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II. Devoción

"¿Has traído tu propia taza?". Devrim sonrió tímidamente tras hacer la pregunta. A su lado, sobre el tronco partido que usaba de asiento, un delicado juego de té se mantenía en equilibrio. Al otro lado de la hoguera, San-14 parecía exageradamente grande mientras sostenía una taza de té hecha de cerámica color azul y blanco en una de sus enormes manos. Se había quitado el casco y lo había dejado en el suelo, junto a sus pies. San miró la taza y esbozó una sonrisa. "No es que me importe…", continuó Devrim y miró su propia taza. "Es que normalmente las visitas no vienen tan preparadas a tomar el té. Aunque tu taza parece haber librado unas cuantas batallas". Devrim rio, pues su observación era acertada: la taza de San tenía el borde lleno de desconchados y se notaba que el asa se había roto antes de que volvieran a pegarla. San se rio para sus adentros. "Es un recuerdo", dijo. "La taza no tiene nada de especial, es solo cerámica y pintura. Lo que importa son los daños que ha sufrido". Se terminó el té y le ofreció la taza a Devrim, que la sujetó con cuidado para inspeccionarla. "No recuerdo dónde la compré. La tenía en casa, en un estante, mucho antes de que Osiris y yo viviéramos juntos, antes de que lo exiliaran. Un día, llegó a casa con ganas de bronca…", dijo San mientras miraba a Devrim. "Osiris puede llegar a tener muy mal genio; ¡con los brazos así!". San movió los brazos imitándolo. "Gesticula mucho". Devrim se rio y le devolvió la taza a San. "Me suena". "Discutimos. A gritos. Entonces, tiró mi taza de té al suelo sin querer y se rompió", explicó San bajando la voz. "En ese momento, dejamos de discutir. Ambos nos sentimos mal. Él se disculpó, yo me disculpé. Entonces…", San hace una pausa y mira el fuego. "Entonces, me acarició la mejilla. Sus ojos dicen cosas que las palabras no pueden expresar. Se fue. Yo recogí los pedazos de la taza y…". San no terminó la frase. Devrim había dejado de sonreír y clavó la vista en las ondas que se formaban en la superficie de su té. "¿Cómo está?", era la pregunta que a Devrim le daba tanto miedo hacer. San respondió encogiéndose de hombros. Devrim no necesitaba más respuesta que esa. "No muy bien", confesó San en voz baja. "Está vivo. Su… cuerpo está allí, pero su mente no. Es como si estuviera de viaje y no pudiera encontrar el camino de vuelta. O…". San sacudió la cabeza. No estaba seguro. Nadie lo estaba. Devrim dejó su taza de té sobre el tronco. Se puso en pie, se acercó a San y le puso una mano en el hombro. Devrim clavó su mirada en los ojos vibrantes y mecánicos de San. "Marc y yo hemos invitado a Suraya a cenar esta noche", dijo con una tímida sonrisa. "Sé que tendría que haberte avisado antes, pero ¿quieres venir?". "Yo…", San apartó la mirada. "No debería. Debería estar con Osiris, por si se…". "Osiris tiene a mucha gente esperando a su lado esta noche. No está solo. Tú tampoco deberías estarlo", insistió Devrim apartando la mano del hombro de San. "Solo a cenar. Por favor". San miró los desconchados de su taza de té y volvió a recordar aquel día. Daría lo que fuera con tal de revivirlo. Tener a Osiris a su lado, sentir algo tan simple como una mano en la mejilla. Sin embargo, ese día no era hoy. "Vale", susurró San. Y quizá tampoco lo fuera mañana.