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Tiranocidio V

Ella cierra los ojos. El mundo trono de Oryx arrasa con su flota, el burbujeo de rocas, metal y carne pulverizados del espacio de alaridos invertido, como si de simple materia se tratara, se rinden a la voluntad del Rey de los Poseídos. En algún lugar, Uldren ruge desafiante. Es el momento del sacrificio total, la encarnación de la fatalidad de los insomnes: dar sus vidas en defensa del mundo que un día abandonaron. El sentimiento de pérdida desgarra a Mara cual sollozo. Siente que sus técnidas están preparando sus propias salidas de emergencia. Shuro Chi se acerca hasta ella, con la necesidad apremiante y silenciosa de que Mara sobreviva. Sin embargo, realizando un esfuerzo titánico y recurriendo a milenios de fría impasividad, Mara rechaza la mano tendida. La conmoción llega. Mara fallece. En cierto modo, termina vaporizándose con su queche, las uniones entre las partículas de su cuerpo, en tela de juicio por la desgarradora lógica del arma de Oryx, resultan superfluas. El mecanismo de devastación concluye con una fisión espontánea. El artífice de la destrucción se regocija. En cierto modo, de forma más real y simbólica, la espada de Oryx la empala. Había lanzado todo su poder contra él, y este había respondido. Había apagado su pomposa divinidad y exigua reivindicación de realeza, había expuesto a Mara a la más pura y corrosiva hostilidad de su Gran Guerra. Había sido derrotada por la lógica de la espada. Mara se contonea en torno a la espada camino del mundo trono de Oryx. Los heraldos le ofrecen la entrada y ella se dirige hacia ella. Está muerta, consumida por Oryx. Muerta bajo su voluntad, en su Reino Ascendente. No había otro modo salvo este camino verdadero. Inanna dio el aviso a su pueblo al fin. Le pidió al ministro que sus devotos lloraran, tocaran el tambor, rezaran y laceraran sus nalgas ante la pérdida. Inanna pidió a su ministro que suplicara a los dioses que la salvaran. Mara no lo hizo. En su lugar, reclutó a Eris y a varios millones de guardianes bailarines dementes para que acabaran con el dios que la había asesinado. Se trataba, llegado este punto, de un robo muy sencillo: permite que te lleven hacia el tesoro como un botín más y cuando el propietario muera, márchate con toda su fortuna. Pero incluso Inanna tenía que hacer que la gente se marchase antes de que atravesara la última puerta. Mara piensa en todas las personas que ha conocido, toda la gente que ha perdido, incluso en la Yang Liwei y el rayo de Luz en la más profunda Oscuridad. Ahí está otra vez, en la soga, precipitándose hacia el misterio. Su hermano la llama a gritos, tratando de seguirla, pero no puede mirar atrás. Ha estado pensando en una lógica propia de secretos y diseños ocultos. El universo no se ha simplificado con el tiempo. Donde quiera que puede emerger vida, ahí comienza, incluso en lugares donde gente sensata lo vería impensable. La tendencia ha seguido pasos complejos, sofisticados, pensamientos profundos y caminos más elaborados del ser. Una espada está afilada por todas partes, pero los elementos de una bomba no se parecen en nada a los de una bomba hasta que esta se desarma. El mundo trono de Oryx trata de arrancarle su cuerpo y su mente en un quintillón de pedazos que gritan, pero Mara ha sobrevivido al caos primordial e incipiente antes ante el espacio y el tiempo. Ha logrado conservar su ser ante situaciones mucho peores que esta. Tiene eones de paciencia. Eris triunfará. Los guardianes cumplirán con su parte. Cuando el poder del mundo esté libre para conquistarlo, Mara se apoderará de él, pero no como el victorioso que recoge su botín, sino como una saqueadora que recoge el preciado componente de su obra maestra. Cuando un peón alcanza la parte opuesta del tablero de ajedrez, este puede llegar a convertirse en reina. ¿Y qué surge cuando asciendes a reina? ¿Qué nuevo tablero reclama como propio? Mara lo sabe bien. Se prepara para la larga espera, totalmente sola, casi en paz con ello.