Prólogo de Valus Forge
"No debemos ver estas administraciones locales como un desafío al dominio de la emperatriz", dijo la consejera Taurun al consejo de guerra. "Lo cierto es que pueden evitar que la flota acabe sumida en la anarquía total".
"Me importa un zurullo de bestia de guerra si es así", dijo Valus Tha'rag con desdén. "Esto es traición. Deberíamos enviar una legión para restablecer el orden".
Se oyó un murmullo de aprobación entre los comandantes cabal presentes.
La emperatriz Caiatl contempló las luces holográficas colgadas sobre la mesa del consejo. Representaban a los refugiados de su mundo destrozado, que iban a la deriva en naves inmensas en el espacio profundo. Todo lo que quedaba de su civilización eran unas imágenes digitales.
"¿Y tú qué opinas, Valus Saladino?", preguntó la emperatriz.
"Tenemos un dicho en la Tierra", respondió el Señor de Hierro. "Hay dos manera de mover a una bestia de guerra: con un trozo de carne… o por la fuerza. Esta situación exige las dos cosas".
Los comandantes profirieron gruñidos de asentimiento.
"Pues que así sea", declaró la emperatriz. "Taurun, envía un cargamento de mercancías inmediatamente sin escatimar en lujos. Si la conservación de los recursos es el pretexto de su autoridad, eliminémosla".
"Valus Tha'rag, tú serás mi fuerza", prosiguió. "Envía un escalón para que proteja el cargamento de los saqueadores caídos. Reafirma mi autoridad con contundencia".
La emperatriz golpeó ligeramente la cubierta de la nave con el pie: el asunto estaba zanjado.
"Muy bien", dijo Taurun. "El siguiente punto es…".
La consejera, interrumpida por una agradable octava que parecía venir de su cabeza, se detuvo a mediaena mitad de la frase.
Todo el consejo se espabiló: ellos también la oían. Dirigieron su atención a la entrada cerrada.
"Optus Qorix", dijo la emperatriz con voz preocupada. "Entra". El tono telepático se desvaneció.
La psiónica entró. Su único ojo estaba al descubierto. Poco a poco, una serie de imágenes surgieron en la imaginación del consejo.
[el Testigo : portal : Savathûn : Eris Morn : Muro de los deseos : espira : huevos : Ahamkara : Riven : RIVEN]
La sala quedó sumida en un silencio tenso. Caiatl había evitado nombrar al Testigo hasta el momento porque, a pesar de sus esfuerzos, los cabal eran incapaces de cruzar el portal. La emperatriz sabía que el sentimiento de impotencia podía hacer que sus comandantes actuaran de forma temeraria. No estaban acostumbrados al temor. Al menos ahora tenían un camino que seguir.
"La Vanguardia tiene la costumbre de jugar con fuerzas que no pueden controlar", murmuró el consejero Tha'arec.
"El hecho de que vayamos a resucitar a los Ahamkara demuestra que se les puede controlar", respondió Saladino con frialdad. "O, al menos, eliminar".
"Sí, claro, tu famosa Gran Caza", dijo la emperatriz. "Si recuerdo bien las enseñanzas de Ahztja, la guardiana de mitos, tuviste un papel clave en su extinción, ¿verdad?".
"Cierto", respondió Saladino de mala gana. "Los Ahamkara se consideraban demasiado peligrosos para dejarlos vivir. Así que los matamos".
Valus Tha'rag se encogió de hombros con impaciencia. "Los cabal habrían hecho lo mismo".
"Lo habríais intentado", espetó Saladino con dureza. "Y habríais fracasado. Entre los cabal, solo los psiónicos entienden de verdad el Himno Anatema. Los demás habríais acabado en prisiones creadas por vosotros mismos".
"No hay nada que los cabal no puedan conquistar, con psiónicos o sin ellos", replicó Caiatl. "Deberías recordarlo, 'Lord' Saladino".
Saladino midió su posición estratégica. "Por supuesto, emperatriz", concedió. "Mis disculpas".
Caiatl siguió insistiendo. "Cuéntanos alguna historia de esos dragones de los deseos. Sería aconsejable estudiar al enemigo".
Saladino suspiró para sus adentros. No era un periodo de la historia que le gustara relatar.
"Como desees".