The Grimoire Archive
Grimorio Rastreador Libros

Segundo regalo

|| ¡Mis huevos! ¡Mis antojos, más preciados que mis propios ojos, más amados que mi lengua! Devorad mi historia, nutrid vuestros cuerpos con ella. Dejad que crezcan vuestros dientes, como huevos. Romped el cascarón. Elegid. || Dos figuras se contonean sobre la Ciudad Onírica, curvándose entre la presión de la gravedad y la del deseo. Riven se alarga estirando sus bigotes y su crin a lo largo del cuerpo, envuelta en el brillo dorado del atardecer. En respuesta, de la piel desnuda de Taranis brotan escamas de un azul brillante. Sus alas retroceden conforme crece su crin. Gira alrededor de Riven, cuello con cuello durante un instante, antes de adelantarse entre las brumas de Divalia. Hay un deseo en el viento. Una mente abajo, en la distancia, que sueña con un cambio en el mundo. Taranis la sigue con el olfato. Uno de los insomnes de Mara está sentado bajo la bóveda de una geoda agrietada. Contempla las cambiantes nieblas mientras desea. La ambición se entrelaza con sus pensamientos; desea un hogar más cómodo. Un hogar con forma de recuerdo, con una figura paterna en el Distributario preparando hojaldres de sésamo empapados en miel. Demasiado dulces, demasiado pegajosos, pero muy deseados. Riven se encarama al precipicio de arriba como una gárgola mientras Taranis desciende haciendo espirales para conocerlo. Hablan. Se presentan: Taranis, Gwilym. Entre ellos hay una bandeja de plata de tres patas con una tetera y un plato. Taranis se sienta junto a Gwilym en forma de felino acurrucado. Unas migas caen a su lado. También unas lágrimas. Gwilym se levanta cuando el sol se oculta por el horizonte artificial. Le extiende la mano en señal de agradecimiento y se sobresalta cuando Taranis forma un pulgar para agarrársela. "No me extraña que seas tan pequeño", dice Riven una vez que Taranis ha escalado el precipicio para reunirse con ella. Ese pequeño deseo no es más que un mordisco; poco más que un sorbo. "Con eso me basta", dice Taranis. "Menuda idiotez", replica Riven con todas sus fuerzas. Una Ahamkara fuerte y bien alimentada en el culmen de su poder. Una reina entronizada. "Soy un idiota". La punta de la cola de Taranis se une a la de Riven. Ambos se entrelazan. Ella no intenta desprenderse de él. —- Riven pasea por la arboleda. A Taranis le encanta verla allí, sentir cómo su voluntad tensiona sus límites. Su nido tiene potencial para la vida. Eso es lo que le falta: vida. La presión de la voluntad y la del deseo. La oportunidad de elegir más. "¿Puedo enseñarte mi nido, Riven, creadora de una ciudad de perlas, que das forma a las almas?". Riven cierra los ojos con grandes placas óseas. "Esa forma de hablar es indigna, idiota compañero mío". Pero eso de nombrar sin reivindicar encaja con Taranis. Es algo en lo que Riven y él jamás se pondrán de acuerdo. Él la llamará "amada", "maestra artesana", sin añadir "mía", y ella siempre lo llamará "idiota mío". "Riven. Te mostraré mi arboleda como tú me enseñaste tu ciudad". Caminan por los senderos empedrados cubiertos de musgo. Ascienden por las flores, y la condensación del aire húmedo resbala por sus cuellos. Taranis guía a Riven hasta el corazón de su nido. Observa cómo lo recorre y se adelanta a él. "He visto las cosas que el hermano de Mara ha traído de este sitio. No olían a tu nido". "Sus ambiciones no son de mi gusto". El príncipe y su acompañante no se acercaron al nido de Taranis durante su viaje. Este se aseguró de que así fuera. La voluntad de Riven provoca remolinos en el tejido del hogar de Taranis. A su alrededor, este se convierte en un lugar misterioso, peligroso para los incautos. Taranis descansa la mandíbula en sus extremidades anteriores, observando, uniendo su voluntad a la de Riven cuando los cambios son demasiado grandes. Él quiere esto. Su hogar sigue siendo suyo. Riven regresa con Taranis, que está tumbado sobre la hierba. Se sienta sobre él con rencor. "Eres singularmente diferente a todos los Ahamkara que he conocido. Me asombra que sigas vivo". Riven se vuelve más pesada. Taranis resopla sobre la hierba mientras su cuerpo se aplasta contra esta. "¿Tu tiempo con los insomnes no te ha cambiado? Ambos tomamos las decisiones que nos ofrecieron nuestros hogares". "Tú te conformaste con menos de lo que podías llegar a ser". Taranis se instala con firmeza sobre la hierba. "Soy yo mismo. Ese es el fin de mi ambición". "Tu cerebro ha encogido con tu estómago". Riven le clava las garras a Taranis en la columna. Sus voces retumban juntas con frustración. "Construiremos aquí. Juntos. Si no te dejas crecer a ti mismo, construiremos algo que lo haga". Y lo hacen. Mientras construyen, el idioma de los secretos y el deseo discurre entre ellos. Los misterios se entierran en la hierba. La arboleda se espesa, los caminos se extienden para llegar hasta el nido de Riven en la Ciudad Onírica. Exaltado por la creación, Taranis añade: "Hay algo más que quiero hacer contigo". No se detiene para redactar un contrato. No hay pacto, pues cada Ahamkara ofrece precisamente lo debido y nada más por miedo a ser devorado por sus propios compañeros. No hay cláusulas que eliminar. Taranis no se contiene. Por el contrario, se entrega como regalo y, a cambio, Riven se entrega a él. Juntos, crean algo nuevo. Taranis forma embriones a partir de sus propias células, extrayéndolas de sus pulmones, su corazón y su sangre, asumiendo el papel de iniciador o de madre. En respuesta, Riven las estimula y alimenta a Taranis con la fuerza de un padre. Juntos, entrelazan voluntad y memoria en cascarones que albergan los embriones, sus futuros antojos. Una gran apuesta. Y un futuro solidificado. Ellos dos y su nidada, una nueva generación de Ahamkara criada en la Ciudad Onírica y en el Jardín Negro. Para que un día sean como deseen. ¿Qué otro Ahamkara había creado vida de esta manera? ¿Con generosidad y afecto, sin dientes desnudos y con voz sin derramar? Si alguno lo había hecho antes, Taranis nunca lo conoció ni escuchó su historia. Agotado, Taranis se tumba sobre la fría roca y el musgo de su nido. Riven está a su lado, inspeccionando los huevos con ojos fríos y críticos. Su primer regalo a los antojos es la existencia.