CAPÍTULO 2: PILOTO INTERESTELAR
En una sala de guerra construida por los escultores mentales psiónicos de su padre, Caiatl pilotaba un caza a través de un mundo desconocido. Se retorcía y creaba extrañas formas terrestres que se descomponían a su alrededor. Atravesó montañas de las que brotaban tumores supurantes y vio campos cubiertos de un tejido escabroso.
La emoción del vuelo hizo que su mirada se agudizara. La familiaridad de los controles estabilizó sus manos. Se lo pasaba mucho mejor allí que en cualquiera de las tediosas clases de su padre. Se sentía despierta. Viva.
La voz de Umun'arath retumbó en su oído como una ballena terrestre emergiendo hacia la superficie.
"Imagina Torobatl como los putrefactos pantanos de Aark", dijo. "Siglos hundidos en el lodo. Un testimonio de la conquista de otro".
Caiatl entrecerró los ojos para ver la notificación de la pantalla de la nave y, de repente, una llama corrupta prendió un agujero en el cielo, justo enfrente…
"Hay monstruos en los confines de nuestro territorio que destrozarían nuestro mundo y lo pondrían del revés", gruñó Umun. "No temen a nada".
Caiatl sintió una sacudida: la roca delatora, la inclinación y el arrastre de daños en la cola de la nave. Intentó levantarse. Del agujero en el cielo, emergió una bruja imponente, envuelta en túnicas y gritando. De sus garras, se desprendió un fogonazo esmeralda que ondeaba hacia la nave de Caiatl, pero ella estaba tan deslumbrada por los fuegos artificiales que no pudo esquivarlo.
Segundos antes de que las llamas envolvieran su nave, Caiatl escuchó: "¿De qué tienes miedo, princesa?".
En esas salas de guerra, la muerte simulada parecía real. Pánico, dolor, oscuridad. Consecuencias realistas del fracaso. Tras la derrota, la sala dejó a sus ocupantes flotando en un vacío en el que los minutos parecían horas.
Cuando la oscuridad finalmente se disipó, Caiatl permanecía inmóvil en medio de la sala, sola.
Umun apareció y cruzó la estancia. "Has muerto", dijo.
Caiatl se mantuvo erguida y con la voz contenida, aunque el brazo le temblaba ligeramente: un humillante efecto secundario. "Sí".
"Te has distraído", dijo Umun. "Lo he visto: mirabas a tu alrededor, como si estuvieras de visita turística". Hizo un gesto despectivo con la mano izquierda. "Te han llenado la cabeza de historias".
"No volveré a fallar", dijo Caiatl.
"Te equivocas", dijo Umun'arath. "Morirás muchas más veces, si es que deseas vivir". Le dio una palmadita en el hombro. "Vuelve a intentarlo".