The Grimoire Archive
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VI. Casa de cristal

Maya Sundaresh cogió una flor iridiscente de un cuidado parterre del musgoso jardín de la casita de piedra. Apenas reparó en el leve e irreal brillo de los pétalos, o en el breve tirón digital que se produjo al arrancar la flor. Era casi perfecto. La Red Vex aceptaba sus códigos. Chioma tenía razón: ciertamente, podían construir una vida aquí formada por más que ladrillos de neón y mentes en disección. Maya echó la vista atrás, a un año antes —si el tiempo seguía significando algo—, cuando aún estaban perdidas, buscando otras copias reiteradas de sí mismas. Si Chioma no la hubiera convencido de que parara, de que se quedara, de que dejara de obsesionarse con encontrar… un final que no podía definir. Chioma vio lo que les pasó a las Mayas que fueron incapaces de renunciar a ese impulso. Pero ahora, bajo la tutela de Chioma, construirían un refugio. Una parada donde quienes viajasen por la Red Vex pudieran descansar y orientarse. Esperaba poder salir algún día para tender un puente entre esta realidad y la antigua. Pero ese mundo nunca había encajado del todo con ella; su falta de objetividad le parecía agotadora. Estaban tranquilas y, con el tiempo, aprenderían a manipular la red a su antojo. Siempre y cuando los cambios no fueran demasiado grandes o perturbadores, los vex las dejarían en paz. Tal vez su intromisión hubiera despertado el interés de los vex por estudiar y ver de lo que son capaces. En cualquier caso, Maya había empezado a acostumbrarse a esta vida. Estaba feliz de poder recoger flores y estudiar la ley del código integrada en la red que, a su vez, la estudiaba a ella. "¡Maya! ¡Ven rápido, he descubierto algo!". Escuchó gritar a Chioma por la radio. "¿Qué has descubierto?". "No querrás que te estropee la sorpresa, ¿verdad?". Maya puso los ojos en blanco, pero sonrió. "Claro que no", murmuró por lo bajo mientras apartaba la densa maleza para adentrarse en un bosque simulado y llegar hasta Chioma. Chioma estaba arrodillada con expresión de asombro sobre el androide de un goblin con radiolaria brillante borboteando de sus recipientes de contención y tubos abiertos. Una descarga de arco lo había dañado gravemente, y la radiolaria chisporroteaba mientras soldaba los circuitos y las chapas. "¡Ha funcionado!". Maya estuvo a punto de tropezar mientras corría para arrodillarse junto a Chioma. "¿Ves cómo…?". Maya asiente. "Se repara sí mismo…". Chioma le dio un golpe a Maya en la mano, demasiado cerca de la radiolaria. "Y los micro…". Maya miró de reojo a su mujer, pero continuó: "Organismos pluripotentes individuales que se especializan y homogeneizan según ven necesario, como si…". "Estuvieran aprendiendo y desaprendiendo. Cargando, eliminando…". Maya agarró a Chioma del muslo. "Tratando la materia física y digital como si fueran lo mismo. ¿Cómo lo hacen?". "Somos carne digitalizada, así que, si ellos pueden…, nosotros podríamos cambiar…, como hemos cambiado este sitio, en teoría". Maya miró a Chioma con orgullo. "Mi… Tú". Sus miradas se cruzaron sobre el androide que se retorcía. "Brillante". "¿Ves lo que ocurre cuando me escuchas?". Chioma le dio un beso con entusiasmo y luego retrocedió. "Las cosas van a mejorar". Maya sonrió. "Ahora que tenemos nuestra muestra de radiolaria. ¿Qué haría yo sin ti?". "Perder los estribos", respondió Chioma apretando los labios para reprimir otra sonrisa mientras recogía la radiolaria. "Es hora de poner en marcha tu plan, Maya". "Sí… Con la radiolaria, podremos doblegar aún más la red. Este sitio será un faro para todos los que estén perdidos". Maya agarró a Chioma de la mano y le limpió la tierra de los nudillos. "Gracias por pararme. Por obligarme a quedarme. Creo que nunca te lo he llegado a decir". "Nunca ha hecho falta". Chioma se levantó, aún de la mano de Maya. "Ven, tengo una última sorpresa. Mira el atardecer que te he preparado". ****** La Voz Cantante se alza sobre el androide de una Chioma exo hecho añicos. Muerto, inutilizable. Un rostro asimétrico cuelga de los hilos sintetizados de piel de un cráneo metálico. Con un movimiento de la mano, retira la máscara facial de la cabeza del exo y luego levanta suavemente el bisturí de la mesa de operaciones. Los daños que presenta no permiten un reinicio estándar. Necesita reparaciones. La mano metálica de la Voz Cantante corta la carne protésica de Chioma con el bisturí. Luego, vuelve a arrastrar la piel desde el abdomen y la sujeta con una pinza. Cambia el bisturí por una jeringa e inyecta radiolaria en el núcleo y el cerebro, que no tienen actividad. La radiolaria nueva se ramifica en todas direcciones. La radiolaria latente del interior empieza a reparar el androide de nuevo mientras ella lleva a cabo la operación. "¿Ves cómo asimila los microbios inactivos? ¿A que es fascinante?". Medita un segundo. "¿Quién te hizo esto? Yo no fui". La Voz Cantante reflexiona mientras se frota entre los dedos y evalúa el daño que ha sufrido el exo de Chioma. "Aunque es un buen trabajo. Un espécimen formidable". Chioma abre los ojos de repente. Al estar atada, no es capaz de torcer la cabeza para observar el terrible dolor que siente en su estómago metálico; lo tiene abierto. Intenta gritar, pero de su boca no sale ningún sonido. "Sácalo todo. Tengo algunas preguntas para cuando termines".