II. Vigilia
El olor a hierba chamuscada invade las fosas nasales de Saladino como sales aromáticas. Se aparta del abismo hacia una nueva vida, con la espalda contra un pino ardiente. Saladino parpadea para aclarar su visión y ve el cráter en el acantilado donde su cohete ha impactado. Bien, piensa mientras se sacude fragmentos de metal de la armadura. Isirah se hunde en el humo y flota ante sus ojos, con la Luz aún recorriendo su carcasa.
"Bienvenido de nuevo. Has perdido", dice Isirah con una voz suave como el cristal.
"Ha sido un empate", dice Saladino mientras se pone en pie y se lleva la mano a un talismán que le cuelga del cuello. Mete la insignia de hierro en el gorjal de su armadura. "Están muertos, ¿no?".
"Hay un millón de saqueadores y tú estás solo", espeta Isirah. Se acerca más a él. "Un empate es una derrota. Tenemos que hacerlo mejor".
"¿Tenemos?", repite Saladino entrecerrando los ojos. Luego, tira del hacha clavada en el tronco calcinado y la saca.
"Si rompes algo, arréglalo". Isirah le había enseñado esa lección muchas veces. "Deberías haber abierto fuego desde la carretera sin dudarlo. Te dije que era una trampa".
"¿Cuánto tiempo vas a restregármelo por la cara?", protesta Saladino.
La carcasa de Isirah se contrae como una serpiente que se enrosca. "¿Ahora tienes algún plan?".
"Continuar hacia el este. Quizá el código de transmisión fuera de la Edad de Oro, pero la señal era débil cuando la captamos. No puede estar lejos. Y la patrulla no puede esperar hasta que lo resolvamos".
"Buena observación. Estoy de acuerdo", dice el Espectro, flotando hacia delante.
Saladino mira el pino ardiente. Se quita el guantelete y unas hebras de cuero rojizo se enganchan bajo sus uñas. Pone la mano sobre la corteza. Seguramente, este árbol lleva décadas en pie, con sus raíces profundamente enterradas en el suelo y sus ramas expandiéndose hacia el gran bosque. Igual que los otros árboles. Todos tenían su espacio, una timidez noble compartida por las cosas antiguas. Alguien que haya nacido en el bosque podría pensar que este árbol siempre ha estado aquí.
Siente el calor que irradia el duramen ardiente. La luz aún crepita en la madera astillada. Su Luz. Si lo permitiera, destruiría este viejo pino y lo consumiría. Saladino ancla la Luz a su centro y le ordena que vuelva. El fuego se apaga. El árbol sanará y la herida de hoy desaparecerá. Este agujero marca una lucha superada y, con el tiempo suficiente, desaparecerá en la familiaridad.
"Alguien viene", informa Isirah en voz baja.
"¿Con armas?", susurra Saladino, moviendo la mano lentamente hacia la empuñadura de su hacha.
Antes de que Isirah pueda responder, aparece un hombre delgado ataviado con lino grueso. Una expresión de terror le atraviesa el rostro cuando repara en Saladino.
"No voy armado", dice el hombre con un fuerte acento local. Mira el equipamiento de Saladino. "¿Tú… eres el Señor de Hierro?", pregunta con asombro.
Isirah se interpone entre él y Saladino. "¿No has oído las explosiones? ¿Qué os enseñan aquí?".
"Aquí pelean muchos perros callejeros". El hombre baja la mirada. "A veces quedan restos. Armas…".
"Como un buitre", acusa Saladino.
"¡No!". El hombre alza las manos. "Hay gente que roba en la aldea. Debemos encontrar armas y defendernos".
"Ya veo", asiente Saladino.
"¿Tú o tu gente tenéis una radio?", pregunta Isirah.
El hombre suelta una risotada, pero se da cuenta de que el Espectro habla en serio y se detiene. "Ah. Eh, ¿no?".
"Entonces, esto es una pérdida de tiempo", le susurra Isirah a Saladino.
El hombre da un paso al frente. "Por favor, espera, encuentra compasión en tu corazón". Coloca una mano sobre su muslo y se arrodilla lentamente. "Los Señores de Hierro protegen a la gente. Matan monstruos". Mira a Saladino y al Espectro alternativamente. "¿Queréis que os paguemos?".
Saladino suspira. "No somos mercenarios".
"Comida, entonces. Mejor de la que puedas encontrar aquí", dice, ofreciendo una corteza de pan ennegrecida que saca de una mochila. "¿Armadura y ropa limpia? Mantas, agua limpia y… buena compañía alrededor de un fuego". El hombre asiente con entusiasmo.
Saladino inspecciona la porción de pan rancio que tiene en la mano. Entre el invierno y la radiación, la buena comida escasea, y eso hace que cualquier robo sea una grave ofensa. Sabe que el hombre miente sobre los recursos, pero solo por desesperación. La misma que te envía corriendo hacia las explosiones. "¿Cómo te llamas?".
"Kepre. Me llamo Kepre."
"Dices que os han estado robando".
"Más de lo que podemos reponer. Con los últimos ladrones, la aldea perdió a Elmi", dice Kepre conteniendo las lágrimas. "Moriremos de hambre si nadie detiene a los ladrones".
"Llévame".
El hombre los guía por un sendero ligeramente transitado, marcado por estacas afiladas de las que cuelgan señales ilegibles de autopistas. Van hacia el sureste, hasta que el los árboles se hacen más escasos y el olor del ganado y el trigo se vuelven más intensos que el del pino. Isirah y Saladino siguen a Kepre, que se acerca a un corral para cerdos vallado y dividido por un camino. Saladino nota que la valla sirve más para evitar que los tres cerdos escapen que para que no entre nada del exterior. Hay un puñado de viviendas de metal corrugado oxidado que sale del corral y rodea tanto un almacén bien conservado como una barraca. Junto a la barraca hay un establo donde una cabra mastica las mangas de Saladino.
Las pocas familias que viven aquí miran fijamente a Saladino mientras atraviesa la entrada fangosa con Isirah flotando cerca. Kepre los presenta como salvadores. Esas palabras desagradan a Saladino, pero saluda amablemente a la gente y escucha sus historias para investigar la situación y encontrar a los ladrones. Hay una actitud orgullosa en sus expresiones y en los escasos obsequios que ofrecen. Algo típico de los que empieza sin nada y llegan a algo. Saladino no puede evitar sonreír ante tal perseverancia.
"Se llevaron a Elmi del corral", dice Kepre. "Asustaron a nuestra cabra. Mi hijo y yo los perseguimos, pero escaparon con ella y con la mitad de las provisiones de carne seca". Se frota las manos nervioso.
"Elmi es un cerdo", dice Saladino tajantemente.
Kepre asiente, con los ojos llenos de lágrimas. "La única hembra. Sin ella…, nos moriremos de hambre".
Isirah se acerca a Saladino y emite un escaneo. "Forge, no creo que lo sepan, pero esa transmisión de la Edad de Oro está recibiendo una señal de esa barraca".