The Grimoire Archive
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Tercer regalo

|| ¡Huevos, pequeñas células! Si dejáis que este recuerdo pase sin más exégesis, al menos sabed esto: fuisteis amados. || Taranis y Riven dispersan sus huevos por el espacio-tiempo, ofreciéndoles vida cerca que observar y que les permita crecer. Desde su arboleda, de nuevo un criadero, Taranis los incuba. Adopta características aviares, se deja crecer plumas en su cuerpo ofidio. Se ahueca sobre el nido para tejer sueños nuevos para la nidada. Canturrea con orgullo, y sus huevos bailan a su son. Taranis nació en el frío con el único sustento de su cascarón. Pero jura que sus huevos tendrán algo más que eso. Podrán saciarse. Conocerán los nombres de sus progenitores, de su madre y de su padre. "Si hubiera sabido que los huevos te harían sentar la cabeza, te lo habría propuesto hace mucho tiempo", dice Riven, su padre. Su voz es distante y le llega con la energía de la ciudad, fluyendo como lo hace el agua fría sobre la piedra reluciente. Significa que está trabajando con su reina. "Entre la vida y la muerte, escogiste la vida". Taranis, con su habitual voz honesta, se asegura de que su vanidosa satisfacción llegue hasta la Ciudad Onírica. "Aún podría matarte". Con una perfecta seguridad, Taranis añade: "Pero no lo harás". La carcajada de Riven se asemeja a la de una manada de leones. —- La voz de Riven apenas logra cruzar el espacio hasta Taranis. "No vengas a la Ciudad Onírica. Quédate en tu nido". Taranis despierta. "¿Mucho trabajo hoy?". "Los portaluces están cazando a los Ahamkara. Los insomnes los están ayudando". Taranis se levanta. "A mí no me harán daño. A lo mejor puedo hacer que recobren el sentido". Permite que las ataduras que unen sus mentes escapen de su control. "Escúchame", insiste Riven. La Ciudad Onírica es un hervidero de actividad; de sus ciudadanos surgen deseos violentos. Cargan sus armas. Hacen planes. Taranis se aparta de sus sueños. Riven contiene su poder. Ruge desde su cautiverio: "¡Idiota, márchate o te desgarraré la garganta!". Taranis no se marcha. La reina de la ciudad está en una sala, rodeada de su pueblo y cajas de armas que repartirá a sus aliados fuera del Arrecife. Taranis logra esquivarlos mientras rastrea a otro Ahamkara. Encuentra a Azirim solo, en un claro lleno de juncos luminosos, pensativo sobre una piedra de cuarzo. Azirim ha adoptado una forma con pinchos afilados como defensa. Su voz suena más resentida de lo habitual. "Te has perdido a la muchedumbre. Supongo que tu nido estaba demasiado lejos como para llegar a tiempo". A Taranis empiezan a crecerle pinchos a lo largo de la columna hasta enmarcar sus alas. "Y tú has esperado". "Sí, quería avisarte". Azirim deja caer la mandíbula hasta formar una sonrisa. "Puede que la señora de la casa esté de tu parte, pero eso no te salvará, ni a ti ni a ella. Ahora mismo, no sois más que peces en el fondo de un barril". "Mis compañeros no pagarán nuestra generosidad con la muerte". "Eso piensas ahora. Yo estaría agradecido. Viviré siempre como huesos. Devoraré vida. Engulliré mundos. Ya me verás desde esa bonita rosaleda tuya". La risa de Azirim es lo último que ve desvanecerse del Ahamkara en el claro. —- Taranis se escabulle por el revestimiento de madera adoptando la forma de un veloz roedor. Oye el retumbar de las botas, que con precipitación ensucian de barro las baldosas. Los deseos oprimen a Taranis; deseos de triunfo, de seguridad, de caza. Taranis busca a un insomne al que conoce. Un compañero a quien trató con justicia. Gwilym está en su habitación atándose el largo cabello plateado, que brilla en contraste con el intenso azul de sus manos. Hay una bolsa colgada en un gancho junto a la puerta con un cuchillo afilado dentro. Los confusos deseos de Gwilym se elevan en la habitación como un denso vapor. Detrás de él, Taranis crece, pasando de ratón a gato; es la forma por la que Gwilym lo conoce. "¿Te unirás a la caza, compañero?". Gwilym pega un brinco. Se echa la mano al corazón y agarra el pesado tejido de su chaqueta. "No deberías estar aquí". "¿No debería visitar a un compañero?". La larga cola de Taranis se encrespa. "Azirim ha matado a mi última compañera. La llevó a ella y al resto de su escuadrón de corsarios hasta un acantilado por el que se precipitaron. La Ciudad Onírica no puede permitirse más pérdidas por culpa de los Ahamkara". Gwilym suena como un hombre que intenta convencerse a sí mismo de algo. "No todos somos como Azirim". Gwilym alza la voz para dar la alarma y un corsario alto cruza la puerta a toda prisa. Taranis escapa por la ventana adoptando la forma de una libélula justo antes de que la mano enguantada lo aprese. —- "Amor, tenías razón". "Siempre la tengo". "Si nosotros solo somos dientes y ellos garras, ¿qué mundo estamos creando con nuestros sueños?". Taranis se cubre la cara con las alas. La suave brisa de la arboleda no lo acaricia. "Un mundo de dientes y garras". Muchas de las voces de Riven suenan resentidas, pero ninguna sorprendida. Los huevos son tan delicados que no provocan onda alguna en el tejido de la realidad. Su potencial está contenido; su frágil voluntad es de cristal. Difícil de hacer. Fácil de destruir. "Construiremos algo solos, e incluso cuando seamos huesos, cantaremos a nuestros hijos". Riven se comunica con él mediante un hilo de pensamiento. Un secreto que ha oído a escondidas en el palacio entre Uldren, el hermano de Mara, y Jolyon Till, su raquis. Sabe a frambuesa y cuarzo. Huele a las Brumas Divalianas. Un secreto que compartir y nunca revelar. Taranis separa las alas y ambos lo tejen juntos hasta formar algo más grandioso. Juntos, Riven y Taranis tejen más secretos; por sus hijos, por la creación, para vencer a quienes los busquen en el futuro. Las voces de sus compañeros Ahamkara se apagan lentamente hasta convertirse en un eco moribundo. Sus huesos susurran a mentes poderosas. Una escama de Eao repiquetea en el bolsillo del compañero mecánico de Riven. El cráneo y la columna de Azirim aguardan su víctima. Las voces de los vivos retroceden hasta que Riven y Taranis son los únicos que quedan, comunicándose a través de la distancia vacía. Hasta que Taranis llama a Riven y esta no responde. Y el sonido de sus huevos casi no se oye.