Asalto
(El abismo. La grieta artificial de Lubrae que separa a los deseables de los indeseables. Una fisura en la que no hay nada, salvo una franja de cemento que conecta ambas mitades).
(Allí, entre la maleza que oculta a los que se acercan, los encuentro: temblorosos y sin saber qué iba a ocurrir, a pesar de las palabras de aliento de padre. Él quiere llevarlos a la ciudad de Lubrae por los túneles subterráneos, a escondidas. No tengo ni idea de cómo planea hacerlo y no tengo intención de averiguarlo).
(Mi salida de las profundidades del bosque no era inesperada, o eso dice mi padre. Madre y la matriarca del clan están aquí. No veo más rostros familiares. Están agotadas. Desgastadas. Rotas. En busca de un hogar. Debo dárselo… Debo hacerlo).
(Pero ruegan. Recuerdan. Apelan. Dicen amar. Dicen preocuparse. Madre me acaricia el brazo, un contacto calculado para evocar mi bondad interior, una bondad que se supone que he olvidado. Se disculpa por mi exilio).
(Luego, padre se disculpa… por todo. Se disculpa por el iracundo ejemplo que dio, por su falta de acción. Quiere arreglar las cosas. Quiere que nuestro clan lleve una vida cómoda. Veo tristeza. Veo verdad. Veo remordimiento. Quizá esta sea la forma. Quizá mi tiempo con el Régimen haya nublado mi juicio).
(Y quizá mi caída dentro de este abismo sea el resultado de mi propia y sobrecogedora catarsis).
(O quizá sea el precio de la ingenuidad).
(Sus rostros se encogen conforme me adentro, pero todavía puedo ver sus expresiones. Ya ninguno de ellos, ni los adultos ni los niños, expresan remordimiento, dolor o tristeza).
(Sus rostros muestran alivio).