The Grimoire Archive
Grimorio Rastreador Libros

ENTRADA 1: Silueta de Caronte

Esta página está cubierta de moho y tiene la marca de un recuerdo… Las palabras vierten experiencia en tu mente abierta… A TRAVÉS DE LOS OJOS DE CATÁBASIS… Una invitación imperial me llevó hasta el relicario interior. Me adentro en el Leviatán, no hay nadie. Me fijo en los símbolos de los estandartes destrozados de Calus. Las salas interiores no brillan, me recuerda a las leyendas de la Edad de Oro. Por mucho que se barnice y se adorne, no es más que una antigualla. Un pasado cuyo esplendor ha quedado muy lejos. Frente a mí, un legionario ataviado de lealista me mira, asiente y abre una puerta. Al otro lado, se alza una versión fabricada de Calus. Se parece al autómata de la sala de tributos y a los otros muchos robots esculturales a través de los cuales había hablado con él. La estatua de Calus cobra vida con un gemido. "Llegas pronto, pero supongo que tu tribu siempre va por delante de la manada, cazador. ¿Debería mover esta sala para que puedas pasearte por el Leviatán más tiempo y apreciar mi hospitalidad?". No sé qué quiere oír. "Es una bestia impresionante. He venido a aceptar el trabajo". Lo digo como si hubiera una oferta. Silencio incómodo. "Ven a verme, Catábasis. Tengo un regalo para ti". La estatua señala una cámara abovedada. Las paredes inclinadas están cubiertas de todo tipo de trofeos: huesos colgando de ganchos y piezas de taxidermia con ojos aterrorizados ante su final. Un grupo de consejeros me observa mientras sacan placas mecánicas de otras tres estatuas de Calus. Se apiñan alrededor de una gran jaula de filigrana de aleaciones y circuitos entretejidos. Ajustan las placas con una concentración solemne hasta que convierten aquella jaula en un sepulcro con un asiento perlado en el centro donde se sienta una figura solitaria. "Llegas pronto, es un buen augurio. Ven. Observa mi contención. Pocos han visto esto", Calus resuella desde el interior de la jaula, su voz suena ahogada por la tensión. La forma marchita de Calus se hincha y se agita. Mis pensamientos apestan a repugnancia y él puede olerlo. "No estoy tan atrapado aquí como tú lo estás en tu Luz. ¿Crees que esta carne me satisface? Mis autómatas son monumentos a mi imagen, reflejos de mi magnitud. Ellos son como yo: un ente colectivo, al igual que la nada". Aprieto los dientes, pero no aparto la mirada. Me pongo de lado, para verlo desde otro ángulo. Tiene la piel salpicada de una enfermiza translucidez que me revuelve el estómago. "Tus pensamientos son tan claros como tus miedos, Catábasis. Ven, ven… Mírame y deja que mis consejeros calmen esos miedos". Los consejeros colocan más placas gruesas sobre la miseria viviente de Calus, me rozan al pasar y se van llevándose mis inhibiciones. Los mecanismos de las placas se activan y emana una luz violeta por las rendijas. El nácar fluye por el chasis hasta una copa en forma de trono cuyo aspecto es de una nobleza mancillada. Bajo el trono, unos tubos vierten el viscoso vino imperial hacia el interior sellado de la estructura. Calus me mira, sus ojos son como un engrudo de tiza. El último consejero abrocha una máscara facial iluminada por unos profundos orbes, como ojos salvajes en la oscuridad. Nos quedamos a solas. "¿Qué sabes de las mentiras, Catábasis?". Calculo mi respuesta. "Que las hay de diferentes tipos". "Y todas son una señal de debilidad". La voz de Calus se derrama desde su recipiente de contención e inunda la sala. "Los dioses no mienten. Al igual que yo, no tienen ni la capacidad ni los motivos para hacerlo. No se puede amenazar al verdadero poder. El poder no obliga al engaño. Aun así, la que consideraba como divinidad definitiva me ha traicionado". "¿Dices que te han engañado…?". Rápidamente, suavizo la pregunta con un respetuoso: "Emperador". "Cuando la Oscuridad me encontró a la deriva por el cosmos, rechazado por el pueblo que yo mismo había creado, creí que había encontrado un confidente. No, más que eso: un ídolo. Prometió volver a por mí y elevarme, para bailar juntos entre las estrellas y beber de su éxtasis decadente hasta el final, fundidos en uno. Pero su pequeña flota iba y venía. Hubo excesos, muchos probaron todo lo que pudieron. Sin embargo, yo sigo vacío. Nada. Estoy atrapado en el limbo de sus mentiras". "Y los dioses no mienten", recuerdo. "Exactamente. Que nos vean…", Calus hace una pausa dramática, "… como realmente somos, más allá de la superficie, es lo mejor que nos puede pasar". Las cuatro estatuas dan un paso al frente para cargar el receptáculo de Calus. Su voz resuena a través de todas ellas al mismo tiempo. "Ven. Proyecta una sombra en mis salas y bebe. Pronto hablaremos con quien mintió y le arrancaremos la verdad". FRENÉTICOS GARABATOS EN LOS MÁRGENES: Los interruptores del contrabandista todavía funcionan. Escotilla lateral de mantenimiento. Tuve que entrar por el conducto de ventilación.