II — Savathûn — Despliegue de imago
Versículo 8:2 — La bruja
Fuimos los únicos hermanos que sobrevivieron. Eso es lo que siempre le ha importado a Xivu Arath. Quería que todos sobreviviéramos. Nos arrojaba todo lo que encontraba para que aprendiéramos a sobrevivir.
No le funcionó demasiado bien, ¿no?
Los mayores actos de navegación de mi hermano eran su metamorfosis. Esa era su táctica: se cambiaría entero con tal de sobrevivir a este universo. Mi hermana, por su parte, corta el universo —lo hace tan afilado como ella— hasta que solo queden ella y su amor.
Yo estoy un poco entre ambos. No tengo que elegir. No tengo el miedo de mi hermano ni la vanidad de mi hermana.
Incluso con su infinita adaptabilidad, Oryx no logró resistir a los guardianes. Xivu Arath quiere demostrar que ella puede lograrlo siendo tan rígida e inflexible como siempre ha sido; no hace falta arreglar lo que no está roto. Fuerza, tácticas e intimidación abrumadoras.
Somos quienes somos, y escogimos nuestras formas con cuidado. Yo quería vida. Xivu ansiaba la venganza y el dominio. Oryx deseaba adentrarse en lo profundo del pensamiento, y alimentarse de bocados de verdad.
Y recibió lo que quería. Ahora Oryx conoce la muerte de forma más íntima que cualquiera de nosotros. No puede volver.
La pobre Xivu está consternada. Oculta tras la guerra y la ruina, cree que nadie puede verlo. En su interior, piensa que Oryx debió haber sobrevivido a través de su lógica. Cree que se le volverá a conjurar a la vida, como él hizo con nosotras.
Eso fue hace mucho tiempo. Ya lo hemos superado. Pese a todo lo que venga, yo seguiré viviendo. Con y sin ellos.
¿Debería decir que los echo de menos? ¿Que añoro aquellos tiempos en los que estábamos amenazados por la muerte y nuestras vidas eran breves, cuando pilotábamos nuestra aguja, cuando nos sumergimos y nos convertimos en lo que somos?
No. La sentimental es Xivu. No somos quienes éramos. Quienes éramos ya no existen.
Sueno como mi hermano.