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Hogar, parte IV

El hombre abrió los ojos e inspiró profundamente. Casi nada era como él lo recordaba. Eaton había desaparecido. Arrasado, aplastado. El clima apacible era el único motivo por el que las chozas y cobertizos que conformaban el poblado seguían en pie. Sin embargo, la tormenta de Luz contra Luz había dejado a su paso muchas sombras y la tierra calcinada. Y los huesos de los muertos. Era un atardecer rojo sangre. Su Espectro flotaba sobre él. El hombre se miró las manos. Intentó sonreír, pero le dio la tos. "¿Estás bien?", preguntó el Espectro. Él se puso de pie, más derecho de lo que había estado en mucho tiempo. Es más fácil pasar desapercibido cuando vas encorvado. "¿Germaine?", preguntó el Espectro. "Ese no es mi nombre". "Dejas que te llamen así". El hombre se giró para mirar a su Espectro. "No me llamo así. Uno de los señores de la guerra mencionó haber visto un Espectro solitario. ¿Fuiste descuidado?". El Espectro asintió. "Lo siento. Estaba explorando una nueva ruta ganadera para ti y me dejé llevar". "No pido gran cosa", dijo el hombre, sacudiendo la cabeza. "Una pala. Consíguemela". El Espectro escaneó los escombros y las cenizas, y encontró una pequeña pala. La levantó con un lazo de Luz. El hombre reunió lentamente todos los huesos que encontró y empezó a cavar. "La niña. Yu", prosiguió el Espectro. "Calla", respondió. "¿Qué te dijo? Estuviste hablando con ella al final". No respondió. Tardaría varias vidas en contárselo al Espectro. Pero se acordaría. "Podrías haberla ayudado". La pala se clavó en la tierra con más fuerza. "Que te calles". "Podrías haberlos salvado a todos". El hombre no tenía nada que decir. Debía de estar haciendo más ruido del que pensaba, porque, cuando estaba terminando de excavar una tumba lo bastante grande para todos los huesos, oyó que alguien lo llamaba. Soltó la pala y miró fijamente al otro lado de la plaza vacía, a las ruinas humeantes del granero de Díaz. Eaton era un cementerio. Mantener el secreto ya no tenía sentido. Cruzó la distancia con una rapidez y una facilidad que habría dejado impactados a sus vecinos y, a la vuelta de la esquina, se encontró con Judson en el suelo, apoyado contra la puerta del granero. Judson tenía un cañón en la mano y abrió los ojos con asombro al reconocer al hombre y a su Espectro. Judson levantó el arma, tembloroso. Su otra mano se aferraba a una mancha oscura, en el costado. "Ha perdido mucha sangre", dijo el Espectro, derramando su Luz alrededor. "Eras uno de ellos desde el principio", dijo Judson con desprecio. El hombre sonrió entre dientes. "Todas mis vidas, hermano". "Has conseguido que nos maten a todos, hijo de…". El hombre le quitó el arma a Judson de una patada, sin ninguna prisa. Se arrodilló para apuntarlo con un dedo. "No, no. Eso ha sido culpa tuya. Los señores de la guerra te pillaron. ¿Qué iban a hacer? Quería impedir que te fueras, pero pensé que no tenía derecho". Judson intentó cogerlo por el cuello, pero el hombre le sujetó la mano con una fuerza demoledora. Judson frunció el ceño y forcejeó, pero estaba agotado. Moribundo. Y el otro era mucho más fuerte de lo que aparentaba. El hombre levantó la otra mano, que ardía como el sol, y la puso contra la herida de Judson. Este lanzó un gemido agudo, pero, por mucho que lo intentó, no consiguió soltarse. El hombre habló a su Espectro, señalando a Judson con la cabeza. "¿Ves cómo nunca se rinde? Porque sabe que esta vida es lo único que le queda. No tiene miedo". "Esos alzados de ahí…". Terminó de cauterizar la herida y usó su mano, súbitamente fría, para gesticular hacia la noche, cada vez más oscura. "Si fueran él, habrían muerto hace mucho. Lo único que conocen es la guerra. Este hombre sobrevive". Judson emitió un gorgoteo. Había dejado de forcejear, pero el hombre no le había soltado la mano. "¿Querías que lo salvase? Aunque esto funcione, jamás podría enseñarme a vivir. No como él vive. Y eso es culpa tuya". El Espectro observaba mientras realizaba ajustes minúsculos a su blindaje orbital y usaba la Luz para escanear las ruinas del lugar. Si quedaba algún Señor de Hierro o de la guerra cerca, más le valía huir rápidamente. El hombre se puso de pie. Judson había muerto. "Quizá deberías haberle dicho que estabas trasladando el ganado desde cien leguas de distancia y soltándolo para que él lo capturase", dijo el Espectro. "No sé… ¿No veías lo feliz que era? ¿Lo felices que eran todos? Tenían comida", respondió el hombre. "Dale a alguien algo que perseguir y le darás un propósito". "Eres patético. ¿Esto es a lo que aspiras? ¿A ser un mentiroso sempiterno que juega a las casitas con refugiados? ¡Esta gente ha muerto por nuestra culpa!". "He vivido aquí como uno más". "Podrías ser mucho más que eso. Deja que te muestre lo poderosa que puede ser tu Luz". El hombre dejó atrás a su Espectro y llevó el cadáver de Judson al centro del pueblo. Mientras empezaba a cavar de nuevo, se fijó en el abultado cascarón esférico que dominaba el cielo. Llevaba un tiempo alejado de su vida, pero esta noche parecía estar mucho más cerca de la Tierra. Levantó una mano para saludarlo con un dedo mientras el Espectro observaba. "¿Cómo te va?", dijo, lanzando al cielo una sonrisa que no se reflejaba en sus ojos.