Revancha V
Y así fue cómo los insomnes, divididos en el pasado, volvieron a dividirse en terrícolas y nativos del Arrecife. Los que se marcharon fueron a registrar las ruinas en busca de la historia perdida y a auxiliar a sus parientes humanos que seguían aferrados a un mundo hostil. Los insomnes se aproximaron a estos humanos como nefilim, equipados con armas perdidas, productos olvidados y medicamentos. Eran como augurios de esperanza, pues a menudo se creía que eran colonizadores nacidos en las estrellas que regresaban a su hogar, algo que, a fin de cuentas, no distaba mucho de la realidad. Todo aquel que los observaba veía que el cielo nocturno no solo deparaba una fatalidad acechante. Procrearon entre sí, en ocasiones tuvieron híbridos con humanos y, en el transcurso de los siglos, muchos olvidaron el Distributario, e incluso el Arrecife. No obstante, siempre existía en sus almas una pizca, un vector que apuntaba a un lugar distante en el anillo de asteroides en el que su reina moraba.
"Ya han dejado huella", le dijo Sjur a Mara poco después de que el primer insomne llegara a la Tierra. "Van a lograr salvar muchas vidas solo con los suministros de medicamentos, agua pura y suministros de construcción, e incluso si todos murieran al terminar el año, aun así, salvarían diez o veinte humanos".
"Lo sé", dijo Mara con orgullo resentido. "Deja que la gente los recuerde como santos y paladines y no les digas a cuántos más habrían salvado de haber conservado la fe". Sabía de la tremenda importancia que tenía la vida de cada insomne; sabía cuántos tendría que emplear y lamentarse por cada alma malgastada en propósitos de menor calibre.
El día en que los caídos atacaron, Mara fue proclamada reina. Sucedió todo de golpe, pese a un debate largo y tendido entre las gentes, pues todos temían tener que contar con una monarca que consultara lo que pensaban. Aunque más temían negar su poder y soberanía, pues habían recorrido mundos en su nombre. Rechazarla supondría rechazara su propia elección.
"Insomnes", entonó, "por primera vez en toda mi vida he dudado en recurrir al poder, y ahora un tercio de todos vosotros se ha marchado. No puedo seguir negando en lo que el cosmos me ha convertido. Soy vuestra única reina legítima".
Sabía que había sido una ingenua al tratar de emular que eran todos iguales. Lo que era cierto para su hermano, era cierto para todos los insomnes. Necesitaban secretos con los que maravillarse, secretos que se asemejaran a los profundos enigmas de sus almas. No podían seguir algo que comprendían por completo.
Celebrarían una coronación más tarde, en un lugar que estaba por construir. Con el fin de mostrar respeto por no haber celebrado la coronación todavía, Mara decidió no portar corona alguna en primera instancia. Más tarde reclamaría como tiara el anillo del horizonte de sucesos que rodea al universo visible.
"Queridas técnidas", comenzó mientras reunía a Kelda Wadj y al resto de eutecnólogos restantes, "recibiréis total autoridad para explorar nuestro nuevo poder, las reliquias del Viajero y todos los campos asociados. Ya no estamos en el reino de la ciencia pura. Necesitamos una orden de misterios y brujas que ofrecerles".
Apenas una hora más tarde, un queche caído se acercó con sigilo y empezó a aminorar la velocidad en dirección a Vesta 4. Los depredadores de cuatro brazos habían rastreado una de las naves en dirección a la Tierra y a lo largo de sus erráticos cambios de dirección hasta el Arrecife. Habían llegado en busca del origen de esos seres con forma de simios azulados.
Una salva de pistolas de materia coherente destrozó al queche. Una muerte rápida para la poderosa nave, una furia ancestral de materia oscura comprimida en el tamaño de una chincheta relativista. Un desperdicio de armas que no podían recargarse, no obstante, y el barón al mando ya había esparcido sus esquifes como semillas camufladas. Los saqueadores caídos llegaron al Arrecife y se abrieron paso a la fuerza. Los insomnes, con escasos conocimientos sobre la mortalidad y aterrados por ella, huyeron despavoridos.
Mara, Uldren y Sjur Eido se ocuparon de tantos como pudieron. Sjur peleó con una protección de combate propulsada, pero Mara tenía que mostrarse vulnerable, con su cabello plateado y ojos rasgados, lanzándose hacia el enemigo. Luchó con una pistola y una daga, mientras su hermano se movía como un espectro a su lado. Su gente se sentía avergonzada por su cobardía. No eran los mismos caídos que hacían huir a los depredadores alienígenas, ahora eran indignos, una ofensa al majestuoso privilegio de sufrir un alarido y un disparo de fusil. Los insomnes apreciaron su desesperación, cómo los escorias mutilados se trastabillaban demacrados, cómo los vándalos se arrastraban huyendo de la batalla conforme arrancaban los paneles de las paredes, desesperados por saquear cuanto pudieran para agradar a sus capitanes.
Sjur Eido, provista de su blindaje, se enfrentó con el barón de los caídos en un combate con gravedad cero sobre su tanque araña y lo derrotó de un disparo, un cañonazo certero que le atravesó la armadura y la garganta. El éter siseó hacia el vacío. Sjur se lanzó hacia el tanque araña anclado al casco del Fuego Sagrado. Conforme reía de alegría, se abrió paso hacia el barril del tanque y lanzó una carga dentro, a sabiendas de que su siguiente disparo vengador tendría como objetivo el depósito del hábitat principal del Fuego Sagrado, a sabiendas de que moriría en medio de la aciaga catástrofe.
El tanque ardió. La carga se detonó. Sjur Eido salió disparada y totalmente ilesa.
"Ahí es donde debería haber muerto", se dijo extrañada. En su mente solo estaba el rostro sonriente de su reina.