The Grimoire Archive
Grimorio Rastreador Libros

Telic I

Mara intentó una vez más, solo una, que sus dispersas gentes regresaran a casa. Esperaba que el asalto los hubiera convencido de que tenían una responsabilidad con el Arrecife. Debían regresar a su hogar y reparar el daño que habían causado. No obstante, no salió como esperaba, pues, pese a que sus brujas fueron capaces de intensificar su vínculo con la gente mediante los aumentos que Kelda había desarrollado, no era más que una vocecilla en medio de una tormenta. Sus insomnes estaban provistos de antenas sensibles en el sentido metafísico, y no eran capaces de escuchar sus súplicas en medio del clamor. Además, el ingeniero de comunicaciones seguía olvidando llamar "majestad" o "reina" a Mara. "Buenas noticias", le dijo Uldren con la sonrisa complaciente que acostumbraba a mostrar después de cada debacle a la que sobrevivía. "Illyn y yo hemos analizado los registros de comunicaciones de los caídos. Su barón no llegó a transmitir nuestra posición a su kell. Quería llevarse el mérito. Seguimos a salvo". "Puede que el barón hubiera lanzado una baliza programada", le advirtió Mara. "Nunca subestimes a esas cosas. Han vivido en el vacío mucho más que nosotros". "Los admiro", confesó Uldren. "Han perdido muchísimo. Algunos incluso se mutilan a sí mismos en sus rituales para demostrar el poder que albergan y volver a hacer que sus extremidades crezcan, Mara. Incluso si nos vemos abocados a la extinción, esos caídos sobrevivirán más que nosotros". Mara apuntó con sequedad en su registro que su hermano había descubierto al fin a su verdadero pueblo. Sjur Eido, por su parte, daba vueltas aturdida, llena de alegría por estar viva y afligida por no conocer en realidad el día de su muerte. "Contigo todo es posible", le dijo a Mara. "Si vivo, es gracias a ti". Cuando Mara vio cómo encordaba su poderoso arco, con los miembros enroscados a su brazo opuesto, se alegró lo indecible de que Sjur hubiera sobrevivido. Con el tiempo, Mara designó a los paladines como supervisores de su nuevo ejército, como Alis Li había hecho durante la Guerra de la Teodicea. Nombró corsarios a los navegantes estelares más preparados para explorar el cinturón de asteroides con la mayor discreción, y así establecer rutas y escondites para respaldar la operación encubierta de las naves insomnes. Pero, por encima de todo, designó a su hermano la misión que más le preocupaba. "Hermano", le dijo, "no puedo volver a permitir que mi pueblo se divida. Hemos de ofrecerle mucho más que una protección helada, fríos hábitats cilíndricos y grutas de Vesta. Hemos de crear una cultura, una conexión que nos ciegue de orgullo y asombro ante nuestros propios misterios. No hay lugar mejor para que la cultura florezca que en una ciudad". "Reúnelos en un solo lugar", avisó Uldren, "y te convertirás en un objetivo". Mara ya había considerado esto y encontrado la respuesta. "Ponte en marcha y consígueme un poder diferente a cualquier otro de este mundo. Tráemelo y lo convertiré en la piedra angular de mi nueva ciudad, donde los insomnes soñarán todo lo que han sido y en lo que está por venir". Así, Uldren emprendió un viaje entre mundos, raudo como un fantasma de luz azul. Pasado un tiempo, regresó al Arrecife con una criatura más pequeña que su mano y dijo "Presta atención, hermana, esta es la mentira capaz de hacerse verdad: un ahamkara".