Cabos sueltos, parte II
Wu Ming siguió observando mientras los señores de la guerra rodeaban a la Dama de Hierro solitaria.
"El fin del mundo es territorio de los Lobos de Hierro", dijo Efrideet. "Al igual que toda la Cumbre de Felwinter".
"Eso va a cambiar esta noche". Una media luna de Luz se arqueó entre las manos abiertas del señor de la guerra. "Tengo un ejército de incursores y una escuadra de alzados esperando mis órdenes. Felwinter perdió la cabeza cuando se unió a vosotros".
Bajo el casco, los ojos de Citan saltaban de la Dama de Hierro al señor de la guerra aliado que estaba situado tras ella. Este levantó un cañón de mano descomunal y disparó una bala…
que fue directa al pecho de Citan cuando Efrideet se arrodilló. Ella pasó el cañón a su lado derecho con el puño izquierdo y disparó dos veces, volando la cabeza al señor de la guerra de detrás. Wu Ming se dio cuenta de que prácticamente no había ni mirado.
El subfusil del tercer señor de la guerra lanzó una lluvia de balas que martilleó contra el suelo mientras Efrideet rodaba. Wu maldijo para sus adentros al ver astillas de madera por todas partes. La gente gritaba.
Pero ya había terminado todo. El tercer señor de la guerra se desmoronó. El cuchillo solar de Efrideet le había partido la cabeza.
"¡Alto!", vociferó la Dama, disparando su cañón hacia el techo mientras tres Espectros se materializaban sobre sus protegidos. Sobre su hombro cayeron más trozos de madera. Esta vez, Wu Ming maldijo en voz alta.
"Ya sabéis quién soy", gritó la Dama a la sala. "A esta distancia, podría derribaros a todos antes de que pudierais recuperar a vuestros alzados".
Los hijos del Viajero se quedaron paralizados mientras sus carcasas giraban violentamente en el aire como abejas metálicas.
"Podéis iros", les dijo. "Pero vuestros alzados se quedan conmigo. Obedeced el Decreto de Hierro y los recuperaréis. A su debido tiempo". Los Espectros se miraron.
"Decídselo a los señores de la guerra", les espetó con desprecio. "La Cumbre de Felwinter pertenece a los Lobos".
Los Espectros se fueron por donde sus propietarios habían venido. Los clientes del bar empezaron a murmurar.
El Espectro de Efrideet, siempre rápido en responder, puso música: Lady Skorri cantando un antiguo himno.
Los clientes se apartaron de los cadáveres de los tres señores de la guerra, pero empezaron a charlar entre ellos. El murmullo de las conversaciones fue llenando la sala hasta convertirse en un pequeño alboroto. La música ayudaba.
"¿Para esto me pediste que viniera?", dijo Efrideet, enfundando su arma. "Dijiste que tenías un asunto rentable".
"Así es. Aquí tienes tu dinero", respondió, entregándole un puñado de lumen. La Dama de Hierro se quedó mirándolo, boquiabierta bajo el casco.
"¿Quién demonios te paga?".
"Tengo mis medios", dijo Wu Ming, riendo entre dientes. "Trabaja conmigo, hermana. Te haré rica. Te lo prometo".
Ella tomó con ansia los cubos de zafiro de su mano. El lumen representaba puro potencial material.
"No has traído a Felwinter", dijo Wu.
Ella lo estudió. "Ya te dije que no baja nunca de la Cumbre, a no ser que sea un asunto oficial de los Señores de Hierro. ¿Qué quieres de él?".
"Oye, ¿qué haces luego?", preguntó Wu de repente.
"Cazar caídos. Están empezando a dar problemas en el Pasaje de Boyle. Estaremos ocupados hasta el ocaso", dijo Efrideet, levantando el casco lo justo para coger una jarra de bebida de malta de Wu de detrás de la barra y bebérsela entera. Tras eructar, preguntó, "¿Quieres venir con nosotros?". Bajo el casco, su sonrisa era todo dientes.
Wu rio por lo bajo. "Pues no… ¿Un simple mortal en un combate con alzados? No sería más que un estorbo". Titubeó un instante. "¿Te gustaría bailar antes de irte?".
"Pues no…", dijo ella, imitando su tono. Se bajó el casco.
Fingiendo que escuchaba la música, él se inclinó para preguntar, "Un momento. ¿Qué me has entendido?".
"¿Te gustaría bailar antes de irte?", repitió ella.
"Me encantaría", dijo él, acercándose con los brazos abiertos.
Ella se hizo a un lado y lo tiró al suelo con una zancadilla. Cayó de morros y alguien derramó su copa encima.
"Tenía que intentarlo", dijo desde el suelo mientras ella se iba. El penacho de su casco sobresalía entre la gente. Ya casi había salido por la puerta. "¡Llévate los cuerpos!", gritó él, todavía desde el suelo.
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Esa noche, tardó tres horas en subir a la Cumbre. Estaba temblando bajo su largo abrigo y, de no haber sido por su Espectro, habría sucumbido al frío hacía tiempo. El Espectro estaba escondido, claro.
Cuando llegó a la cima, las gigantescas puertas del castillo ya estaban abiertas. Al otro lado había un exo con ojos brillantes en su negro cráneo pulido. Cuando vio acercarse a Wu Ming con las manos en alto, sacó un arma que tenía guardada bajo el gabán.
"Vengo en son de paz, hermano".