The Grimoire Archive
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III. Acuerdo

Saladino atraviesa la línea de árboles que se dibuja al fondo de un acantilado derrumbado. Tras él se extiende el antiguo bosque, donde la sombra se retira para darle paso al amanecer. Isirah y él han caminado dos kilómetros desde la aldea de Kepre para acercarse a la ubicación de un receptor de la Edad de Oro. Encima del acantilado, Saladino se fija en una cuenca hundida, derrumbada bajo la presión de una de las muchas invasiones de la Tierra. Una antena oxidada de un tiempo pasado sobresale entre los escombros en ese mar de maleza, restos y antenas de transmisión rotas. Sobre la antena, unas letras descoloridas rezan: PUNTO PERIHELIONAL. Justo debajo de la antena, Saladino distingue una trampilla maltrecha. "La señal de la barraca era un dispositivo de grabación", explica Isirah. "La transmisión se recibió aquí". "Así que el ladrón puso un dispositivo de reconocimiento sin que los aldeanos lo supieran", concluye Saladino. "Una forma inteligente de encontrar una entrada", dice Isirah. "Detecto también corriente eléctrica. Debe de haber una célula de energía bajo los escombros. Sería útil en Cumbre de Felwinter", señala. "No parece que sean invasores. No hay violencia en la aldea, no han reclamado ningún territorio y solo han robado un cerdo", dice Saladino. "Parece más bien un animal hambriento". Isirah queda pensativa. "Si un animal salvaje empieza a matar ganado, lo sacrifican". Saladino ríe. "Y los lobos salvajes son leales a quienes se han apiadado de ellos, ¿verdad, Isirah?". "A veces. Con el tiempo". Isirah suspira. "¿Quieres proteger a esta gente? Trae a los Señores de Hierro con la tecnología que tengan ahí y pon orden antes de que un señor de la guerra se haga con el control. No vayas en busca de perros callejeros para domesticarlos". "Por suerte, podemos hacer las dos cosas". Saladino esboza una sonrisa. "No debemos dejarlo en manos de la suerte, Forge". Una vez en la base de la antena, Saladino observa rastros de óxido desgastado en las bisagras de la trampilla. Examina los rincones y recovecos que hay para esconderse en el campo de escombros que lo rodea, esperando una emboscada de alguno de ellos. Como eso no ocurre, Saladino suelta una risa burlona, como si estuviera ofendido, y gira la rueda de la trampilla hasta que emite un chasquido y se abre. Saladino siente un fuerte hedor y retrocede. Desenfunda el hacha y le prende fuego. La iluminación crepitante dispersa sombras por el oscuro pasadizo. Llega a una habitación de tamaño medio; la mayor parte está enterrada bajo la maleza. Parecen ser los restos de una torre de control erigida para cerrar una brecha comunicacional. Por la pared, hay muchos eslóganes en lenguas que desaparecieron hace tiempo; él no entiende qué significan. "¿Hay alguien?", pregunta. "Los niveles de carbono indican que ha habido habitantes recientemente, además de cierta descomposición, pero las interferencias eléctricas alteran mis lecturas". "Entonces, a la vieja usanza", dice Saladino y se desliza por la abertura. Cae sobre el suelo con un golpe sordo bajo el peso de su armadura, seguido por Isirah. Un movimiento repentino llama su atención. Se prepara para defenderse, pero una silueta corre hacia él y chilla. Saladino coge al cerdo al vuelo, que se retuerce. "Elmi", gruñe Saladino. Con el puerco bajo el brazo, mueve el hacha encendida para ver la sala y se detiene a examinar una esquina oscura con una montaña de basura. Isirah se acerca al lugar y enciende la linterna. Aparece un rostro, unos hombros sucios y un cañón enterrado entre la basura. "Buena cerda". Una niña lo apunta con una pistola. Saladino frunce el ceño al ver a su oponente. No tiene más de catorce años, una niña salvaje envuelta en pieles y manchada de tierra. "Te voy a meter un balazo". Tiene la voz poco acostumbrada a hablar. "¡No miento!". La mirada tenue y el pelo enmarañado de la escuálida niña indican algún tipo de trauma. Saladino da un paso al frente y su enorme figura eclipsa a la niña salvaje. "No vas a matarme, niña". "Me llevaré a tu demonio cuando estés muerto". La niña duda un momento y grita: "Sé que da magia. ¡Entonces, Jaxxen también tendrá miedo!". La experiencia la había hecho inmune a la empatía; la moralidad era un lujo para una edad civilizada que ella nunca había conocido. Isirah se echa a reír. "Inténtalo". La chica apunta con el fusil a Isirah y dispara. Saladino suelta a Elmi, entre chillidos, y atrapa la bala en el aire con la mano, justo antes de que alcance a su Espectro. Se extrae la bala de la placa del guantelete y la sangre se derrama por el agujero que le ha quedado en la palma. "No sé a quién le has robado, pero no se le da bien protegerse". Ella gruñe e intenta meter una bala sucia en el cargador. Saladino se acerca rápidamente a la niña, le quita el fusil de las manos y la levanta por el cuello. Ella lo mira a los ojos, esperando con aceptación un golpe mortal. "Ahora que tengo tu atención…", Saladino pone los pies en el suelo. "Siéntate, niña". Su expresión es una máscara de supervivencia, el corazón de una liebre que va a morir. Él ya había sentido esa confusión antes, al resucitar en la nada, sin nada. Saladino sabe que la pena por robo es la muerte, pero esa acción es definitiva. Y él también