II. La pérdida
El silbido del soplete de Ada resonó por el salón de la Armería, en una marea de ruidos discordantes, hasta que la soldadura estuvo completamente sellada. Ada dejó la herramienta a un lado y cogió la pieza de aleación con las dos manos para probar la solidez de la soldadura. Los inductores que tenía en las manos chirriaron por el esfuerzo y, mientras le echaba un vistazo al tomo abierto que había sobre el escritorio, el metal se partió abruptamente. Ada soltó un quejido exasperado y echó otras dos piezas de escombros sobre el montón del suelo.
"¿Te has olvidado de medirlo dos veces?", preguntó una voz a sus espaldas. Ada se giró para ver a Hawthorne paseándose por la sala.
"Eso es para la carpintería, ¿no?", preguntó Ada.
Hawthorne se encogió de hombros. "No conozco ningún chiste sobre soldadores". Con cuidado, pasó por encima de una maraña de cables. "Un espacio de trabajo estupendo, me encanta la decoración".
Ada volvió la vista hacia su tomo con intensidad. "¿Necesitas algo?".
Hawthorne se rio. "Eso iba a preguntarte yo. Te he oído diciendo tacos desde el piso de arriba".
"¿Sabes interpretar planos de la Armería y mecanizar las partes necesarias para montarlos?", preguntó Ada sin levantar la vista.
"Pues no", respondió Hawthorne.
"¿Y puedes hacer que Zavala deje de preguntarme cuándo volverá a estar operativa la fragua?".
Hawthorne resopló. "Menos todavía".
Ada pasó rápidamente una página de su tomo. El papel crujió y estuvo a punto de rasgarse. "Entonces, parece que no puedes ayudarme".
"¿Por eso haces esto? ¿Órdenes de la Vanguardia?".
Ada se llevó un pulgar al pecho. "Las Fraguas son mi legado. Es mi responsabilidad gestionar la operación. Lo que Zavala quiera me trae sin cuidado".
Hawthorne se acercó a la estación de trabajo de Ada. "Ayúdame. No conozco mucho la historia de tu ilustre organización. ¿La Armería se creó para que fuera el mayor horno de armas del mundo?".
Ada suspiró. "La Armería se fundó para combatir las fuerzas de la Oscuridad, para proteger a la humanidad cuando otros no podían ofrecer protección. Las fraguas no son más que las herramientas que usamos para ello".
"Parece un gran plan. Entonces, las pirámides llegaron y, que yo sepa, Marte sigue desaparecido. Igual que Titán y Mercurio".
"¿Has venido hasta aquí solo para criticarme?", protestó Ada.
"Vale, vale", dijo Hawthorne. "Mira, sé que no somos amigas ni nada parecido. De hecho, no sé si tienes amistades".
Ada le lanzó una mirada furiosa.
"Vale, lo siento", añadió Hawthorne. "La cosa es que la gente por aquí se llena la boca con eso de anteponer la humanidad a todo, pero luego solo les importan los guardianes".
Ada asintió. "La devoción a los portaluces puede parecer un tanto fanática".
"Pero tú no eres así, Ada".
Ada negó con la cabeza. "Aprecio tus palabras, Suraya, pero no sé qué tiene que ver eso con las fraguas".
Hawthorne se apoyó en el escritorio de Ada. "Creo que tu opinión es importante. Quiero que consigas lo que quieres. Pero creo que te aferras demasiado al pasado".
Ada resopló irónicamente. "¿Intentas decirme cómo tengo que gestionar el legado de la Armería?".
Hawthorne señaló los restos de las fraguas esparcidos por la sala. "Para nada. Pero vuestros fundadores no se levantaron un día con la idea innovadora de las fraguas. Empezaron con un problema para el cual diseñaron una solución de la mejor forma que pudieron".
Ada se giró pensativa. "¿Quieres decir que yo estoy empezando por la solución y eso limita mi visión?".
"Quiero decir que es difícil desprenderse de todo esto porque es lo único que has conocido".
Ada asintió. "Me aterra la idea de abandonar las fraguas".
"Lo entiendo", dijo Hawthorne. "Pero los viejos métodos ya no funcionan. Quizá sea el momento de continuar con el legado de los fundadores a tu manera".
Ada se quedó en silencio unos instantes. "Tengo que volver al trabajo. Gracias por tus consejos". Extendió la mano para darle un rígido apretón de manos.
Hawthorne rio y estrechó la mano de Ada. "Buena suerte. Pero intenta no hacer tanto ruido, ¿vale? Mi pájaro se estresa".