Primer regalo
|| ¡Mis oyentes, prestad atención! Hay decisiones que debéis tomar por vosotros mismos. Yo no puedo hacerlo. Solo puedo ayudaros ofreciendo lo que me queda: mi voz. ||
Taranis nace bañado en la luz de la heliopausa.
El viento solar le seca las húmedas alas y la profundidad del espacio le permite crecer. No hay rastro del Ahamkara que creó su huevo, ni de cuántos de ellos había. No hay ni padres ni madres esperándolo.
La primera comida de Taranis es el cascarón que lo nutrió durante la incubación. Ese primer bocado de vida se resquebraja entre sus dientes nuevos.
Taranis desarrolla sus primeros órganos sensoriales. Los usa para buscar más vida.
El universo se contrae y se expande con la fuerza de la voluntad, con la tensión entre lo que existe y lo que se desea. Taranis aprende a moverse entre estas líneas de tensión, a navegar entre otros Ahamkara sin deseos benévolos para un pequeño antojo como él.
La vida y el poder de un Ahamkara se perciben en su voz. Taranis se acerca sigilosamente para escuchar a los ancianos mientras se alimentan, sus trabalenguas, su multiplicidad de significados. Rastrea a los demás Ahamkara según la fuerza de su poder, los ve cazar, se escabulle hasta su presa. Su comida sabe amarga: Taranis es incapaz de deglutir los bocados que roba.
Taranis descubre que, para ser un Ahamkara, su voz es bastante honesta. Lo que le gusta a él no es lo que les gusta a los otros.
El primer deseo que Taranis concede es a una soldado cabal que patrulla su base de artillería en nombre del imperio y del emperador. Los vientos de Marte arrastran la arena caliente, que azota su traje presurizado y arranca el esmalte de sus grebas. Desea un respiro. Quitarse el equipo aunque solo sea un día. Descansar sin miedo a parecer negligente con su deber.
Un deseo tan general permitiría a un Ahamkara devorarla entera.
En lugar de eso, Taranis manipula el tiempo. Es fácil hacer que el viento sople un poco más fuerte, que arrastre más arena. Hasta que la creciente tormenta de arena activa las alarmas de la base de artillería.
La soldado cabal se apresura a volver a la base encorvada para protegerse del viento, que cada vez sopla más fuerte. El líder de su escuadrón no está preparado ni tiene tareas que asignar dentro de la base. Es un fallo por el que acabará pagando. Pero mientras no rectifique, la soldado puede tumbarse en su litera y leer una novela prestada sin comprometer su trabajo. Su satisfacción aumenta y, oculto en las tuberías del techo sobre su catre, Taranis está exultante.
Aún no ha saciado su estómago, pero el sorbo que ella le ofrece sabe dulce. No es agrio ni amargo; resulta ligero en la lengua, a diferencia de las demás comidas que ha probado. Es un buen final para su primera caza: una buena comida que le ha brindado su primera compañera.
—-
Taranis crece más despacio que sus coetáneos. El sustento que encuentra no sacia su estómago como las cacerías de estos. Se hacen más fuertes, sus lenguas más largas, sus dientes más feroces. Desestiman las presas más pequeñas con sensibilidades excesivamente delicadas. Taranis descubre que necesita alejarse de ellos.
Taranis sigue con insistencia un ligero rastro de secretos en el aire hasta una grieta en el espacio. Allí fabrica su propia puerta para entrar. Es un lugar lleno de vida, flores carmesí y árboles salpicados de agua de cuyos troncos rebosa savia. Está repleto de potencial, de posibilidad; es un criadero. Un jardín, una arboleda.
Un lugar ideal para un nido. El lugar perfecto para que Taranis se enseñe a sí mismo quién es.
—-
A su nido le falta algo.
La arboleda lo nutre cuando los sueños de sus compañeros no bastan. En este, su jardín, su estómago nunca está tan vacío como para dolerle.
Pero Taranis siente un anhelo en el corazón y sabe que no es suficiente.
Abandona su nido para buscarlo.
—-
Taranis deambula por la atmósfera de Venus con las alas de un albatros. Los vex son insípidos, un bocado soso e infinito. Taranis no hará ningún trato con ellos.
Una drekh de patrulla en aguas que le llegan por las rodillas desea crecer; le cosquillean los muñones bajo las rótulas. Se imagina con cientos de brazos, mil ojos y una columna vertebral como un árbol. Lo suficientemente alta como para salir del agua, llevar a su Casa de vuelta a su primer hogar en esquifes y queches, como una heroína coronada con honores, como Chelchis.
Taranis sobrevuela en círculos a gran distancia, aprovechando las columnas térmicas de su deseo, hasta que una chispa más brillante en el horizonte llama su atención.
Cuando sigue la chispa, encuentra portaluces. Los ha visto antes: los de la Tierra han llegado a todos los rincones del sistema solar. Buscan misterios que resolver. Se meten en peleas con los psiónicos. Descascaran las estructuras vex en busca de muescas para sus cinturones. Un portaluz es un compañero fuerte, con una voluntad firme y una convicción inalterable acerca de su propia importancia. Provoca ondas en el mundo con el peso de su potencial concentrado. Ahora, una docena de ellos caminan solos o en pequeños grupos en Venus, ajenos a la descomposición y la amenaza de muerte que acecha en cada esquina.
Once portaluces rebuscan entre archivos, luchan contra los vex y sobrevuelan felizmente las aguas más profundas; sus deseos cambian con las circunstancias. El duodécimo portaluz está sentado inmóvil bajo las ramas de un sauce. Sus deseos son débiles pese al arrojo de su voluntad. Su presencia resulta fría en el paladar de Taranis, pálida como la luz del farol del portaluz.
Taranis se oculta en el agua para observarlo desde la distancia; solo sus ojos y sus orificios nasales asoman por la superficie.
El sol se pone y el portaluz sigue sentado. Venus gira y el portaluz no se levanta. Solo los hilos más finos del deseo alcanzan a Taranis. Este portaluz solitario no desea nada.
Taranis se sumerge de nuevo en el agua sin provocar ninguna onda.
—-
Taranis vaga sin rumbo hasta algo nuevo: un portal cuidadosamente escondido en un cinturón de asteroides. Esquivando rocas y escombros llega hasta una ciudad opalescente con sueños. Puede sentir las huellas de sus fundadoras: una poderosa Ahamkara con una compañera igual de fuerte.
La ciudad está llena de almas que conocen a los Ahamkara. Todas esas mentes, esas voluntades, son compañeros potenciales con impurezas que Taranis envolverá en perlas. Algo que podría construir para igualar esta obra maestra que es la ciudad.
La niebla se enrosca alrededor de Taranis en fractales y le deja un ligero sabor amargo en la lengua. El peligro se cuece en este mundo en miniatura, un riesgo que sus ciudadanos solo conocen a medias. La causa de este peligro es el origen mismo de la ciudad y toda su belleza. Taranis no puede evitar sentirse atraído: un repique distante, una risa en el bosquejo de la ciudad.
Taranis serpentea hasta la Espina de Keres, nombre que descubrirá más tarde, y una inmensa garra lo clava al suelo.
"¿Qué crees que haces en mi territorio?", preguntan múltiples voces. Se oye una carcajada cercana. Flecos curtidos envuelven una enorme cabeza. Un número incierto de ojos brillan con curiosidad y malicia.
Esta Ahamkara posee la gravedad de un agujero negro. Taranis se siente oprimido bajo el tejido del deseo que los rodea, y sabe que no puede hacer nada para evitar que lo arrastre.