CAPÍTULO 6: CANTO DE GUERRA
La ciudad de Torobatl estaba envuelta en humo. El cielo se había oscurecido por las naves ataúd y los trituradores. Extrañas torres endebles habían brotado del suelo e infectaban las calles que Caiatl había recorrido tantas veces; habían dejado el paisaje irreconocible.
Muchas de las criaturas que surgían de la grieta en el cielo habían sido abatidas por sus misiles, como cualquier otro enemigo, pero no dejaban de llegar en cantidades que nunca parecían reducirse. Su voluntad nunca parecía flaquear.
Atrapada entre los restos de un buque estrellado, Caiatl respiró hondo y notó que el gel se escapaba de su traje. Recordó las palabras de Umun: "No temen al dolor. No temen a la muerte".
Se preguntó cómo podía haber dejado que aquello sucediera. ¿Cómo pudo haber sido ella la que abrió esa puerta?
Aunque maldecía a Umun por haber empezado todo aquello, fue Caiatl la que lo terminó. No importaba que no hubiera sido su intención. Era su responsabilidad.
Maldijo a Umun y a las alimañas de la colmena, pero, sobre todo, se maldijo a sí misma.
Ella era la responsable de la destrucción de su hogar.
Entonces, una voz ensordecedora, tan fuerte como un trueno, le habló:
MI HOGAR ES LA GUERRA.
MI VOZ ES UN CANTO DE GUERRA.
DURANTE TODO EL TIEMPO QUE HAS ADORADO LA GUERRA, ME HAS ADORADO A MÍ.
HE VENIDO PARA RECLAMAR MI TRIBUTO.
ME LO DEBES.