-CENTESIS
Cae la noche y se encienden las fogatas. El viento aúlla como un perro hambriento y enfría las gargantas desabrigadas. Safiyah levanta la linterna y observa a los supervivientes que atraviesan las puertas de los Señores de Hierro. Algunos están heridos. Otros yacen en camillas improvisadas. Señala una tienda que brilla por la cálida luz del fuego.
"Aquí se morirán de frío", dice. "Que entren, rápido".
Su hospital, tal y como está, parece pequeño junto a las estructuras de piedra que lo rodean. Pero ella supervisó la construcción cuando llegó. Lo abasteció, lo atendió. Era lo único que podía hacer.
Las puertas se cierran detrás de los Señores de Hierro. Ilesos, vivos. Zavala está con ellos. Ella lo conoce: es lo bastante terco como para discutir, pero no tanto como para ignorarla. Habla con sus compañeros:
"… ataques coordinados de la Casa de los Demonios. Si aprovechamos esta oportunidad para contraatacar…".
"¿Contraatacar?".
Zavala se gira y mira a Safiyah. Ella lo mira fijamente.
"¡Hay heridos aquí! No necesitamos más violencia. ¡Necesitamos suministros!".
Los otros se alejan para que se encargue él. La misma discusión con la misma mujer.
"¿Disculpa?".
Ella no vacila.
"He sido muy clara", dice ella.
Un dron, ¿un Espectro?, flota en el aire detrás del hombro de Zavala. Targe, se llama Targe.
"Yo no me meto", dice Targe. Safiyah se pone de puntillas para verlo antes de que se escabulla.
"Atacar a los caídos garantizará nuestra seguridad", dice Zavala. "Como ya te he dicho".
"¿Quieres protegernos?". Safiyah señala el precario hospital. "Entonces, asegúrate de que tengamos lo que necesitamos para vivir".
"No se equivoca", dice Targe.
"¿Tú te metes o no te metes?", pregunta Zavala mirando enfadado a su Espectro. Luego, vuelve a mirar a Safiyah.
"Tú no lo entiendes", dice ella y se da media vuelta.
"¿Adónde vas?", le pregunta. Una pregunta tonta. Ella se agacha para salir de la tienda. Zavala la sigue, negándose a terminar así la discusión. Siempre quiere tener la última palabra.
Safiyah se lava las manos en un cuenco y lo mira. Está decidida a conseguir que él haga algo útil.
"Lávate las manos", le dice. Él duda, pero lo hace.
"Coge esto", dice y le da un puñado de trapos limpios. Se dirige a una de las camas e inspecciona una herida abierta que todavía sangra sobre el vendaje sucio. Ella lo retira con cuidado.
"Ven", dice y le indica que presione los trapos limpios contra la herida para detener el sangrado. Él abre la boca para decir algo, pero ella levanta la mano.
"Entiendo la situación", dice. "¿Y tú? ¿Entiendes lo difícil que es sobrevivir en este mundo?".
"Sí", contesta él. Afloja la presión, pero ella chasquea los dedos y él vuelve a presionar en la herida.
"¿Sin tu Espectro?".
Él no contesta. "Esta herida va a necesitar puntos", piensa Safiyah. Busca entre las escasas reservas antisépticos y guantes.
"No son solo los caídos. No son solo los señores de la guerra. También hay enfermedades. Hambre. Frío".
Le hace un gesto a Zavala para que se aparte y él obedece. El hombre herido, que lamentablemente está despierto, se estremece, se pone rígido y reprime un grito mientras ella le limpia la herida con la mayor delicadeza posible.
"No nos libramos de estas cosas como tú".
Hay un poco de lástima en su voz. Ella piensa que él se lo discutirá, le replicará, levantará la voz. Pero no dice nada, se queda pensativo, en silencio. Lo mira y se da cuenta de que sus ojos han cambiado y aprieta la mandíbula. Quiere decir algo.
Se aparta y se quita los guantes. Otra paciente, una mujer con una herida vendada en la sien, se había movido mientras dormía y la manta se le había caído. Con cuidado, Safiyah coge la punta de la manta y la levanta para arroparla. Pone la mano en la frente de la mujer para tomarle la temperatura. No tiene fiebre. Safiyah sonríe. Cuando se gira, ve que Zavala la está mirando.
"Los heridos me necesitan a mí". Ella no baja la mirada ni agacha la cabeza. "No a ti".