6. Regreso
La corriente artificial dirigía la embarcación más que nosotros. Kiiraskes agarraba el remo sin fuerza con una mano.
Yo llevaba el dron y lo protegía de las olas que de vez en cuando se formaban en las aguas turbulentas del río. Hacía ruidos animados entre mis manos, como si quisiera calmarme.
"Tenía un hijo. Ah…". Kiiraskes se rascó la mandíbula con una de sus garras mientras buscaba las palabras adecuadas. "Tengo un hijo. No es mucho más mayor que tú".
Yo la miré sorprendido. Su mirada estaba clavada en el agua.
"Encontró su lugar con los Tejedores Tranquilos. Anhelaba… pertenecer a algún sitio. Espero que logre tejer grandes cosas o… que haga lo que desee". Cuando me miró, yo desvié la mirada al río, fingiendo interés por sus aguas.
La oí suspirar. "Los asesinos nunca fuimos señores. No teníamos kells. Nos juntamos para defender a los nuestros. Éramos barones de Riis y de la Gran Máquina, no… de una u otra Casa".
Se tocó la cicatriz del estómago y yo, preocupado, me quedé inmóvil.
"Las guerras nos destruyeron. Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos".
Sin quererlo, pensé en Haaksis. La enfermedad mental que se apoderó de él… o una voz poderosa y ancestral.
"Chelchis lo ve. Lo siente en su buche. Algo se acerca. Todos esos extraños informes que lleva a la Casa de los Reyes y del Juicio. Cree que vendrá de dentro, del… caos".
"Pero… yo he visto el monstruo", contesté. "Le contaré a todo el mundo lo que ha pasado".
Kiiraskes me miró. Incluso sin el casco, era incapaz de intuir sus pensamientos.
"Lo has hecho bien, Irrha", dijo.
Hicimos el resto del viaje en silencio.
Sabía que la baronesa Kiiraskes aún sentía dolor porque no apartó a Chelchis cuando esta se inclinó para ayudarla a salir de la embarcación.
Kiiraskes hizo un gesto para que le diera el aguijón. "Hablaré con la Casa del Juicio y les informaré de nuestros hallazgos". Dudó. "Chelchiskel se ocupará de ti hasta que vuelva".
Los dos vimos a la baronesa Kiiraskes atarse el manto y cojear en dirección a las puertas del palacio. Chelchis se me quedó mirando; me preocupaba que me pidiera alguna explicación. Sin embargo, Chelchis se limitó a resoplar, como si hubiera decidido lo contrario, y se apoyó en una columna cercana.
Sentí el peso de los últimos días sobre mis hombros. Estaba cansado, pero mi cuerpo aún no veía seguro descansar. Estaba alerta y exhausto al mismo tiempo. Me envolví con mis brazos y esperé.
En algún momento, Chelchis empezó a cantar en voz baja. No reconocía la melodía, pero era bonita y tenía un ritmo dulce.
Me vinieron a la mente voces cantando al unísono en salas compartidas. Pensé en las largas noches jugando al escondite con mis amigos, mucho antes de que tuviéramos que preocuparnos por nuestro destino. Sentí en el pecho una hondonada de dolor, de pena.
"¿Qué ocurre?", preguntó Chelchis.
Yo me sobresalté y la miré. ¿Qué podía decirle a una kell que no considerara una pérdida de tiempo? "Ah, nada, es solo que… la canción suena triste".
Si se lo hubiera tomado a mal, me habría arrancado los brazos de cuajo, pero Chelchis me tocó el hombro suavemente y me acercó a ella.
"No es triste", dijo Chelchis. "Es una canción para marineros estelares que ponen rumbo a la oscuridad que descansa entre los mundos".
"Y vayamos donde vayamos, siempre hay Luz, hermano pequeño".
[Nota de Eido, escriba de la Casa de la Luz: Adiós, Irrha.]