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I. La Legión de la esperanza

Val Ma'rag había estado "parado" en un lugar que los humanos denominaban zona muerta, aunque no tenía comandante ni jefe. Ocupó él solo el territorio y lo defendió de las apestosas alimañas de la colmena. Esas criaturas eran como los diminutos escarabajos rojos que correteaban por el polvo. Se metían en los corrales de las bestias de guerra y trepaban por la ropa. La mejor forma de deshacerse de ellos, tal como le había enseñado su madre, era sostener una llama cerca de las uniones de sus caparazones. Con el calor, reventaban. Descubrió que con la colmena ocurría lo mismo. A estas alturas, ya no esperaba que nadie viniera a buscarlo. La invasión se había convertido en una sentencia de muerte, y había tenido que aceptarla por la naturaleza de su puesto. Moriría por la Legión, con o sin recompensa. Mientras Val Ma'rag escuchaba una transmisión de la emperatriz Caiatl, pensó en lo lejos que había llegado desde que lo reclutaron. Desde que lo sacaron del distrito rural más pobre de su planeta. Con este nuevo desafío, con la nueva emperatriz emitiendo un llamamiento para todo el sistema, podría llegar mucho más lejos. /// Europa era una luna muy fría. Basilio conocía bien el frío: había permanecido en Marte antes de que desapareciera, antes de que su Valus lo enviara a él y a sus informes en una misión de reconocimiento fuera del planeta. No le importaba la información, ni los recursos, pero el Valus es la ley. O, al menos, lo era. Después de un mal comienzo en Nessus, habían llevado la nave a Europa. La luna helada estaba repleta de saqueadores caídos, pero todavía quedaban secretos enterrados en el hielo. Delicada tecnología humana. A él no le interesaba, pero a los psiónicos les encantaba juguetear con eso, y estaban convencidos de que allí había algo que valía la pena. Algo que podía llamar la atención de una emperatriz que anhela recuperar el favor de su pueblo dispersado. Algo que podría darle a un soldado como él, sin títulos ni reputación, un nuevo nivel de reconocimiento. Y el respeto que se merecía. /// Los soldados comían mientras escuchaban la voz monótona de su supuesta emperatriz por una radio maltrecha. El comandante Dracus, con su pistola sobre las piernas, apuraba la carne que quedaba entre los huesos de un pájaro asado. Esas pequeñas criaturas de Nessus, con alas de color rojo y morado, no tenían mucha carne, pero atraparlas resultaba tan difícil como satisfactorio. "¿Qué quiere decir con antiguos rituales?", preguntó una joven legionaria. El comandante alzó la mirada. "¿Tradiciones antiguas?", continuó. Dracus resopló. "Una tradición respetada", dijo. "Amada por los pretorianos. Los guerreros se enfrentan a los que los desafían para demostrar su valía en combate". La miró. "Eres demasiado joven como para recordarlo". "¿Puede participar cualquiera?", preguntó la legionaria. Él se rio. "Vale", gruñó ella. "¿Aceptas nuevos desafiantes?", se puso firme. "Empieza conmigo". Dracus miró a esa joven descarada de arriba a abajo, calculando el esfuerzo. No tenía ningún interés en impresionar a la hija mimada del emperador deshonrado. El líder al que reconocía y servía era Dominus, vivo o muerto. Pero quizá podría sacar algún beneficio económico. No iba a dejar pasar esa oportunidad. Apartó los huesos del pájaro, alzó el arma y disparó al vientre de la legionaria, que cayó al suelo. "He ganado", dijo. /// La llamaban Ixel, la Trascendental, porque se había elevado muy por encima de su posición en una fracción de su vida. La llamaban Ixel, la Trascendental, porque sacaba cosas de su mente que deberían estar fuera del alcance de la memoria. La llamaban Ixel, la Trascendental, porque se aferraba a todo lo que no podía tener. Todo eso era cierto. En el extraño terreno del centauro Nessus, Ixel se había retirado del mando. El Valus había sido poco creativo, cerrado de mente. No había visto el potencial de la tecnología vex para amplificar los talentos psiónicos únicos de Ixel. Así que lo mató y reclutó a los mejores combatientes de su unidad. Era difícil saber si la competición estaba abierta a los traidores del imperio. Sin embargo, de alguna manera, esta nueva emperatriz, por imprudente que fuera, podría encontrar la inspiración en el atrevimiento. Por no mencionar las cosas que Ixel podría sacar de los motores de predicciones. Información que iba más allá de la imaginación de la emperatriz. La llamaban Ixel, la Trascendental, porque su ambición no tenía límites.