conoce la fuerza del potencial, de la justicia más allá de la ley, de la compasión. Ella necesita algo de estabilidad a la que aferrarse ante la inestabilidad del mundo. "¿Cómo te llamas?". "Mátame de una vez". "No soy un señor de la guerra, niña". Saladino, un caballero, planta su hacha ardiente en el suelo, la sangre que gotea de su mano chisporrotea al bajar por el mango. "No te enseñaré la muerte. Te enseñaré otra forma de vivir". Ella no aparta la vista del hacha. Rechaza las provisiones que él le ofrece. Como si nadie le hubiera dado nunca nada sin la intención de obtener algo a cambio. "Por última vez: ¿cómo te llamas?". "Fera". "Si tienes hambre, la aldea te ayudará. El invierno se acerca y robar… ¿Y si haces que toda la aldea se muera de hambre?". La niña lo mira con una expresión hueca. "Jaxxen dijo que traería regalos. Prometió devolverme a mi hermano". Isirah cura la mano de Saladino con Luz. "¿Y lo hizo?", pregunta ella. La expresión insípida de Fera flaquea. Saladino mira el montón de basura que hay tras ella, bajo la Luz de Isirah. Hay un cuerpo de niño envuelto en su interior. Con suavidad, pone una mano sobre el hombro de la niña: "Llévame a ver a Jaxxen". El camino hasta la comuna del señor de la guerra dura varios días, siempre hacia el norte. Durante el viaje, Saladino enseña a la niña salvaje a atrapar liebres y cazar. Cuando ella ve a un depredador, Saladino le explica el acto de compasión que supone dar una muerte rápida. Le explica que el lobo no caza para sí mismo, sino para la manada. Si están solos, son perros impulsados por el instinto y el hambre. Esa violencia es infecciosa. Es la promesa de la manada lo que los define. Lo que nos une es el orden. Acampan en las afueras del campamento de Jaxxen. Saladino enrolla carne con las manos y el olor de la liebre cocinada llena sus fosas nasales. Es una captura de la primera trampa de Fera, una recompensa que comparten en paz. "¿Ves? Juntos, podemos cuidar el uno del otro". Saladino le da a Fera una pierna asada. "Así es como pasamos de sobrevivir a vivir. Comunidad, orden, ley. Así es como avanzamos". "¿Qué es la ley?", pregunta Fera con la boca llena de liebre. "Son normas. Promesas de cómo tratarnos unos a otros". "Las promesas se rompen…", dice ella masticando. "La gente como yo se asegura de que se mantengan. La gente como tú también podría". Saladino ve su confusión y continúa: "A veces, cuando un Señor de Hierro no puede quedarse para proteger una zona, designamos a un representante". Fera lo mira con curiosidad. "Alguien que vigile el bosque mientras no estoy. Alguien como tú, que entienda por qué deben cumplirse las promesas". Saladino se quita una cadena del cuello. "Esto te convierte en miembro de nuestra comunidad, Fera. Una loba. Y nosotros protegemos a los nuestros". "¿Cómo?", pregunta, aferrándose al talismán mientras Saladino se lo anuda al cuello. "Al igual que tú, habrá otros que necesiten un lugar. Encuéntralos. Llévalos de vuelta a la aldea en la que robaste. Promete que os protegeréis los unos a los otros. Así es como se hace". Por la mañana, Fera lleva a Saladino hasta la entrada del campamento de Jaxxen, donde los bosques dan paso a las rocas escarpadas y a la tierra seca. El Señor de Hierro le ordena que espere en su campamento. Se adentra en el campamento de Jaxxen mientras los gritos de alarma alertan a los defensores. Fera retrocede hacia la línea de árboles, pero no se va. ** Fera observa cómo el Señor de Hierro desgarra cuerpo tras cuerpo con brutal eficacia. Una bestia salvaje, sedienta de sangre. La joven se maravilla con ese espectáculo de violencia y admira el hacha que gotea sangre hirviendo. Se deleita con la recepción vacía de los gritos que suplican piedad. Sus ojos reflejan chispas, llamas y sangre. Es una imagen de equilibrio catártico. Aunque ella no conoce las palabras, un sentimiento de justicia vengativa se apodera de ella. La bestia es el castigo de Jaxxen por sus fechorías: el orden prometido impuesto a través del dominio. Fera frota el talismán cuando el señor de la guerra Jaxxen emerge rodeado de una Luz amatista. Un momento de miedo se apodera de su corazón cuando Jaxxen ríe y carga, pero él cae bajo una columna de relámpagos invocada por el rugido atronador de la bestia. Solo queda el crepitar de sus huesos calcinados desapareciendo en un montón de ceniza. Ella sonríe. ** Saladino está en los límites del campamento en llamas de Jaxxen. Mira la tierra calcinada donde Jaxxen estaba y llama a Isirah. Isirah examina las consecuencias. "Bien, ¿pero vas a dejar que la chica se vaya? Robar comida y atacar a un Señor de Hierro son ofensas mortales. ¿No vas a hacer nada?". La duda de Isirah es evidente. Saladino sabe que ha visto cómo envejecen las cosas salvajes. "Solo estás alargando lo inevitable", protesta. "Fera es lo bastante joven como para encontrar un futuro diferente". Saladino mira a Isirah. "Igual que yo". Isirah emite un sonido de exasperación. "El mundo está lleno de huérfanos rebeldes, Forge. Tu trabajo es hacer cumplir las leyes de Hierro, no interpretar las zonas grises". "Soy un Señor de Hierro y puedo interpretar nuestras leyes como me parezca", dice Saladino. "Arreglaremos la batería y la llevaremos de vuelta a Kepre con la cerda. Luego, nos iremos". Su voz es severa e inflexible. "Y punto".