su éter conmigo, mataba a los que me hacían daño y quería algo mejor para mí que la vida que teníamos. Pero no siempre somos dueños de nuestro destino.
No aspiraba a nada menos que a su aprobación. Era nuestra inspiración, nuestra líder, nuestra esperanza, kell de nuestra Casa y protectora de nuestro pueblo. Me dio un nombre que significaba "fuerza por encima de todo". Me puso el nombre de Misraaks, y ahora era lo suficientemente fuerte como para hacerle honor a ese nombre.
El día que le dije que ya era capaz de ir a las incursiones a su lado, nos sentamos juntos en la bodega de nuestro queche. No vi el orgullo que esperaba en sus ojos. Parecía paralizada por el medallón que llevaba al cuello, un icono de la Gran Máquina. Lo había cogido del cadáver de un simbionte, tras ganármelo con sangre. Me lo arrancó del cuello y lo aplastó con la mano.
"¡Esto no te protegerá!", me gritó. "¡Solo te llevará a la muerte!". Nunca había temido a mi madre, pero nunca la había visto mirarme como lo hizo ese día. Me empujó contra la pared con sus brazos superiores y aplastó el colgante doblado contra mi frente. "Ningún hijo mío mendigará las sobras bajo la sombra del ser que abandona".
Pero, mientras me amenazaba, sentí que ponía algo en una de mis manos. Era un relicario, uno de los pocos que había forjado con los tesoros de la Luna. Cuando vio en mi cara que lo había entendido, me soltó y dio un paso atrás. Noté que quería que lo inspeccionara. Nunca había visto uno tan de cerca y, aunque el cristal era transparente, el líquido aceitoso del interior impedía ver lo que había dentro. Sin embargo, sentí su presencia agitándose detrás de mis ojos como las raíces de un gran árbol que se hunden en la tierra.
Me susurró, no con palabras, sino con promesas que florecían en mis retinas como visiones de gloria. Cuando miré a mi madre, le pregunté por qué no podíamos tener ambas cosas. Por qué no podíamos buscar el poder que habíamos robado de la Luna y, al mismo tiempo, ganarnos el derecho a buscar refugio bajo la Gran Máquina una vez más.
"Eres valiente y curioso", dijo mi madre con tono pensativo. "Pero aún no entiendes la brutalidad del mundo". Después, me hizo una demostración. Me clavó un cuchillo en el costado, lo retorció y me partió el caparazón. No le di la satisfacción de oírme gritar.
"Que esta sea tu primera lección", me dijo. "Ahora formas parte de mi tripulación y, cuando la tripulación cuestiona tu liderazgo, debes castigarla".
Me sacó el cuchillo del costado y me lo entregó. "Nunca lo olvides".
Le prometí que no lo haría.