Cabos sueltos, parte I
"Ni olvido ni perdono. Mi vida es muy complicada, hermana". —Un nómada de la Edad Oscura
El bar de Wu Ming no siempre se llenaba, pero esta tarde sí. Wu atendía a cualquiera que pagase, aunque sus clientes solían ser alzados. No porque su oferta estuviera especialmente adaptada para ellos, sino porque el bar estaba instalado al pie de una montaña llamada Cumbre de Felwinter.
Felwinter fue un señor de la guerra. El único, según decían, que llegó a dominar una montaña entera. Ahora estaba con los Señores de Hierro, y la Cumbre de Felwinter era territorio arraigado de los Lobos de Hierro. Nunca habían dado permiso a Wu para montar el bar.
Él tampoco lo había pedido.
Esa noche, prácticamente todos los clientes iban sin Espectros. Los vendavales y el frío inhóspito se traducían en que casi nadie se aventuraba hasta allí sin ellos. Sin embargo, esta noche, la gente corriente se había enterado de que los señores de la guerra habían regresado. No se había producido ningún disparo. Todavía no. Pero bastó para que todos los pobres despojos sin Luz de los alrededores se acercasen al bar de Wu para ver si algún Señor o Dama de Hierro estaba tomando algo. A Wu Ming no le importaba.
La puerta volvió a abrirse para resguardar del frío a una tríada de figuras con armadura. "Bienvenidos al fin del mundo", saludó el robot camarero. Los señores de la guerra ignoraron al 55-30 y se dirigieron directamente hacia Wu Ming, que estaba en la barra.
"¿Qué os pongo?", preguntó con una sonrisa que no se reflejaba en sus ojos.
El líder, un hombre imponente con unas hombreras más grandes que su cerebro, gruñó: "Comida. Todo lo que tengas".
Wu arqueó una ceja. "Por supuesto. Eso va a costar… bastante lumen".
"No has entendido", dijo el gigante, sujetando a Wu por las solapas de su abrigo. "Danos todo lo que tengas atrás o te destriparemos y te comeremos vivo".
"Eh, Citan", dijo una voz de mujer. "Métete con alguien de tu tamaño".
Todos se giraron hacia una figura con casco situada un par de metros detrás de Citan. Solo le llegaba al gigante hasta el esternón.
"Lady Efrideet", masculló Citan.
La mirada de Wu Ming pasó de la Dama de Hierro a los tres señores de la guerra posicionados en el bar, entre la clientela sin Luz. Maldijo entre dientes y se preparó para agacharse.