Último pacto
|| ¡Mis huevos, aspirábamos a la eternidad! ¡Pensar que nuestras voces podrían silenciarse para siempre! Agudizad vuestra vista en busca de cláusulas indeseadas. Pisad con cautela alrededor de la trampa que aguarda. ¡Tened cuidado con los pactos que os harán de menos! ||
Taranis repta encogido y silente entre los jardines de Esila. El poder se filtra por la Ciudad Onírica, corrompe su aire y agrieta sus brillantes superficies.
Criaturas acechan entre la hierba pendiendo de los hilos del deseo de su amo; sus propias voluntades se han podrido.
La corrupción se propaga desde el centro de la Ciudad Onírica. Las impurezas del corazón de la perla envenenan la ciudad, a Riven y a los huevos desde dentro.
Se oye un murmullo. Taranis serpentea hasta él.
Quien habla no es Riven, al menos no como Taranis la conoce.
Taranis conoce cada una de sus voces, la manera en la que sus garras oprimen la realidad. No hay forma que Riven pueda asumir en la que él no la reconozca. E, igualmente, no debería haber forma que Taranis pueda adoptar en la que Riven no sea capaz de reconocerlo.
Pero ahora Riven no lo reconoce. No saborea el miedo de Taranis en el viento. No desvía su atención de la venganza para percatarse de su presencia.
Apenado, Taranis regresa a su nido sin que nadie lo vea.
La vida fluye entre las ramas del criadero. Por muchos caminos que se hayan cerrado al exterior, el potencial sigue floreciendo en la arboleda. Juntas, la Luz y la Oscuridad forman nuevos brotes.
Taranis se aísla en su alijo de secretos. La piedra crece por sus costados. El musgo y las enredaderas forman palabras en su piel.
Mientras duerme, Taranis escucha la nueva voz de Riven; la voz de una reina indiferente a la magnanimidad. Una voz fuerte e inquebrantable que sabe a hierro.
Solo hay vestigios de su Riven en los cascarones de los huevos nacidos del deseo que les quedan. Y muy pocos han sobrevivido.
Ese pensamiento saca a Taranis de su estupor.
Taranis y Riven son los últimos Ahamkara. Riven ha abdicado de su responsabilidad y vive solo por ella, su poder y su resentimiento.
Estos huevos son los últimos restos vivos de Riven y de su trabajo juntos.
Taranis no puede renunciar a su responsabilidad. No puede erradicar su oportunidad de elegir.
De igual forma que Taranis eligió su propia vida y adaptó su dieta a su paladar, sus huevos tendrán que elegir la suya. Al levantarse, las enredaderas del cuerpo de Taranis se parten.
Sus huevos sobrevivirán.
Aún le queda un último trato. Un último regalo que puede hacerles. Un último uso de su lengua.
Taranis se comunica con sus huevos. Reúne todo su poder, su vida, su voz. Sacrifica su propio deseo por sus hijos, una trampa para un futuro Custodiadeseos.
Taranis abre la garganta por última vez para hablar.
|| ¡Mis huevos! ¡Mis hijos! ¡Futuros antojos, sueños de vuestra propia concepción! Estoy muerto, y Riven, vuestro padre, está en una jaula.
Recordad que la comida fácil y los pequeños placeres son efímeros. Lo que saciará vuestro estómago para siempre es la satisfacción. ¡Creced bien! Devorad la vida para saciar el hambre de vuestro estómago y devolvedla como regalo para saciar la de vuestro corazón.
Ningún deseo puede otorgaros una vida sin dolor; elegid con cuidado vuestros pactos.
Pero entregad vuestros regalos sin pensarlo a todo aquel que entre en vuestro corazón y, a cambio, recibiréis vida.
Lo único que me queda es vuestro: tomadlo y elegid.
Elegid con cuidado quiénes seréis. Solo prometedme que sobreviviréis.
Custodiadeseos, mi muerte está en tus manos. Haz con ella lo que debas.
Recordadme. Recordadme como Taranis, pareja de Riven hasta el final. ||