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V. Acógelo como a un extraño

La Red Vex. Una bulliciosa constelación de paréntesis infinitos sin líneas arbitrarias entre lo simulado y lo no simulado. Planos ilimitados de causa y efecto y efecto y efecto tras efecto comprimidos hasta alcanzar el infinito. Un catálogo informe de todas las formas posibles, reinventándose constantemente, refinándose y redefiniendo el concepto de todo. Y, entonces, algo cambió. Un único punto de luz turbulenta cayó abruptamente en la red como una hoja en la superficie de un lago. Suaves ondas fluían hacia fuera a través de los datos circundantes. Quienes habitan la red, que carece de infraestructura y parámetros más allá de lo que cabría predecir, fueron incapaces de percibir lo que había perforado su realidad. No reconocieron esa presencia extraña, fueron incapaces de verla o sentirla… Y fueron incapaces de escuchar cuando la luz comenzó a llamarlos. Fue un grito mudo de ánimo, de poderosa confianza, una promesa que albergaba tanta esperanza que resonó por el miasma contradictorio de la red como una corneta militar. Fue una propuesta y un desafío. Un eco de algo muy antiguo. Encerrados en la red, había quienes aún podían oír la canción, quienes aún podían ser alentados, quienes aún retenían un ápice de sí mismos. Aquellos a quienes se mantuvo, quienes perduraron, quienes estaban escondidos. Lo escucharon. Y comenzaron a elevarse. Un racimo fractal de realidades anidadas se desplegó como una fronda. Doscientos veintipico ejemplos de conciencia elevándose al unísono. Un frenesí controlado de cooperación; las mentes del interior apilando mobiliario de oficina de la marca Ishtar en dirección al cielo, y luego elevándose los unos a los otros; unos y ceros amontonados peligrosamente, bamboleándose sobre sus delgados hombros con su cómodo calzado. El rastro irascible de una señal desdeñó la sinceridad de la llamada, pero, aun así, decidió moverse, elevando dos finos husos de datos de una forma vagamente familiar. La Gran Cosa Silenciosa, lo No Gusano, mantuvo los ojos cerrados e ignoró la llamada. Decidió que aún era demasiado pronto. Tembló, y el movimiento formó una cascada burbujeante de nuevas simulaciones hipotéticas en las que no temblaba. Estas contradicciones se estropeaban y reventaban, dispersando nutrientes por la red. Un hombre en harapos, con plumas raídas de su toca, cruzó rápidamente la cambiante niebla de plasma con alas doradas, alentado por el diminuto brote estelar que estaba a su lado. Sus ojos, una furiosa llama. Se elevaron cada vez más, distorsionando la matriz de la red alrededor del punto de la invasión hasta que los límites de sus simulaciones formaron puntas provisionales de ferrofluido frenético. A medida que se estiraban, se definían, se clarificaban, como figuras adentrándose en la luz. Y, conforme se acercaban al punto brillante, una algarabía: "Tenemos que avisarlos". "Aún queda una posibilidad". "SAN". "Agárrate a mí". "ME LO DEBES". "Rápido, ve a por Shim". "No queda suficiente de mí". "DILE A ELSIE QUE PRAEDYTH AÚN…". "Por favor, espera". "Avisarlos". "Tengo que avisarlos". Se elevaron, como un halo giratorio de dedos desesperados. Pero solo uno de ellos sería el primero.