IV. Pocas palabras entre ellos
El viento invernal barre el bosque de pinos; la nieve fresca cae sobre las hojas. Isirah dice que los pinos son mucho más altos que cuando Saladino los vio por última vez, pero él no puede imaginar cómo han envejecido, solo ve lo que hay ahora. Si hubiera podido quedarse bajo sus ramas y observar sus 50 años de crecimiento, ¿habría notado la diferencia?
El lugar donde había quemado la guarida del señor de la guerra está cubierto de maleza nueva y nieve. Traza mentalmente una línea desde allí hasta el acantilado donde conoció a Fera tantos años antes y, luego, hasta la aldea de Kepre. Un humo borroso asciende entre el bosque y la nieve. Quizá estén cocinando, piensa Saladino. Beicon, con suerte. Saladino se asoma al risco donde por el que cayó entonces y camina por el borde.
Bajo una fina capa de lodo, Saladino e Isirah encuentran el camino hacia la aldea de Kepre. No ven a nadie por el camino, pero Isirah detecta varios movimientos repentinos en sus escáneres. "Animales", piensa Saladino, pero al mirar entre las ramas, ve un humo negro espeso que destaca sobre la nieve.
Una niebla fantasmal serpentea a través de los pinos cuando llegan a la aldea de Kepre. El olor a pelo chamuscado y a cerdo quemado impregnan el aire invernal. El Señor de Hierro mira a su Espectro; ella lo entiende y se descompila. Saladino avanza hacia el claro empuñando Remedio del Necio. La nieve cruje bajo sus botas. Sigue las brillantes líneas de sangre sobre el hollín y la nieve, pasa por corrales vacíos sin heno, ve barracas de madera podridas y llega hasta el marco oxidado de una cabaña. Entre la nieve cegadora y los escombros devorados por las polillas, las ve.
Tumbas. Líneas de tumbas. Luego, montones de piedra. Siguen montones de tierra batida poco profunda. El humo se eleva tras ellos, sobre una depresión excavada. Saladino se fija en la cantidad. Las agrupaciones. Cuenta mientras avanza. Cuando llega al borde de la fosa humeante, los números pierden todo significado. Un amasijo humeante yace enredado en el foso. Pánico cauterizado que todavía arde en el aire helado.
Saladino mira fijamente las cavidades hundidas del rostro carbonizado. Imagina que Kepre le devuelve la mirada. ¿Será él? Los rasgos están quemados. Unos años más viejo. Saladino se gira y ve a Isirah estudiando algo en la barraca. Entre las llamas, ve una burda reproducción de un sello de Hierro incrustado en el cráneo ennegrecido de un lobo.
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La antena de la Edad de Oro ya no recibía señales. Estaba doblada, incapaz de discernir nada por sí misma, pero todavía era capaz de emitir ruido. Un nuevo asentamiento se había formado a su alrededor, cercado con lanzas de madera y construido a lo largo de la cuenca en forma de espiral. Saladino entra en aquel campamento extrañamente vacío y desciende. Donde una vez una trampilla lo había llevado a un centro de comunicación, ahora un edificio hueco yacía abierto. Un camino de piedras había sido creado en el suelo por años de tráfico a pie; el musgo carmesí se arraiga en el barro que llena los huecos. Fluye bajo tierra hacia una sala abierta, como un estuario. Le dice a Isirah que se quede afuera, que vigile.
Unos ojos plateados atraviesan el oscuro pasillo formado desde la estación de comunicaciones. Saladino observa la luz de la luna reflejada en ellos como dos espíritus danzantes. Se ve a sí mismo en esa mirada intrépida.
"No pensé que te encontraría aquí de nuevo, jovencita".
"Hace mucho tiempo que nadie me llama joven". Fera, líder de los lobos, está sentada sobre un montón de chatarra en forma de trono, en la parte trasera del pasillo; ocho robustos artilleros la rodean. Ahora es una mujer con varias décadas de edad y marcas de violencia grabadas en la piel con cicatrices del sol y la piel apergaminada. Se toca con el dedo una media oreja que ya se curó hace mucho tiempo. "Has venido desde muy lejos. ¿Para qué?".
"Hay rumores sobre unos lobos rabiosos que merodean por aquí". Saladino mira a los hombres que flanquean a Fera. "¿Son tuyos?".
Fera mira malintencionadamente la insignia de la armadura de Saladino. "Mis lobos. La mayoría está cazando ahora".
"Eliminé al señor de la guerra y tú ocupaste su lugar". La voz de Saladino está llena de rabia.
"Siempre ha sido así", reflexiona Fera. "Alguien tenía que mantener el orden en tu ausencia".
