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III. Los sueños de Amanda

Una mancha de óxido en la escopeta. Un agujero que atraviesa el suelo hasta la dura arcilla. Un charco de óxido en la maltrecha chaqueta de su madre. Raíces cortadas en pedazos se extienden hacia ella, que duerme plácidamente. Una mano huesuda en el hombro. Un vacío punzante en el estómago. ¿Era hambre o dolor? Por detrás, se oye a su padre toser, toser y toser. Una fila interminable de vehículos rotos. Esqueletos oxidados en sus cabinas. Cantan una canción en voz baja a través de sonrisas dentudas. Una melodía sin nombre: el sonido de las luces parpadeantes. ¿Será Lucia una de ellas? Ella le sostiene la mano mientras van camino abajo. Las callosidades son ásperas como manchas de óxido. El carro tose y rebota detrás de ellos. El agujero de sus zapatos cada vez se hace más grande. Él le suelta la mano para taparse la boca. ¿De qué color eran los ojos de su madre? Al no recordarlo, se asusta. El desfile de esqueletos se extiende ante ella. Detrás, su padre se pone las manos en las rodillas. Le cuesta respirar. ¿Eran marrones? Su padre tiene las manos sobre los hombros, cruzadas sobre el pecho. ¿Quién le ha cerrado los ojos? ¿Quién ha cavado el hoyo? Hay un cartucho de escopeta suelto en su bolsillo. Pasa el pulgar por el borde. Un tótem contra el olvido. Le duelen las manos manchadas de óxido mientras tira del carro, sola. Amanda Holliday se despierta con un grito tembloroso. La Última Ciudad entona una melodía sin nombre a su alrededor. El Viajero, en lo alto, parece tan pálido como la muerte.