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I. Pulpa

Los pies de Caiatl se negaban obstinadamente a pisar el suelo. Ella, o al menos una vaga aproximación de su cuerpo, flotaba sin elegancia en el Imaginario del psiónico. Extendía los brazos mientras un objeto pasaba flotando por su lado, pero sus manos eran tan intangibles como el humo. Gruñó. "¿Puedes aumentar la… claridad?", dijo. Un indignante gorjeo llenó su mente, como un revoloteo amarillo, y sintió la tensa sensación de doblar madera verde. "Pues inténtalo con más ahínco", dijo, aunque no sin afecto. El suelo del Imaginario se doblegó y se elevó frente a ella. No sintió nada, pero se irguió. Avanzó un paso. El espacio se arremolinó a su alrededor, denso y gaseoso, como un paseo por el interior de una jaqueca. Miró a su alrededor gris, y no le impresionó. Su paseo por la arena donde los guardianes y la Colmena Lúcida solían luchar la decepcionó. "¿No hay más que esto?". Los psiónicos enviaron una explicación telepática: albergar seres sin Luz en el Imaginario de un psiónico era como sostener un espejo borroso que refleja lo que hay en el interior. Sería diferente, más tangible, para la Colmena Lúcida. Para los guardianes. "Para los portaluces", dijo con un suspiro. Y, al hacerlo, un brillo amarillo iluminó la niebla que la rodeaba. Se giró. Por encima de ella se manifestaba la colosal imagen de Dominus Ghaul. Unas nubes de tormenta de un tono blanco sucio se arremolinaron para formar los picos de su armadura. La Luz ardía en su interior, triunfante incluso en la derrota. Ella sacudió la cabeza. Un guardián con la lanza sináptica podría destruir este aspecto, pero ella no tenía Luz y jamás podría compartir el Imaginario con otro. Miró el plácido rostro de Ghaul con rabia y se avergonzó de que su imagen de él fuera tan magnífica. Como respuesta, el psiónico le envió una advertencia: arrepentimiento, culpa, peligro. Ella lo entendió: te enfrentas a lo que traes. La imagen de Ghaul se desvaneció y, en su lugar, apareció Torobatl, que brillaba con orgullo en el cielo nocturno. Caiatl trató desesperadamente de concentrarse en otra cosa. Imaginó a Ignovun, con su ridículo casco de colmillos, al comandante Zavala y a sus compañeros, los portadores del tratado de sangre, pero parecían débiles y pequeños en ese cielo abierto. Hizo acopio de fuerza, pero la forma de Umun'arath surgió ante ella, cubierta de heridas sangrantes y aullando en señal de victoria. Caiatl retrocedió. Torobatl se marchitó en el cielo. Sus tonos verdes y azules dieron paso a los rojos y negros. Caiatl sintió el repugnante hedor de los cadáveres apilados en los campos de cenizas y los mares cubiertos de podredumbre. Un humo oscuro se filtraba de su mundo muerto y enmarcaba el grito de Xivu Arath. Entonces, algo se acercó por detrás: algo que ella conocía. Xivu Arath se alzaba hacia el cielo, pero, ahora, la corpulencia de su padre se expandía para abarcar todo lo que veía. Sus ropajes habían perdido lustre, sus sedas púrpuras estaban empapadas de saliva fétida y su armadura de oro estaba cubierta de pus. Su forma emergía ante ella, hinchada de forma grotesca. Su boca húmeda se abrió; sus labios brillaban con grasa dulce. Sus ojos saltones miraban enloquecidamente al vacío. El suelo del Imaginario se elevó y se transformó en una barrera; el psiónico intentaba bloquear a Calus. "No", ordenó ella. Y la barrera se disipó. Se acercó a la figura de Calus. El suelo se reformó bajo sus pies. Calus gritó y, por un instante, ella se convirtió en una pulga en el enorme cuerpo de su padre. Avanzó por su forma neblinosa, entre su carne, y el aire se llenó del olor nauseabundo a vino, sangre y vómito. Se abrió paso hacia el interior, atravesando las inmundas emanaciones y luchando contra las arcadas que le sobrevenían. Su propia forma empezó a perder definición. Temía que el fétido sistema que la rodeaba la absorbiera, pero siguió luchando y luchando… Hasta llegar al centro, donde una forma se hallaba en paz, en una brillante claridad: con sus colmillos incrustados con gemas, su gloriosa armadura, la claridad de su mirada, la fuerza de sus músculos. "Ahí estás", susurró Caiatl y sonrió.