III: Un gesto de amabilidad
La hechicera podía con las bestias de guerra. Los cabal legionarios eran lo bastante lentos como para matarlos a plena luz del día. Incluso el enorme centurión, una vez solo, sería fácil de eliminar. Pero había tres psiónicos en el risco con sus fusiles apuntando a su posición y, si abandonaba la protección de su roca, la matarían.
Druis se arrodilló en la áspera arena roja y maldijo entre dientes. No había anticipado tanta oposición. No tenía energía para teletransportarse. Salir de esto iba a ser doloroso.
Respiró profundamente, formó una granada de vacío en su mano y…
Hubo una explosión en algún lugar del risco. No identificó el estallido de ozono de los fusiles de postas cabal, sino el dulce crujido de la pólvora negra de toda la vida.
El centurión gritaba órdenes a los legionarios, pero el pánico se extendió rápidamente. Druis oyó sus gritos guturales tras una nueva explosión que silenció a las bestias de guerra.
Los disparos se acercaban, el centurión bramó y, luego, nada.
Druis se asomó prudentemente tras su roca. El escuadrón cabal yacía despedazado por el barranco. Los restos de los psiónicos cubrían el risco. Un humo espeso y el olor a petróleo impregnaban el aire.
De entre los cuerpos, emergió la silueta de un cazador solitario. Enfundó su arma y pasó por encima de un cadáver. Caminó con agilidad y movimientos calculados. Era grácil, para ser un cazador. Druis abandonó su escondite y levantó una mano para saludar.
"¡Eh, guardián!", dijo. "¡Gracias por tu ayuda! Soy Druis, me acabas de ahorrar un montón de problemas."
La cara del cazador estaba oculta por el casco. Hizo un gesto con indiferencia y se arrodilló para examinar el arma del centurión.
Ahora que estaba de pie, Druis se dio cuenta de que ella era mucho más alta que el cazador. Seguramente, cualquiera parece alto cuando se le mira encogido desde detrás de una roca.
Se quitó el casco y sintió el aire fresco en su piel azul. Su melena oscura cayó sobre sus hombros. Clavó su mirada dorada en el cazador y volvió a sonreír.
"Me inscribí a una simple tarea de rescate", dijo. "Había que teletransportar algunos suministros a la Ciudad. He tenido un terrible dolor de cabeza toda la mañana y no quería problemas".
El cazador asintió sin mirarla y arrancó un catalizador chispeante de un fusil de postas.
Druis rio. "Vale", dijo, empujando con su bota el cuerpo de un legionario. "No hace falta hablar cuando se te da tan bien disparar".
El cazador se detuvo y se incorporó para mirarla.
"Yo soy… Me llaman Cuervo", dijo, "y me alegro de haber ayudado".
La voz del cazador era suave y refinada, y aunque tenía un toque un tanto frío, era amistosa.
"Yo sí que me alegro", dijo Druis. "Lo que faltaba era que me resucitaran con este dolor de cabeza. Se lo dije a los cabal, pero no me hicieron ni caso. Qué maleducados".
El Cuervo se rio. "Lo entiendo. Después de resucitar, me siento mal durante horas".
Se giró para buscar más armas cabal y algo llamó la atención de la hechicera. Soltó un grito ahogado y el cazador alzó la vista.
"¡Vaya!", exclamó Druis señalando su brazo. "Eres insomne del Arrecife, ¿no? ¡Yo soy terrícola, pero tú y yo tenemos un pasado común!".
El Cuervo bajó la vista. Una tira de cuero se había desprendido de su guantelete y debajo se podía ver claramente su piel de insomne, de un color azul grisáceo.
Cuando alzó la vista, Druis ya se había acercado dando dos rápidas zancadas. Puso la mano sobre su arma, pero la hechicera le dio una palmada en el hombro.
"Me lo habías parecido, por tu voz y tus movimientos". La alta mujer lo miraba con alegre curiosidad.
Cuervo permaneció en silencio.
Druis habría deseado ver la cara del cazador. Para su sorpresa, el rastreador de su cinturón emitió una señal.
"Por fin, buenas noticias", dijo. "Estamos justo en las coordenadas de los suministros que necesito". Escaneó la zona y encontró la diminuta nave de suministros medio bloqueada por unas rocas. "Como me has ayudado a evitar que los cabal se hicieran con el cargamento, creo que te mereces una parte".
"No hace falta", dijo Cuervo. Se movió y ocultó su brazo expuesto tras su espalda. Druis notó que parecía un tanto incómodo.
"No he dicho que haga falta. Solo es un gesto de amabilidad entre dos insomnes. Será rápido", contestó.
Se sumergió en la bodega polvorienta de la nave y encontró las cajas de suministros. En sus paneles parpadeaban tenues luces rojas. Los sellos de seguridad se habían roto hacía tiempo. Abrió la más cercana y la encontró llena de botellas mugrientas. El líquido todavía desprendía un sutil brillo naranja. Descorchó una, la limpió con su ropa y tomó un sorbo. Sabía a miel y sal, y el dulzor picante le causó una sensación de ardor en la garganta.
"¡Bingo!", exclamó Druis mientras salía de la nave con la botella en la mano, pero el cazador ya no estaba.
Druis puso la botella sobre una piedra y se sentó. No esperaba que su compañero volviera, pero esperó mientras limpiaba distraídamente la sangre seca de su túnica. Finalmente, suspiró y cogió la bebida.
"Por Cuervo", se encogió de hombros.