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Revancha III

"Es grave", dice Sjur Eido, confirmando lo que Mara ya sabía. No obstante le echa una mano y retira toda la sangre y lágrimas, lo que permite a Mara otear la auténtica forma de la herida que divide a los suyos. No una herida en el sentido literal, aunque en esos momentos estuviera ocupada con la cicatriz real de Uldren, extrayendo diminutos fragmentos de metal de caídos para su análisis, sino la grieta de su Arrecife, la escisión de nuevo escisionada. Como si el terremoto que dividió a los insomnes del Distributario de la gente de Mara estuviera ahora lanzando sus réplicas. Debía haber sabido que esto iba a ocurrir. No debía haberles contado tanto acerca de la Tierra. "¿Cómo de grave?". Sjur toca el duro vientre Uldren, donde una línea de metal fundido había dejado una quemazón roja. Está anestesiado, pero gruñe de todos modos. "Tras la última junta, diría que el treinta por ciento de la expedición quiere ir a la Tierra. Si les preguntas a los 891" —aunque ya no quedan 891— "la cifra se aproxima más al ochenta por ciento". Mara maldice y tira de una pústula sangrienta y solidificada del cuerpo de su hermano. "Inaceptable. No podemos perder sus habilidades". Ni sus genes: los insomnes todavía tienen que adaptarse a la contrición de este duro mundo orbital, y las madres futuras todavía están en las fases previas de diseño de sus bebés. Esto resulta esencial para nutrir nuestra reserva genética heterogénea. "Y los caídos volverán a por nosotros". "Lo sé", respondió Sjur con rotundidad. "Es entonces cuando voy a morir". Lo más terrible sobre esas palabras es que abofetean la conciencia de Mara como cartas sobre la mesa, como una verdad revelada. "¡Inaceptable!", ruge ella. Entonces, tanto ella como Sjur empiezan a reír y, al fin, Mara agita la cabeza y gruñe. "Es imposible que sepas eso, Sjur. Nadie lo sabe". "Yo sí. No sé cómo, pero lo sé. Sé que va a ser algo que yo elija hacer, y va a ser algo totalmente heroico. Eso me basta". "Pero de ser cierto…", empieza Mara, tratando de evitar la conversación que en realidad debían mantener junto a toda la crudeza que la acompañaba, "si mueres cuando los caídos nos ataquen, entonces no podré evitar que estas gentes se marchen a la Tierra y los caídos nos encontrarán y estaremos acabados". Ya estaba elaborando complejos modelos sobre cómo debía adaptarse al destino o a la fatalidad el universo y cómo actuar para acabar con esas cosas. "Podría ser, supongo". Sjur retira un fino paño parcheado con piel muerta de la herida de Uldren. "Escucha, soy la guardaespaldas de la reina. Siempre he contado con morir de forma violenta". "No soy la reina". "Puede que ese sea tu problema". Sacudió el pecho de Uldren, dejando una magulladura morada desvaneciéndose. "¿Puede saberse qué pasa entre vosotros dos? Nunca hablas de él. Da la sensación de que nunca piensas en él. Sin embargo, ahí está, partiéndose la cara por ti. ¿Cómo puedes vivir siendo su única y amada hermana durante tantos siglos… y ni apenas mirarlo?". Secretos, piensa Mara. Es esencial tener secretos entre nosotros para que Uldren pueda llenar los huecos vacíos con sus propias ilusiones alegres. Dos naves unidas firmemente se romperían en pedazos si trataron de moverse. Pero una unión menos firme permite un mayor margen de maniobra y soltarse más rápido de ser necesario. Esto la hace pensar de nuevo en la profecía de Sjur. Coloca la metralla sobre el plato de disección con cuidado. "No vas a morir. No pienso permitirlo".