Revancha II
Mara convoca una junta de los representantes elegidos del Fuego Sagrado, uno de los mayores cruceros del arrecife en ruinas. El Fuego se había construido para respaldar la construcción de un hábitat en Vesta 4, donde Mara esperaba poder estacionar toda su flota y echar raíces. Pero los esperanzados y aterrados rostros que se encontraban ante sí la hicieron temer que eso nunca se cumpliría. ¿Y si todos se marchan corriendo ante el primer indicio de hogar? Con lo lejos que habían llegado, recorriendo mundos y eones con tal de volver a ver la Tierra, ¿cómo iba a pedirles ahora que se contuvieran?
"Hemos encontrado humanidad", les dice. "Hemos encontrado a nuestros ancestros".
La alegría por el logro y el asombro la entusiasman enormemente. La mayoría de los insomnes nacieron en el Distributario, crecieron con los mitos de la humanidad y del Viajero. Acababa de abrirles las páginas de sus libros de historia y las había hecho cobrar vida.
"Las últimas especies humanas que siguen con vida habitan en un mismo asentamiento". Asiente a Uldren, que chasquea los dedos para que comience la grabación. La perspectiva holográfica de su nave se sumerge en la esponjosa capa de nubes y niebla hasta salir a una zona despejada. Una panorámica lúcida, un instante perfecto: las montañas blancas, la ciudad y la enorme esfera destrozada que cuelga encima de esta.
"Para", ordena Uldren. "Ese es el Viajero".
La propia Mara se siente tensa conforme la multitud murmulla y se emociona. No le gusta ese toque de veneración. No le gusta tener al Viajero asomándose por ahí, casi inmóvil, como un corazón moribundo arrancado de su cuerpo y arrojado en agua caliente; se contrae y palpita si lo miras con los sensores adecuados. Si el Viajero contaba con el poder suficiente para protegerlos a todos, ¿por qué cuidaba de un solo asentamiento apiñado?
Esila, hija de Sila, salta entre la multitud, demasiado menuda para ver algo, pero los entusiasmados vecinos la mantienen en alto. "¿A qué esperamos?", pregunta. "¡Esto es todo lo que veníamos buscando! ¡Nos necesitan y es ahí adonde pertenecemos!".
Uldren y Mara intercambian miradas. Uldren chasquea los dedos y la grabación se reanuda.
Algo se mueve en las copas de los árboles. Estas se agitan y se separan. Una aeronave de tonos marrón y rojizo con forma de libélula obesa y sin alas emerge de su refugio y se alza para interceptar al intruso. La señal principal de la cámara avista al objetivo y Mara imagina su adusta sonrisa mientras este aguarda a que el otro individuo se mueva.
La nave con forma de libélula suelta una andanada de pinchos que erupciona en forma de una violenta llama naranja y se precipita hacia Uldren. Toda la junta recibe un rugido desafiante conforme esta gira 180 grados de forma brusca y se marcha.
"Esos son los caídos", entona Uldren. "Una especie formada por saqueadores y piratas que se centran en subsistir. Llevan aquí mucho tiempo y ya han desvalijado la mayoría de asentamientos grandes que sobrevivieron al desplome original de la humanidad. Es posible que queden más caídos que humanos en la Tierra". Alza la barbilla para mostrar la pálida cicatriz que le recorre la garganta. "Llegué aquí y fui en busca de prisioneros. Lo tenía todo controlado, cuando me amenazó con dos cuchillos, pero resultó que disponía de un juego de brazos adicional".
Emite una risita nerviosa.
"Peor aún", añade Mara, conforme solicita vidrios de sensores de información pasiva del espacio, "se encuentran por todo el sistema solar. Hemos detectado algunas de sus flotas de naves interestelares rondando Júpiter y Venus. No tienden a pasar por Marte, pero solo porque el planeta está ocupado por otra especie alienígena. Mercurio está… en fin, podéis verlo vosotros mismos". Un aliento de terror se sucede ante los restos de ceniza de mecanismos, es todo lo que queda del legendario mundo orgánico. "Consideramos que esto puede ser obra de los vex, una especie de máquinas que forma parte del índice de amenazas de Shipspire".
Esila, reconocida historiadora, entona las súplicas de la multitud, "Así que necesitan nuestra ayuda, ¿no? ¡Tenemos que ir con ellos!". Con nuestras naves, nuestra tecnología… podríamos cambiarlo todo".
"No". Mara desbarata las imágenes que se proyectaban entre sus manos. Se quedó hasta tarde dándole vueltas al problema, lo que le evitó tener que lidiar con Sjur. Era una decisión que tenía que tomar por su cuenta. "No podemos desvelar nuestra existencia por temor a que los caídos nos encuentren. Tenemos que recopilar más información. Nuestro objetivo debe seguir siendo la seguridad de este arrecife en ruinas, impulsar la industria y la población, además de explorar el sistema solar".
"Mara, con todos mis respetos, te doy mi más sincero agradecimiento por traernos aquí", suspira Esila, "¿pero quién murió para hacerte reina?".
Mara no dice nada. Pero piensa: "Todos, Esila. Todos morimos para hacerme reina".