ENTRADA 2: Lujuria y reapropiación, parte I
Esta página está cubierta de moho y tiene la marca de un recuerdo…
Las palabras vierten experiencia en tu mente abierta…
A TRAVÉS DE LOS OJOS DE CATÁBASIS…
Nuestro triturador maltrecho tiembla en la fina atmósfera de Nessus. Las palabras de Calus resuenan en mi mente con más fuerza que el traqueteo de la reentrada: "La nave te pertenece".
La mayoría de los asientos de la nave están vacíos. Una oficial psiónica llamada Qinziq está sentada frente a mí. No me ha quitado el ojo de encima desde que subió. A mi derecha, un curtido centurión cabal con bolsas de demolición y un fusil de proyección se ajusta los conectores del traje presurizado. Lo han asignado para que los demás cabal no intenten matarme. Parece que algunos miembros de la tripulación están indignados con mi nuevo puesto.
Primero, tanteo el terreno: "Imagino que ocultarle a la Legión una nave en Nessus no fue nada fácil. La verdad es que me sorprende que no hayan intentado asaltar el Leviatán".
"Morirían", protesta el centurión. "Mala estrategia".
"¿Qué más da? Calus consideró oportuno darte una nave, Catábasis". Mi Espectro, Gilgamés, me mira furioso.
Qinziq sonríe burlona y se inclina. Su voz resuena desde el interior de su casco. "La Legión está nerviosa por el alzamiento de Caiatl, humano". Reconozco un matiz de malicia en su forma de hablar. "Y por la caída de Torobatl. Ha enviado heraldos de su flota. Las naves van y vienen sin que quede ningún registro. Pasamos desapercibidos durante un tiempo".
El salvaje inclina la cabeza.
"Es la primera noticia que tengo. ¿Dices que no se darán cuenta cuando la nave despegue?", pregunto.
"Durante un tiempo", responde Gilly usando las palabras de la psiónica.
"Pero, en otras circunstancias, lo harían porque es una nave de la Legión. ¿Y me metes en esto para cometer un robo?".
"Todas las naves cabal pertenecen a Calus", protesta el centurión. "Y Qinziq no responde ante ti".
"Vale". Mis hombros se tensan, apoyo la cabeza en las manos y el triturador aterriza. Desembarcamos en un suelo espinoso y húmedo, nos alejamos del sol y el cielo verdoso se desangra lentamente. Un astillero cabal abarrotado reluce a lo lejos, en la negrura que recorre el horizonte.
"Eres Catábasis". El cabal me habla. Se señala: "Bahr'Toran".
"Eres mi rompecráneos". Señalo a mi Espectro. "Él es Gilgamés, Gilly para los amigos".
Bahr'Toran queda pensativo unos instantes y asiente con la cabeza. "Yo rompo cráneos. Pero debes saber mi nombre, por si nos encontramos en una batalla".
"No quiero empezar un tiroteo contra toda una base. Creo que el plan es proceder a una reapropiación de bienes en silencio, Bahto".
"Ese mote no me gusta".
"A Gilly tampoco le gustaba el suyo, pero con el tiempo, te acabas acostumbrando".
Gilly mira a Bahto y asiente, él devuelve el gesto con un gruñido y echa a andar. Lo seguimos por los acantilados hacia el astillero, en la llanura desolada bajo una penumbra sin sol.
El astillero es una enorme extensión de asfalto salpicada de barracas y rodeada por una valla. Está repleta de naves de todas las épocas del imperio cabal. En el extremo más alejado de la franja, Gilly detecta unas luces de arco. Una figura ataviada de azul destaca entre la multitud cabal, llama la atención como un trueno en la noche. No sé qué dice, pero le creen. Gilly capta algunas palabras. Es el mismo discurso de todos los que han sido abandonados: culpa, buscar un agujero en el que pudrirse, luchar al límite y prácticamente sin esperanza, correr el riesgo de caer en el pasado.
FRENÉTICOS GARABATOS EN LOS MÁRGENES: Sala de mantenimiento junto a la puerta del muelle de carga. Lugar acogedor junto al suelo.