Saladino observa la habitación con asco. "Esto no es lo que te enseñé".
Fera sonríe y mira a sus camaradas. "Ah, ¿no? Son huérfanos del bosque, como yo".
"¡Has perdido el rumbo!". Saladino ruge mientras avanza, con el dedo sobre del gatillo de su arma enfundada.
Fera suelta una carcajada. "Porque te seguí a ti. Pedí perdón por haber robado y me cortaron una oreja. Así que, cuando volví a verlos, les hice pagar. Y lo hice hasta que lo perdieron todo". Señala a sus discípulos sonrientes y a los montones de bienes robados tras ella. "El grupo decide lo que es mejor".
"Los Señores de Hierro no masacran aldeas inocentes. No matamos de hambre a la gente. Yo no asesino niños", gruñe Saladino mientras siente el calor de la furia bajo su piel.
"¿Qué haces cuando un señor de la guerra no se doblega? Se ha impuesto el orden, viejo y canoso Señor de Hierro. ¿O has olvidado tus enseñanzas?", se mueve nerviosa en su asiento. "Eso es lo que me enseñaste cuando me quitaste el fusil de la mano y acabaste con el campamento de Jaxxen. Y yo lo entendí".
"Cometí un error al pensar que lo que necesitabas era compasión", suspiró Saladino.
El Señor de Hierro desenfunda Remedio del Necio a toda velocidad. Una ráfaga rápida acaba con el lobo que se encuentra a la derecha de Fera y deja al grupo consternado. Saladino avanza y patea el trono de Fera, haciéndola caer al suelo como una piedra en un estanque. Entonces, la arrincona contra la pared.
El lobo que está a la izquierda de Fera saca un machete y carga contra él. Saladino saca el hacha de su espalda y lo abre en canal. Las dos mitades se desploman al suelo. El horror congela al grupo y la sangre se va acumulando a su alrededor. La voz chillona de Fera grita: "¡Matadlo!".
Las balas se cruzan en el aire mientras los cañonazos estallan en todas direcciones. Saladino se gira y se enfrenta a los lobos, repartiendo balazos con la misma facilidad con la que su armadura y su cuerpo las reciben. Mata a dos. No hay dónde cubrirse. No hay retirada posible. Esto es un ajuste de cuentas.
Los lobos gimen y mueren a su alrededor. Un disparo de escopeta le alcanza el hombro; sangra y deja caer la pistola. Se tambalea bajo el daño de sus heridas. La sangre gotea por debajo de su hombrera, pero el dolor es lo de menos. Enciende el arma con Luz ardiente y lanza un martillo solar que se hunde en el cráneo del enemigo con un golpe seco.
El penúltimo lobo deja caer un arma vacía e intenta huir. Saladino lanza su hacha por el pasillo y alcanza en la espalda al cobarde, que cae bajo el peso de la hoja y sale ardiendo. Saladino se gira hacia el último lobo, que intentaba frenéticamente recargar su arma. Retrocede hasta una esquina, carga su fusil y dispara. Saladino carga entre los disparos y lo arroja contra la pared. Desata una lluvia de puños cargados de arco que reducen a su enemigo a un montón de pulpa agitada.
Saladino ve a Fera, todavía arrinconada y luchando por salir de debajo el trono. Hay restos humeantes a su alrededor.
Hace una mueca y levanta el trono que le impide moverse. Pone las manos alrededor de su cuello y la levanta. Sus dedos aplastan el aire de su garganta hasta sentir la columna vertebral. Él siente dolor y hace una pausa para recuperar el aliento, esperando encontrar un ápice de remordimiento en los ojos de Fera.
Fera pone suavemente la mano sobre la de Saladino. "¿Cuánto tiempo pasará antes de que venga alguien a devolverte toda esta violencia?", jadea.
Se miran. Saladino afloja el puño.
Con la otra mano, Fera hunde una hoja estrecha bajo el cuello de Saladino. Él se estremece y se gira para ver la fina hoja de metal en su mano. Saladino la mira. No tiene miedo. Vuelve a tensar el puño hasta que el hueso se rompe. Entonces, la suelta y deja caer su cuerpo. Se queda a ver cómo la vida se escapa de sus ojos y le deja paso al dolor y el temblor previos a la muerte.
Saladino recoge su pistola y le concede un último acto de compasión.
Isirah flota cerca de la valla del campamento, una pequeña sombra en la luz del alba que atraviesa la nieve. Saladino sube para acercarse a ella, antes de que cure sus heridas. El viaje es una penitencia purificadora, piensa.
Un dolor soportable.