VII: El tiempo es un tejido
"Aquí Misraaks". Un nombre sin título.
"Aquí Misraaks. Los que renuncien a la violencia de la Casa de la Salvación y busquen refugio en la Casa de la Luz, encontrarán mi esquife junto al Abismo de Asterión. Traed solo lo imprescindible. Los supervivientes tendrán prioridad sobre las pertenencias. Activar repetición del mensaje".
"Abisterión", dice Turrha. "Conozco ese lugar. Podemos escondernos en unas cuevas cercanas".
"Vale", dice Namrask. Coge su telar. Todo el mundo lo mira y él lo entiende: los supervivientes tienen prioridad sobre las pertenencias.
"Sin esto, no soy nada", protesta.
Oeriks y Eoriks se lo quitan. "Yriks no murió para salvar un telar".
Después de dos días en la cueva, Namrask ve que su calor está sublimando el hielo. Con curiosidad y débil por la falta de éter, se arrastra hasta el muro más cercano y observa.
Namrask mira hacia el interior de otra cueva. Y otra, y otra. Las infinitas cuevas revelan un número infinito de Namrask, Oeriks, Eoriks, Turrhas, crías y supervivientes. Algunos de ellos están muertos y congelados en el hielo, otros han sido cocinados por los cabal, algunos se abalanzan para salir de la cueva mientras los guardianes los acribillan a balazos.
"Salid", dice Namrask con dureza.
"¿Qué?".
"¡Arriba!", brama. "¡Arriba! ¡Tenemos que irnos!".
Al percibir el terror en su voz, recogen a las crías y corren. Como si la Luz lo hubiera dispuesto todo y la Gran Máquina volviera a velar por ellos, escuchan una transmisión: "Aquí Misraaks. Me estoy acercando con sigilo. Llegaré al Abismo de Asterión en cinco minutos. Si necesitáis refugio, venid a mí. Si todavía sois leales a la Casa de la Salvación, entonces, en nombre de las viejas leyes, pido salvoconducto. Esta es una misión de paz".
Namrask busca la distorsión parpadeante del camuflaje en contraste con el cielo negro. ¡Allí! Misraaks viene de Júpiter y usa las emisiones del planeta para ocultarse.
"Deberíamos dispersarnos", le dice a Turrha. "No es prudente amontonarse en una zona de aterrizaje…".
La radio emite un chirrido estridente, un sonido horrible. Un rayo máser vex atrapa al esquife en pleno vuelo y lo estampa contra el hielo. El propulsor, el aire y el éter estallan en llamaradas.
Namrask no se sorprende. La Luz no los toca, la Gran Máquina no vela por ellos. "Tenemos que seguir", dice. Extiende la mano hacia Turrha, para tocarla. "Deberíamos ir a…".
Una niebla blanca la envuelve. Pequeñas descargas eléctricas cubren su armadura. Ella lo mira y suelta un grito ahogado. El teletransporte vex envía a un goblin dentro de ella, que destroza su cuerpo. La máquina, con su indiferente ojo rojo, alza su arma para disparar.
Oeriks muere casi al instante, abatido por un disparo de azote. Eoriks salta hacia él e intenta capturar la bocanada de éter que se escapa tras su muerte, algo que la antigua creencia llamaba la salida del alma, como si eso pudiera mantener vivo a Oeriks. Pero Eoriks también muere.
Namrask se interpone entre las crías y los vex. Si con eso puede ganar un instante más, entonces, ese es un legado mejor de lo que jamás…
"¡A mí!", grita una voz joven. "¡Elixni, a mí!".
Al final Misraaks ha venido. Y no ha venido solo. La Luz lo acompaña.
Y un guardián.