CAPÍTULO 1: NARRADORA
Del sillón que Ahztja ocupaba para contarle a la princesa Caiatl su cuento de buenas noches cuelgan sedas doradas y terciopelos púrpuras.
Ahztja era la guardiana de mitos del emperador; una magnífica narradora y una psiónica que conocía todas las leyendas e historias de los mundos conquistados. El padre de Caiatl siempre decía: "Ahztja es un mundo ateneo en sí misma". A menudo, se retiraba para entregarse a sus placeres o a su impredecible melancolía, y dejaba a Caiatl con Ahztja para que llenara de fantasía su imaginación.
Con la maqueta de una nave de guerra en la mano, Caiatl se sentó en el suelo frente a Ahztja. "Ahztja…", dijo amablemente, consciente de que era la única forma de que le contara una historia. "Por favor, cuéntame cómo cree que se creó el universo la gente de otros lugares".
Ahztja lo pensó por un instante, mientras revisaba la biblioteca de su mente, y luego, asintió.
"Piensa en el universo como si fuera un remolino de caos", dijo Ahztja con dulzura.
Caiatl cerró los ojos y lo vio.
"Entre el caos se encuentra Irkyn La, la Primera Huésped, que cobra vida con el primer pensamiento: el caos debe convertirse en orden".
Caiatl se imaginó una criatura descomunal.
"Y así, para satisfacer el primer pensamiento, que se convertiría en la primera ley, Irkyn La consumió el caos del vacío y dio a luz al universo ordenado".
Caiatl abrió de par en par unos ojos que brillaban por la intriga.
"Así es como los tiiarn creían que se creó el universo", dijo Ahztja.
Caiatl miró el juguete que tenía en la mano y, luego, volvió a mirar a Ahztja. "¿Dónde vive esa mujer gigante?".
"Los tiiarn creían que formaba parte del mismísimo tejido del universo. Cuando miras al cielo o al espacio, estás observando la boca de Irkyn La".
Caiatl jugueteó con su maqueta unos instantes. Entonces, alzó la vista y dijo con vehemencia: "Desafiaré a Irkyn La a una batalla y venceré. Entonces, mi gente será dueña de todo el universo".
Ahztja se rio con cariño. "Sí, seguro que vencerías", dijo. "Pero el imperio ya derrotó a los tiiarn. No queda ni uno solo. Y sin nadie que crea en ella, Irkyn La también está muerta".
"Entonces, yo creeré en ella".
Ahztja esbozó una sonrisa llena de curiosidad. "¿Creerás en ella para poder desafiarla?".
"Sí".
Riéndose de nuevo, Ahztja colocó su mano sobre la cabeza de Caiatl. "Ah, valiente Caiatl. Una guerrera tan poderosa que anhela la llegada de nuevos enemigos".
El pecho de Caiatl se hinchó de orgullo.