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II: Identidad

Las tuberías de éter tintinearon cuando el recién llegado entró en la guarida de la Araña. Entró con paso vacilante. Sus ojos dorados examinaban la habitación con inquietud. Llevaba las ropas de un traidor. Una mortaja funeraria de color blanco le cubría los hombros, que parecían encorvados por el peso de una gran carga. Estaba hambriento y desnutrido, destrozado por la crueldad de un rostro que no conocía, pero que otros despreciaban. Por "compasión" le habían ofrecido un espacio para descansar, un mínimo de privacidad entre las tuberías. La Araña, con una mano en la boca, se inclinó tanto hacia delante que su trono se hundió en el suelo. "¿Nada?", preguntó a uno de sus lugartenientes, que negó con la cabeza sin decir nada. "¿Seguro? ¿No es solo una artimaña?", dijo agitando una mano en el aire. El silencio con el que le respondieron fue como una rotunda afirmación. "Fascinante". La Araña se deslizó por su trono con un resoplido. Aterrizó en el suelo con una sorprendente gracilidad, pero caminaba con paso torpe, una debilidad fingida. Ordenó a su lugarteniente que se retirara con un gesto y se dirigió al almacén. Las tuberías hacían un poco menos de ruido allí. Sentado en el suelo, envuelto en su mortaja harapienta, el antiguo príncipe Uldren Sov alzó la mirada hacia la amplia sombra que la Araña proyectaba en la puerta. Se puso en pie y se inclinó en una reverencia. "Barón", dijo erróneamente, sin saber que la Araña no ostentaba ese título ni era el cabecilla de ninguna Casa. La Araña respondió con una carcajada petulante. "Tienes el aspecto de la suela de una bota de escoria", señaló la Araña mientras avanzaba por la habitación con un silencio que traicionaba su postura encorvada y su andar renqueante. Su invitado, nada menos que un portaluz, miró a su Espectro en un momento de incertidumbre. "Hemos tenido días mejores", respondió el Espectro. La Araña se abstuvo de criticar la intromisión del Espectro y lo ignoró. Mis chicos dicen que te encontraron a la deriva en el espacio, y que tu nave se topó con unos… escombros", continuó la Araña. "Qué generosos han sido al… rescatarte". La Araña paseaba de un lado a otro y sus ojos azules brillaban en la penumbra. Intentó analizar el lenguaje no verbal del portaluz, su expresión, e incluso algo tan íntimo y sutil como su olor. "¿Cuánto tiempo estuviste ahí arriba, en el vacío, muriendo y renaciendo?". El portaluz se encogió de hombros y desvió sus ojos dorados al recordarlo. "Lo bastante como para entender cómo es la eternidad, y para saber que nunca escaparía sin…" miró a la Araña, al brillo de esos ojos inyectados en éter. "Sin ayuda". "Así soy yo", dijo la Araña alegremente, "siempre ayudando". Ahora que estaba seguro de que el portaluz no lo había reconocido, la Araña se acercó y examinó a su invitado. "No me has dicho cómo te llamas", añadió, como última comprobación. El portaluz no sabía cómo responder. Su Espectro también estaba en silencio. "No tengo nombre". La Araña se contuvo para no estallar en carcajadas. "Bueno, eso no está bien", dijo la Araña mientras le ponía una mano en el hombro. "Eso no puede ser. No pienso tener a alguien a mi cargo…", y enfatizó con prudencia esa palabra, "sin un nombre adecuado". Con malicia, la Araña se acercó y sugirió: "¿Y si probamos uno? Solo durante un rato. Tú y yo". Bajó la voz y susurró: "¿Qué te parece Cuervo?". El portaluz no pareció reconocerlo. La mirada de la Araña se iluminó con la intención de un depredador.