La historia del Señor de Hierro
Lord Tamerlán camina hacia el estanque poco profundo que rodea el islote y escucha con atención el vaivén rítmico del agua.
Este lugar contiene un engaño sutil. Cada paso que da, por torpe que sea, crea un eco repetitivo y perfecto del mismo sonido. Una grabación o un recuerdo aislado. Una transmisión memética que reemplaza cualquier otro sonido cercano.
Se pregunta si el último pobre lugareño que pasó por aquí deseaba la paz y la tranquilidad.
El sonido vuelve a empezar. Tamerlán se da la vuelta.
El Ahamkara se lanza hacia él desde un lateral mientras su figura brillante surge de un cuerpo de agua sin la profundidad suficiente como para que se hubiera ocultado en él. A través de una lluvia de un líquido negro y verdoso, Tamerlán avista sus fauces en forma de cuña, que se abren como una flor.
Tamerlán invoca el vacío en el agua desplazada. Una fila de burbujas de cavitación brotan debajo del Ahamkara con una onda expansiva de fuego violáceo en cascada que desarticula al Ahamkara. Los pulmones de Tamerlán están a punto de ceder.
Lo que queda del Ahamkara se arrastra hacia el borde del islote mientras jadea con dificultad. Tamerlán se inclina para darle un manotazo, a modo de experimento, a la superficie del lago. Oye la llamada de alarma de un pájaro en la espesura. Algo más cerca, oye a Lord Colovance, que lo llama por su nombre.
Tamerlán se acerca al Ahamkara por el agua.
"¿No te gustaría saber si tienes razón?", se burla el dragón moribundo. "¿No quieres preguntarme nada sobre Clovis Bray? ¿No quieres saberlo?".
La pregunta le molesta.
"Sé que tengo razón", dice Tamerlán. Pero sí que quiere saberlo. Se muere de ganas por preguntarlo. Y sigue queriendo hacerlo mientras espera a que la criatura muera. Al final, tiene que morderse la lengua.
Mientras está sentado en la orilla, sacudiéndose el barro de las botas, Lord Colovance lo alcanza.
"Te he llamado", dice Lord Colovance. Su estudiante tiene un tono a la vez hosco y arrepentido. Quizá le hubiera gustado encargarse él mismo de la bestia.
"Lo sé", responde Lord Tamerlán. "Lo tenía controlado". Deja que el cariño suavice su tono. Permitirá que sea Colovance quien anuncie al pueblo que la gran bestia ha sido asesinada para que pueda disfrutar de la oleada de gratitud. Tamerlán tiene la cabeza en otra parte. Hay tantas cosas importantes en las que seguir trabajando. Hay un futuro que construir desde cero. Que sean Nirwen y los de su clase quienes se obsesionen con sus bestiarios.
"¿Has… hablado con la bestia?", pregunta Lord Colovance.
Mencionó a Clovis Bray, pero Tamerlán no lo dice. El sabor del cobre le inunda la boca.
"No".
Caminan de vuelta en silencio.