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5. Monstruos

Pensé que estaba muerta. Kiiraskes se sentó, pero volvió a desplomarse. Solo profería improperios. "¡Estás herida!", grité estúpidamente. "No lo estoy", dijo ella resoplando. "Ayúdame a ponerme de cara a la Gran Máquina". Pesaba demasiado como para arrastrarla a ninguna parte en contra de su voluntad. Cuando la ayudé a sentarse, comprobé el alcance de sus heridas. Había perdido uno de sus antebrazos principales, pero eso no era nada en comparación con el corte que tenía en el abdomen y que se abrió al cambiar de postura. Sabía que le había fallado, y no me fijé en que se puso a rebuscar en la mochila que teníamos al lado. Se extendió un ungüento de olor repugnante en el estómago y luego activó su cuchillo de arco y lo sostuvo cerca de la herida. Creo que grité cuando escuché los chasquidos de la pomada al prenderse fuego y un olor a carne chamuscada invadió el aire. Kiiraskes gimió y tembló, como había hecho antes la bestia moribunda. "Ayúdame a levantarme", exclamó. Caminamos juntos hasta el cadáver ardiente de la criatura de Haaksis. Cuando se extinguió el fuego, parecía un animal como cualquier otro. Podría haber sido un atraparríos, uno de los múltiples depredadores comunes en los canales. Sin embargo, ambos lo habíamos visto envuelto en una sombra asfixiante, con un poder capaz de extinguir la Luz de la Gran Máquina. Además, los atraparríos no eran tan grandes. Entre sus huesos adiviné el brillo de algo metálico: una esfera reluciente. Cuando fui a recogerla, Kiiraskes tiró de mí. "No la toques". Señaló con el muñón de su brazo la mochila que había dejado cerca. "Tráemela". Volcó un bote de polvo sobre la esfera. Los efectos del bálsamo se estaban disipando, pero aún podía ver las motas flotando en un cúmulo de Luz que se asemejaba a un banco de peces frenéticos que se unían cada vez más sobre la esfera hasta que tuve que cubrirme los ojos. Cuando volví a mirar, la esfera había desaparecido. "¿Qué era eso?". Lamenté no haber tenido la oportunidad de estudiarlo. "El mal ancestral de Haaksis", dijo Kiiraskes. "A ver qué puede explicarnos". Haaksis preparó bebidas dulces y calientes para los dos. Más tarde, en retrospectiva, tanta amabilidad me resultaría sospechosa, pero en ese momento estaba demasiado cansado y dolorido, y la bebida me alivió el dolor de garganta. La herida de Kiiraskes seguía teniendo muy mala pinta: una franja de carne amoratada y cauterizada bajo un caparazón partido. Pero Kiiraskes no quiso comer y rechazó la ayuda; estaba alerta, escuchando. "Siempre quise pilotar un queche", nos contó Haaksis. "De joven. Robé una nave de reconocimiento para demostrar mi valía y me perdí". "No tenía mucho combustible y aterricé en lo que creía que era una de las lunas, pero no había aire ni vida, ni tampoco Gran Máquina. Me quité la máscara y la mochila de éter; acto seguido, salí". Volvió a cerrar los puños con impotencia. "Encontré una torre, una especie de ciudad fortaleza que no se parecía a nada que hubiera visto antes. Algo monumental, más antiguo que nosotros". Me estremecí. "En su corazón había una nave, como una hoja". Haaksis chasqueó la mandíbula. "Encontré una esfera [1]. Cuando la cogí…". Kiiraskes respiró hondo con suavidad. "… Me mostró el camino a casa". Kiiraskes no dijo nada. Yo le di un sorbo a mi bebida en silencio. No entendía nada. "Me lo mostró todo. La tormenta al final de las cosas, Kiiraskes. Lo inútil que era todo. La ruina". Haaksis bajó la cabeza con vergüenza. "Aún oigo su voz, a pesar de haberme deshecho de la esfera. Incluso ahora, después de que vosotros…". Después de que destruyéramos la esfera. Dejé la taza en la mesa. En ningún momento había notado amenaza alguna en el comportamiento de Haaksis…, hasta entonces. Fue como si algo se hubiera liberado en su interior. Seguro que llevaba todo este tiempo luchando contra ello, pero estaba perdiendo la batalla. "Pedí que me enviaran asesinos. Pensé que quedaríais más. Pensé que… habría algún modo". "Aún podemos luchar, Haaksis", dijo Kiiraskes. "Tú y yo. Ven y dile a la Casa del Juicio…". Haaksis gesticuló una negación clara. "No sabes lo que viene a por nosotros, a por nuestros hijos", se lamentó. El éter se le escapaba por la boca como si fuera niebla. "Tenemos que parar este sufrimiento". Me miró fijamente. "Tenemos que ponerle fin". Se abalanzó sobre mí por encima de la mesa. Kiiraskes se interpuso entre los dos. Caí hacia atrás mientras ambos luchaban como animales atrapados dentro de una jaula. Una pantalla se hizo añicos con el choque de sus cuerpos. Los rugidos de Haaksis hacían que las paredes temblaran. No podía arrojarle ningún frasco sin arriesgarme a golpear a Kiiraskes. Me hice lo más pequeño que pude y me cubrí los ojos con las manos. No sé si lucharon durante horas o instantes. Solo sentía terror y oía ruidos, y, cuando todo terminó, sentí unas manos que apartaban las mías de mis ojos con delicadeza. "Perdóname", dije. Kiiraskes resopló. "Aún no te he enseñado a luchar. Para eso estoy". Se quedó mirando la figura inmóvil de Haaksis. "Coge el aguijón. Debo informar a la Casa del Juicio de que he matado a un señor de la Lluvia". [1: Eris mencionó el descubrimiento de un artefacto parecido en la superficie de la pirámide lunar.]