Entrada I
De la mente de Match, consejero Sombra del verdadero emperador. A bordo del Leviatán, incapaz de alterar su rumbo. Hoy vierto agua de la copa en Y, para que mis ancestros puedan lavarse los ojos. Cada uno de mis pensamientos y mi empeño son para mi emperador, Calus, soberano pasado y futuro.
Cruzamos los territorios exteriores de nuestro imperio perdido. Un día, el Leviatán surca el espacio a gran velocidad y, el siguiente, flota a la deriva con despreocupación. Seguimos sin poder reparar los sistemas de control destrozados. Y nuestro emperador, que en su momento ordenó la construcción de esta nave para cumplir su propósito, se niega a compartir sus conocimientos en metaconcierto.
Sin embargo, al abandonar el espacio que componía sus dominios, veo cómo mi emperador digiere su situación. Ya no se enfurece ni derrama el vino. Hace casi un año que no maldice el nombre de Ghaul. Noto cómo sus pensamientos adquieren una forma y un color nuevos.
No sé si me gusta.
En el tiempo acelerado por la relatividad, vemos a los cabal cambiar a nuestro alrededor y mi ojo se llena de lágrimas. Cuando Calus reinaba, los artistas y los pensadores visitaban los mundos ateneos para dejarse inspirar por las maravillas alienígenas traídas de lugares desconocidos para los cabal. Ahora, los mundos ateneos están clausurados. Las obras que inspiraron se han sustituido por lúgubres armas producidas en cadenas de montaje y por la arquitectura de los búnkeres. De las fuentes brota combustible negro; los jardines desaparecen bajo el humo que escupen las factorías.
Ghaul ha llegado incluso a desfigurar la mente de su pueblo. Ha desmembrado a los cabal, separándolos de sus influencias extranjeras, enseñándoles la burda autosuficiencia de un luchador clandestino. Armas que solo un soldado raso puede entender. Una lengua que solo sirve para ladrar a través de una red bélica. Lamento la pérdida del imperio que construyó maravillas como el Noveno Puente. Lamento que todas las especies clientes hayan sido devoradas por los engranajes.
Pero, si me lamento, mi emperador se marchita del todo. Ha perdido incluso el interés por los archivos y el observatorio. Ya no se preocupa de estudiar un universo que lo ha ofendido. Duda de su propia divinidad, porque ¿cómo puede un dios permitir que esto ocurra? Su ira ha desaparecido y ahora no sabe qué hacer. La nueva forma que siento en su mente es gris y fluida como la niebla.
Entre los míos —y me refiero a mi gente, a la gente del cáliz, no a toda la especie psiónica—, llamamos a este sentimiento "dulce olvido", el refugio que se convierte en prisión. Imagino que, para Calus, es como perder totalmente el apetito. Incluso la curiosidad que lo hizo grande.
Los consejeros me piden que acuda a él, pero sigo teniendo miedo. ¿Y si descubre mi secreto? ¿Qué hará? Hasta su querido vendedor de té lo ha abandonado. Si se entera de que sigo venerando la antigua copa y que la antepongo a su nombre en mi bendición… ¿será esa la traición que colme el vaso?
Al menos, ya no grita en mitad de la noche.