-LISIS
El pueblo queda a sus espaldas, desdibujado por los colores de un cielo de finales de verano.
Al irse, Amani había estrechado con fuerza las manos de Safiyah hasta que ella prometió volver, algún día. A Zavala, Amani solo le dedicó un gesto con la cabeza y una sonrisa triste.
Pronto, las estructuras de piedra del campamento del Señor de Hierro se elevan en el horizonte.
Zavala y Safiyah pasan por donde encontraron a Hakim. Los cuerpos ya no están, la tierra había absorbido la sangre. Los árboles quemados tienen brotes nuevos alrededor de las heridas. Pero los fragmentos de los restos oxidados a su paso todavía permanecen medio enterrados en la tierra.
En la puerta, Safiyah le entrega a Zavala las agujas de tejer.
"Para que te abrigue", dice. Él asiente y le da las gracias, en voz baja.
"Sobrevivirás", le dice ella. Sabe que no tiene otra opción.
Safiyah se va en busca de gente que la necesite. Siente la mirada de Zavala sobre ella hasta que las puertas de los Señores de Hierro desaparecen en el horizonte.
***
Las puertas del campamento se abren solo para Zavala. Saladino dice poco, no juzga, no regaña. Solo dice:
"El amor es un momento en el tiempo. Nosotros no".
Zavala se pregunta si Saladino habla por experiencia. No pregunta, solo respira y sigue a Lord Saladino.
***
Pasan décadas. Un día, llega un mensaje de Amani medio arrugado y descolorido por el viaje incierto que lo ha llevado hasta la Última Ciudad. "Ven rápido", pone. "Antes de que sea demasiado tarde."
Pero cuando llega ya es demasiado tarde.
Amani está junto a la tumba entre los asistentes, encorvada, envejecida. Él la mira y asiente. Le dedica una sonrisa triste y familiar. Él le devuelve el gesto en un agradecimiento silencioso.
Espera hasta que la mayoría se han ido antes de acercarse a la lápida. Sostiene una flor que ha recogido durante el viaje. Estaba fresca, pero los pétalos se han dañado por el camino. La coloca suavemente sobre la tierra revuelta de su tumba.
Zavala se levanta y ve a una mujer junto a él. Tienen los mismos ojos, cálidos y amables. La hija de Safiyah.
"¿De qué la conocías?", pregunta. Se le corta la respiración, inseguro de cómo responder a una simple pregunta de alguien que también sufre.
"Soy un viejo amigo", dice, incapaz de evitar que se note lo derrotado que se siente. La mujer lo mira con recelo. Él se pregunta, brevemente, si ella sabe algo de él, de su historia. De su hermanastro. Pero ella solo asiente, le da las gracias y ninguno dice nada más.
Años más tarde, él visita la tumba de aquella mujer. Más tarde, la de su hijo. Y la del hijo de su hijo. El cementerio se llena de lápidas. Y cada vez él hace el viaje.
No vienen a la Última Ciudad por 10 generaciones. Los Encubiertos le dicen cuándo nacen, cuándo están enfermos y cuándo mueren. Él nunca les habla cuando están vivos, pero en cada tumba, deja una señal y una pregunta: ¿Me perdonas?
La Guerra Roja no se los lleva, pero cuando la Ciudad llora por los perdidos a manos de los vex y la Noche Interminable, Zavala llora por el último de los descendientes de Safiyah. Esta vez, no hay cuerpo para una tumba.
Ahora, Zavala está sentado ante su escritorio. Las agujas de tejer están desgastadas por el uso. Las sujeta con cuidado, recordando cómo ella le había colocado los dedos para que siguiera sus movimientos.
Coloca un trozo de hilo y empieza de nuevo.