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2. Campos

Kiiraskes apestaba a hierba del mar y raíces solares [1]. Me apresuré a ocupar la parte delantera de la embarcación, pero el viento arrastraba el potente hedor. Intenté concentrarme en la tarea que me habían encomendado: mezclar el contenido de tres frascos en uno. Me enorgullecía mi pulso firme, y el trabajo no era tan difícil como para no poder echar un vistazo durante el viaje. Seguimos el río que bordeaba los distritos residenciales y luego giramos en dirección al sol poniente. Las aglomeraciones se reducían conforme los mercados que bordeaban el canal daban paso a torres residenciales dispuestas de forma ordenada y al tráfico aéreo, y luego a los destellos de las grandes arterias, los canales y las carreteras que conectaban las grandes ciudades de Riis formando una luminosa red. Pasamos junto a los peregrinos que hacían cola para admirar el lugar donde aterrizó la Gran Máquina, la colina en el corazón de Riis-Ath-Lodrii. Vi a altos sacerdotes de la Casa de los Bailarines, clérigos devotos que se atiborran de éter hasta alzarse imponentes sobre los demás, y luego se amputan las extremidades inferiores en una súplica ritual a la Gran Máquina. Resultaba extraño ver a esos torpes gigantes, pero, curiosamente, inspiraban respeto con su renqueante marcha, cientos de ellos unidos con un mismo propósito. Kiiraskes seguía mi mirada y, en un momento dado, escupió al agua sin disimulo. "El fanatismo es lo que nos llevó a las guerras. El fanatismo, el orgullo y la sed de éter". Yo la miré. "¿Combatiste en las guerras del Borde?". Kiiraskes resopló. "No tengo historias de guerra que contarte, cría", dijo señalando los frascos con la mirada. "Si esto es serio, deberás estar preparado". "¿Y si realmente es solo un animal?". "Aun así, debes aprender a elaborar un bálsamo de forma improvisada. No lo tires". Las granjas de la Casa de la Lluvia eran de las más espléndidas de todo Riis, y el cuadrante asignado al barón Haaksis no era ninguna excepción. Había grandes extensiones de bosque, podado y debidamente delimitado, que rodeaban los campos de cultivo. Habría sido imposible sin las máquinas. El barón Haaksis tenía toda una flota de ellas: pequeños drones autónomos que plantaban, cosechaban y calculaban el riego de éter. Mientras llevaban a cabo su trabajo, miles de tareas pequeñas que realizaban sin descanso ni queja, sonaban como el viento que acaricia una pradera. No obstante, en la granja no había trabajadores. Debería haber al menos un grupo ocupándose de las máquinas, vigilando su funcionamiento y haciendo reparaciones o dándoles indicaciones. Tampoco vino a recibirnos ningún guardia mientras amarraba la embarcación al muelle. Caminamos por un sendero al sol rodeado de preciosas y frondosas plantas. Kiiraskes señaló las bolsas de suministros y yo, que ansiaba demostrarle mi fuerza, decidí cogerlas todas. Pesaban bastante y, cuando logré seguir a Kiiraskes hasta la puerta de Haaksis, sentía como si me hubieran clavado al suelo. En contraste con la exuberancia que lo rodeaba, el edificio redondo que albergaba el despacho de Haaksis era minimalista y gris. Su única decoración eran dos pares de espadas idénticas colgadas de un muro, un recuerdo de las guerras del Borde. Durante mi instrucción vi muchas, pero pocas originales. Más interesante que esto era el dron que Haaksis tenía en su escritorio y que parecía estar reparando. Era un dron híbrido de reconocimiento-defensa que llamaban "aguijón", popular durante la guerra y que pocos elixni mantenían en su poder en tiempos de paz, pero encajaba con un noble como Haaksis. Haaksis vestía con los vivos colores de la Casa de la Lluvia. Era más o menos de la misma altura que Kiiraskes, aunque de complexión más delgada y de semblante adusto. Sintiendo el peso de mi estatus como elixni sin Casa, le hice una reverencia formal, pero Kiiraskes me alzó por el caparazón con la misma facilidad con la que se arranca una flor. "Solicité asesinos", dijo Haaksis mirándome de una manera que me incomodó profundamente. Despreocupada, Kiiraskes extendió las manos. "Por eso hemos venido. La Casa del Juicio mencionó un animal". "No, ya se lo he dicho… muchas veces. No es un animal", respondió Haaksis. Cerró los puños junto a sus costados. "Es un mal ancestral". Miré a Kiiraskes, pero no pude leer sus pensamientos. Chasqueó suavemente la mandíbula. "¿Lo has visto?". Los hombros de Haaksis se hundieron, como si estuviera harto de tener esa misma conversación. "Atacó a mi gente. Intenté recuperar los cuerpos, pero… Y la Casa del Juicio se tomó su tiempo para…". "¿Sabes dónde está ahora?". "No. Nada puede ocultarse en esta granja sin que lo detecten los sensores. Las franjas de bosque también están vigiladas, pero hay un cinturón verde [2] entre ellas… Planeábamos dejarlo crecer libremente durante unos cuantos ciclos…". "Lo encontraremos", dijo Kiiraskes. "Dime dónde están los cuerpos". Me consoló que hablara en plural, pero el alivio no duró mucho. Mientras nos mostraba las cámaras y los mapas para guiar a Kiiraskes, Haaksis no me quitaba ojo, y entendí que no esperaba que fuera a sobrevivir. [1: "Hierba del mar" es un término bastante sencillo de traducir, pero he encontrado otras referencias para "raíces solares". ¿Absorben la Luz?] [2: Un espacio entre tierras de cultivo donde se deja que la flora y la fauna crezcan con libertad. Aunque es cierto que se hacían labores de mantenimiento, por lo que no se puede considerar silvestre del todo.]