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IV — Eris Morn — Evocación del deseo

Versículo 8:4 — El presagio Mi infame transformación se ha completado. Lo que se auguró, lo que se temía, es ahora verdadero: Eris Morn ha sucumbido al hambre insaciable de la colmena. Se ha erigido como reina de la colmena y dirige un inmenso ejército de fieles a la guerra. Inevitable. Inimitable. ¿Quién si no ella? ¿Qué si no esto? (Ikora cree que mi transformación no era necesaria, pero lo era). Oigo susurros, pero ¿cuándo no? Me han acompañado desde la Boca del Infierno. Esto es lo que soy. No se puede refutar ni negar. Esta es la forma que he elegido para mí misma: mi transformación, el presagio. (Ikora cree que me convertiré en mártir, pero ¿qué mártir camina hacia el olvido con un cuchillo en la mano? No caeré tan serenamente). En mi transformación, no tengo miedo. En mi transformación, empuño el miedo, el más antiguo: el miedo a ser devorados. Desde que nosotros mismos fuimos presas, hemos sentido pavor por las fauces abiertas, por el hambre que nos contempla con deleite. Yo he mirado a esa hambre a los ojos. La he soportado demasiado tiempo. Ahora seré la depredadora. Devoraré. Infundiré ese primer miedo. Tengo hambre, pero esa hambre siempre ha luchado contra las limitaciones de mi cuerpo sin Luz. No obstante, aquí, en el hipogeo infinito de la Reina Bruja, ha florecido. Esta parte de mí ha brotado de mi cuerpo igual que de la tierra, como una de esas flores cadáver carnívoras y obscenas; su oscuro núcleo engulle la luz del sol, sus pétalos afelpados se abren a la muerte. Ridículo. ¿Quién compararía el hambre con una flor? Yo no me limito a esperar a mi presa. No…, no… Es un gusano. Un gusano al que tengo la irrefrenable necesidad de alimentar. No puede ser otra cosa.