VIII: Y también la Luz
Se dirigen hacia la Última Ciudad, bajo la Gran Máquina.
"¿De qué tienes miedo?", le pregunta Misraaks a Namrask.
"¿Por qué no tienes miedo?", pregunta Namrask en respuesta. La joven lo desconcierta. "¿Qué vida vamos a tener allí? Querrán vengarse de nosotros. Y con razón, ¿no?".
"¿Hay algo que deba saber?", pregunta Misraaks con brusquedad.
"No", gruñe Namrask, frotándose las rodillas desnudas que sobresalen de su caparazón. "Sí. Yo fui…", pero se detiene. "No. No puedo decírtelo, porque entonces tú se lo dirás a los humanos. Y no te pediré que mientas".
"No quieres ser el que eras antes", supone Misraaks. "¿Quieres aprender un nuevo oficio?".
"Quiero tejer", dice Namrask. "Todavía no soy muy bueno. Pero podría llegar a serlo".
"Tejer se parece a la manipulación simbionte", dice Misraaks pensativo. "Los simbiontes trabajamos con metal y carne, no con urdimbres y tramas. Pero el objetivo es el mismo: nutrir la vida con el arte, y nutrir el arte con tu vida".
"No confío en los simbiontes", refunfuña Namrask frotándose el pecho. ¿Qué haría un simbionte con él? ¿Llenarlo de cáncer mecánico para que vuelva a estar fuerte? ¿Darle éter corrupto, la locura imperecedera?
Los ojos principales de Misraaks brillan. "Soy un tipo de simbionte más antiguo, de los que buscan la Luz en todas las cosas. Quizá, el tipo adecuado de simbionte pueda entretejer a dos seres, como intentaron hacer los insomnes en el Arrecife".
"Pero la Luz no está en todas las cosas. Nos ha abandonado. ¿Para qué andar buscando la Luz, si está claro a quién favorece?".
"Hace tiempo, estuvo en nosotros", le recuerda Misraaks. "Podría volver a estarlo".
Namrask recuerda aquellos tiempos, a través de una distancia inmensa y bañada en sangre.
"Riis… estuve allí, ¿sabes?", susurra Namrask. "Durante el Tornado. Tras la caída de Chelchis, envié naves para seguir a la Gran Máquina. Abandoné a todas las casas que no podían combatir. Ordené a mi flota que diera caza a la Máquina. Muchos nos siguieron. Cada nave empezó su propia guerra contra los humanos, pero puede que el primero fuera yo".
Misraaks lo mira fijamente. Tras una pausa, dice: "Lo entiendo. Nuestra gente también tiene miedo del Santo. Pero dudo que él supiera sus nombres".
***
Namrask se instala en la zona de la Última Ciudad que ha sido entregada a los elixni. De día, comparte un telar con otros. De noche, susurra los nombres de los que ha perdido hasta que se duerme.
Duerme bien hasta el día en que un humano le grita: "¡Comeniños!".
Namrask se gira, pero quiere gritar, hablar sobre el aire cerrado, sobre la vida de confinamiento de una nave espacial, sobre las crías que sobrevivieron y las duras decisiones de los que murieron. Ahora desearía haber sido lo suficientemente depravado como para pensar en devorar niños humanos.
Pero ve a los jóvenes elixni, como Eido. Quiere llorar por su promesa, por su esperanza. A Eido no le cae bien y lo evita, es mejor así.
Con el tiempo, Namrask aprende a tejer para los humanos. Lo que más le gusta es hacer fieltro, pero también aprende a trabajar la seda. Le gusta el telar de seda y, en ocasiones, lo usa de forma manual, sacando las hebras de las hileras con una mano, luego con otra, y manteniendo la tensión constante y uniforme para crear el mejor tejido.
Le gustaría poder tejer con la propia Luz, como los guardianes hechiceros, que crean tejido de campo de forma secreta. Tal vez Misraaks aprenda a hacer lo mismo.
Un día, una máquina se acerca a su puesto en el mercado. Nervioso, pasa la mano por su carcasa. Las máquinas humanas se llaman "exos". Le recuerdan a los vex. Le resulta más fácil ver sus formas acorazadas que la inquietante suavidad de los humanos y los insomnes de dos almas. Esta exo lleva un chal colorido.
"Te reconozco", le dice la máquina.
Él se estremece. "Namrask vende telas", gruñe, fingiendo no entender.
"Namrask". Ella se ríe por lo bajo. "Soy vieja, tejedor hueco. Casi tan vieja como tú, creo. Pero, a diferencia de la mayoría de los míos, yo me acuerdo de Londres y de ti".
Él alza un trozo de tela entre ellos. Ella lo coge de dos de sus manos: el cuerpo de máquina de ella es más cálido que el suyo.
"Las líneas temporales se crean a partir de cada momento. Vivimos en un hilo tejido en un enorme tapiz. Pero lo que ha ocurrido entre nosotros, en este hilo, no se puede cambiar. No puedes esconderte. Eres un carnicero. Tú y yo todavía estamos en guerra", espeta ella.
Le suelta las manos. Él la mira fijamente, a duras penas puede respirar. De su boca emana vapor de éter.
Alegremente, le da unos golpecitos en las cuatro manos. "Me pusieron el nombre de una antigua diosa", añade. "Una diosa que tenía tantos brazos como tú. En sus manos estaban el dharma, el kama, el artha y la moksha. La ley, el deseo, el significado y, por último, la liberación. La libertad de la guerra de la muerte y el renacimiento. ¿Tu renacimiento como Namrask te ha liberado?".
"Namrask vende telas", repite él.
"Tal vez", dice con tono burlón. "Pero no creo que la moksha te haya otorgado el verdadero renacimiento".
"No he olvidado lo que hiciste cuando eras Akileuks. Y nunca lo olvidaré", susurra.
Él había robado ese nombre, como cualquier otro botín, y lo había usado. El nombre de un héroe humano, un gran guerrero y un famoso corredor: Aquiles, que significa "desgracia para los enemigos".