Sur del Atrio Civil
El Nómada dobló una esquina del Bazar y agarró una tela que colgaba de uno de los puestos.
Se metió por una entrada, pasando por una puerta poco utilizada que conducía a un pasillo. Mientras caminaba, se envolvió con la tela, cubriéndose la cabeza para ocultar el rostro. Alteró su forma de andar y la postura a medida que caminaba; se movía más despacio, encorvado. Cuando apareció en el siguiente atrio, fue como si hubiera envejecido sesenta años.
Al ver a un grupo de ancianos tomando el sol, se acercó a ellos para sentarse a su lado.
"¿Eres nuevo por aquí?", le preguntó uno.
"Así lo he sentido siempre", contestó con un tono agudo.
"Sé a qué te refieres", dijo el anciano mirando fijamente a un escuadrón de titanes que pasaba por allí equipados con armaduras que reflejaban el cielo. "Ellos permanecen inalterables", dijo mientras les señalaba. "Todo a su alrededor cambia según su voluntad. Para bien o para mal".
"No te falta razón". No era lo que quería decir. Cuando el tráfico se detuvo, se dirigió directamente al Anexo. No había guardianes incordiando acerca de las reglas o los cambios en el pago del Gambito.
Odiaba ir allí con los portaluces. Su seriedad le sacaba de quicio. Solo lo hizo porque tenía que comer. Lo que le fascinaba de Gambito era una cosa y solo una: las deliciosas motas de Oscuridad.
Alguien se sentó a su lado y el banco crujió. Ni siquiera se molestó en mirar. Ya se irán.
"Parece que tu información era cierta", dijo una voz. "Para mi sorpresa".
Se volvió para mirar y vio a una mujer de piel oscura, nariz torcida, con ojos inteligentes y una mirada implacable. Llevaba una gabardina negra sobre una armadura ligera. Una hechicera. No la conocía. "Te confundes de persona, encanto", dijo tembloroso.
Entonces ella le entregó una pizarra con un intrincado diseño del tamaño de un puño de titán. Era un Sello del Cormorán.
"La información sobre las sombras que nos vendiste era cierta", repitió. "¿Vas a cambiar de bando?".
Pestañeó. De nada servía fingir. Dejó la pantomima y se sentó derecho. "No pertenezco a ningún bando, solo al mío. ¿Están vivos?".
Los ancianos de su derecha fruncieron el ceño y comenzaron a murmurar entre ellos.
"Todos menos uno. No pudimos llegar allí antes de que nuestro amigo común empezara su trabajo".
"Esos tres eran unos idiotas. Persiguiendo leyendas. Solo eran un peligro para ellos mismos".
"No creo que seas quien para juzgarlo. Pero ahora están bajo custodia".
"Si has terminado, me gustaría seguir pasando el rato con mi manta y estos tipos tan ariscos".
"Escuchamos las grabaciones para tu protegido", dijo ella.
"Sois escoria", respondió sin acritud.
"La Vanguardia cree que puede usarte", contestó.
"¿Y tú qué piensas?".
"Que eres un criminal en quien no se puede confiar. Pero… Orin te dio una oportunidad".
Se giró para mirarla.
"Y creo que piensas que puedes traerla de vuelta", continuó. No dijo nada, pero tampoco miró para otro lado.
Aunor se puso de pie. "Suerte".