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I. Tributarios violentos

Saladino despierta. No del sueño. Algo más complicado. ¿De la muerte? No. Todavía no. De estar inconsciente. ¿Durante cuánto tiempo? Se mueve para ponerse en pie. Sus pies se deslizan sin fricción. No hay suelo debajo de él. Se cae. No, flota. Las hojas de pino se mecen en el mar verde que lo rodea. Los rayos de sol atraviesan el ramaje y lo bañan. Su cabeza se pierde en el movimiento de la arboleda. Una sensación intermitente le recorre la piel bajo la armadura maltrecha. Saladino intenta levantar la mano instintivamente para invocar a Isirah. Solo nota un hormigueo. Debe de haber recibido un golpe. Respira hondo y trata de distinguir el instinto de la razón. Se retuerce para ver la herida. Los nervios de su cuello arden. Pánico. No, no hay necesidad. Es un dolor soportable. La realidad se aclara. El Señor de Hierro cuelga de una rama de 10 centímetros que le atraviesa el hombro. ¿De qué le sirve esta maldita armadura? Saladino sigue el reguero de sangre que le baja por el brazo y se divide en afluentes que confluyen de nuevo en la punta de sus dedos. Las gotas se agrupan a unos 60 metros por debajo. Pronto se sumergirán en la tierra y desaparecerán. Junto al charco, hay un lanzacohetes destrozado, forjado a partir de un mortero, que cayó al suelo cuando perdió la conciencia. Saladino se aprieta contra el hacha que lleva atada a su armadura de pecho. La madera le presiona en la clavícula. Hace una mueca de dolor y mira hacia el acantilado. El humo se eleva desde el punto de impacto, hacia el borde del acantilado. Una cicatriz reciente de un proyectil de artillería que tenía como objetivo el vehículo de Saladino. Saqueadores, piensa. Una emboscada. Conecta el incidente con el significado: alguien que quiere darle una lección a un Señor de Hierro que se atreve a aventurarse más allá de su territorio. Radegast le había advertido de los matones renacidos que huían a los bosques para escapar de los Señores de Hierro. Le había hablado de su hostilidad y su anarquía. Pero Saladino los dominaría. El reflejo de unos prismáticos que miran hacia él desde el acantilado llama su atención. Una figura grita y otras se unen; sus voces resuenan entre las rocas. Saladino tose y cuenta media docena de hostiles. Le duelen los dedos del frío y los pulmones le queman como si estuvieran cubiertos de escarcha. Exhala débilmente. Por un momento, Saladino imagina a Lady Jolder sumergiéndose en las nubes, riendo y destruyendo sin dudar el acantilado con una jabalina colosal de relámpagos de arco. Esos hombres sin nombre morirían. Y ella seguiría riendo hasta que Saladino se uniera. Este paso en falso se convertiría en una historia vergonzosa que contar alrededor de una hoguera hasta que otra la reemplazara. La lucidez flaquea y, en ese momento, Saladino siente la ceniza que respira. Huele el aire tormentoso de la noche. Siente el calor del fuego y de sus amigos. Tan real como los recuerdos desgastados, evocados con la edad. La Luz se condensa en los dedos de Saladino. Las líneas de arco recorren la corteza cuando él tira de la rama ensartada en su hombro. Se agarra a su pecho; entonces, piensa que es mejor romperla. Los dedos escarban y sacan la pulpa quemada. Escarban y se retuercen. La madera se rompe y se astilla cuando una bala atraviesa el pinar que hay a sus espaldas. Luego, otra, ahora más cerca. Los disparos del fusil resuenan por el acantilado. Saladino concentra su Luz en su palma y corta la rama astillada, quedando así colgado de un trozo de madera. Respira con dificultad y mueve una pierna adormecida para empujar el tronco que tiene detrás, mientras apoya su bota para sacar el hueso de la rama. Su armadura está cubierta de sangre y tiene el hueso roto. Es un dolor soportable. Lo recita como un mantra. Saltar hacia el suelo es peligroso. Saladino se prepara para empujarse y saltar. Una bala impacta contra su torso blindado, dejándolo sin aire. Su pie resbala y cae violentamente. Su peso pasa a la rama rota y se ensaña con su cuello; nuevas fisuras se abren en el hueso fracturado. Saladino ruge entre los disparos y se agarra el hombro. "¡Isirah! Bájame de esta rama", gruñe. Su Espectro aparece ante él. "Te he enseñado a no depender de mí", lo regaña Isirah mientras se oculta detrás de Saladino para cubrirse. "Todavía no estás muerto. Tú puedes con esto". Saladino se esfuerza por estabilizarse. Levanta la cabeza y respira con dificultad. Varias figuras se congregan alrededor de un gran objeto. Algo metálico que identifica como un cañón antiaéreo. "Me rindo", ríe Saladino débilmente. "¿Qué harías si yo no estuviera aquí, Forge? ¿Y si me hubieran matado?". Su Espectro toca la parte posterior de su cabeza con una bola de Luz. "Estarías a solas con tu Luz. Lo poco que te quedara". Él y su Luz contra un arma de guerra. Pero ellos no eran más que hombres, y él, un enemigo de fuego. Saladino invoca el fuego estelar menguante de sus huesos; los últimos vestigios de su voluntad, quemados como ofrenda a la Luz. La llama ondea e irradia a través de su carne, arremolinándose en los huecos de su armadura, avanzando para consumir la rama. La savia de la madera se derrama burbujeante a su alrededor. Las llamas se apoderan de la rama y se unen a las que emanan de la armadura del Señor de Hierro. La ceniza se alza en el viento agitado. Con un chasquido, cae al vacío. Las ramas se parten contra sus piernas mientras va cogiendo velocidad. Con su mano sana, Saladino busca a tientas el hacha que lleva en la espalda. Mientras, la Luz solar rodea el arma. Desenfunda el hacha y hunde la hoja en llamas en el árbol para ralentizar su descenso y deja una estela de rescoldos chispeantes que llega hasta el suelo. La tensión amenaza con desgarrarlo. Se sostiene tanto tiempo como puede y, en los últimos 10 metros, se desploma contra las rocas con un ruido húmedo y sordo. Cuando vuelve en sí, los vapores de su sangre emanan del suelo carbonizado que hay alrededor. Arriba, los árboles explotan con una detonación de fuego antiaéreo. La fragmentación corta el aire con un silbido y cubre el bosque de metralla. Saladino le da una patada al tronco que tiene a sus pies y rodea su lanzacohetes. El músculo amenaza con separarse, él se lleva el lanzacohetes al hombro. Saladino aúlla: el desafío final de una bestia herida. Presiona el lanzacohetes roto con su antebrazo y suelda el metal con calor solar. Luego, busca el gatillo. Estalla otro proyectil: el denso ramaje de los pinos se abre momentáneamente por la onda expansiva. Saladino ve una línea clara hacia el risco, apunta y aprieta. Observa cómo vuela el cohete mientras la metralla araña líneas sobre su rostro.