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RRAFIA

Safiyah teje a la luz de la tarde, sentada frente a su tienda. La primavera acaba de empezar, tiene los dedos rojos por el frío y su aliento forma un visible vapor en el aire. Zavala dirige los ejercicios de entrenamiento en el patio, está practicando con civiles. Algunos están de pie, incómodos, sosteniendo armas demasiado pesadas como para blandirlas. Otros se mueven con más confianza. Safiyah vuelve a concentrarse en sus agujas. Entonces, oye un grito de dolor. Un reguero de sangre desciende por el hombro de un civil. Safiyah ve la herida desde su asiento. Se pone en pie y se acerca rápidamente, dejando a un lado su proyecto de punto. "¿Crees que tu enemigo se detendrá con una sola herida?", ladra Zavala. El otro hombre levanta la espada de nuevo, olvidándose de su herida. Safiyah se acerca y chasquea los dedos. "¿Qué haces?". Zavala la mira. Al fin, una oportunidad: el compañero de entrenamiento de Zavala carga y lo toma por sorpresa. La espada le hace un corte en el antebrazo y la piel se le abre dando paso a un reguero escarlata. Los demás quedan embobados, como si no supieran que los renacidos también sangran. Targe aparece, listo para sanar la herida. Ella levanta la mano para impedírselo. "No lo hagas", dice. El Espectro se queda flotando, la mira a ella y luego a Zavala. "¿Qué quieres?", protesta Zavala. Se aprieta el brazo para cerrar la herida, pero la sangre caliente sale a borbotones. Safiyah ignora a Zavala y le hace señas a su compañero de entrenamiento. "Ven conmigo", dice. "Targe", Zavala le habla a su Espectro, pero Safiyah chasquea los dedos otra vez. "Tú también. Quiero enseñarte algo. Ven". Entra a la tienda del hospital, sabiendo que él obedecerá. Y obedece. Una vez adentro, Safiyah examina la herida de Zavala. No es nada grave, pero es profunda y necesita atención. Su ayudante se ocupa del compañero de entrenamiento, que aparta la mirada con timidez cuando Zavala lo mira. "¿Qué estás haciendo?", le pregunta él. "Creo que es obvio", contesta ella. Zavala y su Espectro observan en silencio mientras ella limpia la herida. "Esto no es necesario", dice él, pero la deja continuar. Ella saca su aguja, la pinza hemostática y el hilo de polipropileno. Herramientas que sostiene con facilidad en las manos: recursos preciados para un hombre inmortal. "Voy a cerrar la herida", le informa, y le toca suavemente el brazo con una mano enguantada. "Te daré seis puntos. Tardará cuatro días, tal vez cinco, en curar". Su expresión se suaviza, quizá porque se da cuenta de que ella no cambiará de idea. Él aparta la mirada tímidamente. "Me aseguraré de reponer tus suministros", afirma. "Dime qué necesitas". Safiyah siente emoción y sorpresa ante la promesa. Ahora sí contestará su primera pregunta. "Tienes que saber cómo es para nosotros", le dice. Espera que dé su consentimiento y él asiente. Ella perfora la herida y une los bordes. Él no hace ni una mueca. "¿Dónde aprendiste a hacer esto?". Por pura curiosidad. Ya tienes el primer punto. "De mi madre", contesta. "Y de los libros de la Edad de Oro". Señala una estantería maltrecha en la que hay una docena de libros. Viejos, un poco rotos, pero cuidados. "Me gustaría verlos", dice él. Ella sonríe, complacida. Segundo punto. "Te los enseñaré", contesta. Cuando lo mira, ve que él la mira con una intensidad que no termina de entender. Sin querer siente una calidez en la piel. "Viajábamos mucho", dice ella, demasiado rápido, mientras se concentra en el tercer punto. "Muy lejos. De pueblo en pueblo. Mi madre, mi padre, mi hermana y yo". Cuarto punto. "Mi padre murió en un ataque. Mi madre murió de una enfermedad. Mi hermana se quedo en el oeste, pero yo seguí viajando". "¿Por qué?", pregunta. Pasa la aguja y da el quinto punto. "Siempre hay más personas a las que ayudar. Seguiré mi camino cuando termine de formarlo", señala a su ayudante. Safiyah acerca las tijeras al hilo del último punto. La herida está cerrada. Le coloca una venda en el brazo. "¿Adónde vas a ir?", le pregunta tras una pausa. Safiyah se da cuenta de que no sabe cómo responder. Sus pensamientos no van más allá de este momento. Termina de colocarle el vendaje. "Ya está". Él mueve el brazo, hace una mueca de dolor y deja de moverlo. Ella sonríe. "La auténtica curación lleva tiempo". *** Esa noche, ella oye voces en el patio vacío: Zavala y Saladino, junto a una fogata, hablan en voz baja. Ella se asoma desde detrás de la solapa de la tienda para observar, para escuchar. "Es una mujer hábil y formidable", dice Zavala. Saladino está de pie con la barbilla levantada casi con desdén. Zavala es una silueta a la luz del fuego. "No soy tonto", gruñe Saladino. "Ya veo cómo os miráis". Safiyah se queda sin aire. Casi no oye las siguientes palabras porque su corazón late demasiado fuerte. "Lo único que siento por ella es respeto", afirma Zavala con brusquedad. Saladino pone los ojos en blanco. Los dos se quedan en silencio unos instantes. "Vivimos en mundos diferentes", la voz de Saladino se suaviza. "Puedes intentar abandonar el nuestro, pero el de ellos te rechazará". "No lo creo", contesta Zavala. "Cree lo que quieras. Pero cualquier vida que construyas con ella será demasiado frágil como para mantenerla". Saladino pone la mano sobre el hombro de Zavala. A Safiyah se le antoja un gesto de casi compasión. "Se romperá", dice en voz baja. "Y ambos sufriréis". Safiyah deja caer la solapa de la tienda. No se molesta en ver si la han oído o no.