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1. Juicio

Este es el recuerdo de Irrha, de la Casa de los Asesinos, aprendiz de la baronesa Kiiraskes. [Nota de Eido, escriba de la Casa de la Luz: ¡Qué emoción! Lo traduciré lo mejor que pueda.] Era un hermoso día al final de la estación de lluvias. En los canales, las aguas habían subido mucho y el Palacio del Juicio parecía descansar sobre un espejo. Mi piloto nos llevaba a buen ritmo entre los senderos elevados. A ambos lados del canal, nos flanqueaban los estandartes de las grandes Casas. Al acercarnos al muelle, los estandartes de la Casa de los Reyes y la Casa del Juicio proyectaban alargadas sombras sobre nosotros. A ellos debíamos nuestra unidad, algo que no podíamos olvidar. Llevaba cinco días viajando para llegar a Riis-Ath-Lodrii [1], y otros cinco antes formándome en el protocolo y la etiqueta apropiada que debía respetarse en presencia de los escribas del Juicio. No obstante, al desembarcar, no me recibió una comitiva oficial, sino una figura larga y delgada que vestía el uniforme de gala de los oficiales del Juicio. Antes de poder hacerle una reverencia, se inclinó para ayudarme a salir de la embarcación, dándome tiempo únicamente a sacudirme el éter acumulado en mi manto. "Velask, aprendiz Irrha", dijo con un tono que delataba algún fallo en mi protocolo. "Por favor, date prisa". Mi escolta me invitó a pasar a los Salones del Juicio por una entrada lateral y me condujo con pericia a través de un laberinto de pasillos hasta una sencilla y pequeña sala de visitas donde, al entrar, noté que había interrumpido una discusión. En la sala había dos figuras esperándonos. La primera vestía el manto de los Pacificadores de la ciudad y la toca ornamentada de la Casa de la Piedra [2]. La Casa de la Piedra sentó las bases de las defensas de la ciudad, y pensé —aún lo sigo pensando— que en ninguno de sus miembros eran más evidentes las virtudes de esta Casa que en Chelchis, su kell. Era el doble de alta que yo, y sus extremidades eran tan gruesas como las vigas del techo. Me habría creído cualquier proeza que me hubiesen contado de ella. La segunda figura llevaba una capa negra como la inmensidad del espacio y una insignia de piel de pytha [3]. La ausencia del símbolo de una Casa revelaba que era una baronesa de la orden de los Asesinos. Los barones asesinos fueron los encargados de controlar Riis cuando creció de forma descontrolada y desordenada durante el primer siglo de la Inundación de Éter de la Gran Máquina; primero Riis y luego las lunas que se encuentran más allá de nuestro cielo, que a menudo se mostraban hostiles con nosotros. En las escuelas de crías, los cuidadores siempre nos contaban historias con títeres de sombras sobre los astutos cazadores, grandes conocedores de la Gran Máquina, que colaboraban para acabar con los monstruos más temibles de su era. Cuando vi a la baronesa Kiiraskes, no me pareció tan imponente —más delgada que Chelchis, pero con el doble de cicatrices— hasta que levantó la cabeza y vi el brillo de sus ojos. Me examinaba con mirada astuta y febril. "Me has traído una cría", se quejó. Se apoderó de mí un encendido rencor y una desesperación que conocía. No podía permitir que me rechazara. "Llevo dos ciclos solares estudiando", imploré. "Creo que Chelchis ha tenido nidadas más largas", contestó la baronesa. El tañido [4] irritado que Chelchis dirigió a la baronesa me habría hecho retorcerme del dolor por dentro. Aun así, me humilló el desprecio que me hizo delante de la kell. Cerca, el oficial del Juicio negó con la cabeza en señal de desaprobación. "Se te ha asignado lo que necesitas", replicó. "¿Cuándo fue la última vez que se te convocó en estos salones, que nuestros Pacificadores fueron incapaces de ocuparse de estos asuntos? El aprendiz Irrha será suficiente". Kiiraskes gesticuló para indicar que había escuchado al oficial. "¿Cuál es tu Casa?", me preguntó a mí. Este momento era inevitable. "No pertenezco a ninguna". En ese momento, pensé que quizá me hubieran llevado allí como afrenta hacia ella. Kiiraskes me miró fijamente. "No todos podemos ser Reyes". Agitado, el oficial se frotó las manos. "Será un trabajo rápido, baronesa. Viaja a la granja de Haaksis y acaba con el animal que está causando problemas. Si necesitas refuerzos, solicita ayuda a una Casa". Kiiraskes resopló y dio media vuelta. Cuando fui a inclinarme para hacer una reverencia, me agarró el brazo con una de sus garras como si fuera un grillete de acero estelar y me sacó de la sala. "Ten cuidado, baronesa asesina". Los leves repiques de la toca de Chelchis reverberaron suavemente mientras giraba la cabeza. No vi el gesto con el que respondió Kiiraskes, pero oí el silbido burlón de Chelchis. [1: Las "venas de Riis", o los canales que surcan el cuerpo de Riis. ¡La ciudad tiene muchos!] [2: ¡La célebre Casa de la Piedra!] [3: Un depredador agresivo oriundo de Riis. Variks dice que estaban deliciosos.] [4: Comunicar una advertencia a un elixni que este pueda sentir en su propio cuerpo. ¡Seguro que los humanos pueden sentir la vibración en su esternón!] [Nota de Eido, escriba de la Casa de la Luz: Iba a traducir todo de forma literal, pero Variks me dijo que les estaba "arrancando el alma a las palabras". ¡Perdón por las licencias poéticas!]