II. El precio de la guerra
Cuando Xivu Arath vino a por Torobatl, Caiatl no estaba preparada.
Nadie lo estaba. Vio a su pueblo, criado para la batalla y la victoria, caer ante una fuerza que empequeñecía a sus ejércitos. Vio arder a su amada ciudad.
Caiatl aprendió algo de cada fracaso. De este, aprendió dos cosas: primero, que los guerreros no eran piezas de un juego, por mucho que los generales disfrutaran discutiendo en sus mesas de guerra. Y segundo, que una sociedad guerrera no podía vencer a una diosa de la guerra en su propio juego y con sus propias reglas.
Había ciertos matices de victoria. Escapar de su mundo natal con tantos supervivientes fue una victoria. Recuperar a su ejército también fue una victoria. Evitar una guerra total con los guardianes sería otra.
Pero los guardianes no querían negociar.
No se lo esperaba. Ella pensaba que, después del ataque de Ghaul, los guardianes harían cualquier cosa para evitar otra guerra. Por lo que cuentan los escribas de la Legión Roja que quedaron varados aquí, este sistema va de catástrofe en catástrofe. Entonces, ¿por qué han rechazado los guardianes una salida?
Ella sabía el motivo, obviamente. Por eso había esperado tanto antes de ordenar la evacuación de Torobatl. Por eso estaba hipnotizada por la descomunal forma de Xivu Arath aplastando miles de años de civilización bajo sus botas de quitina.
Negación, orgullo.
Pero Caiatl había crecido desde entonces. Había vivido la pérdida. Había estado haciendo cálculos constantes. Siempre haciendo números sin perder de vista a quiénes representaban.
Los guardianes también tendrían que crecer para poder sobrevivir, pues había dioses paseándose por este mundo, y la batalla contra ellos no se ganaría con negación y orgullo.
Iban a tener que recorrer un nuevo camino.