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Entrada II

De la mente de Match, consejero Sombra del verdadero emperador. A bordo del Leviatán, incapaz de alterar su rumbo. Hoy vierto sal de la copa en Y, para que mis ancestros puedan curtir su piel. Cada uno de mis pensamientos y mi empeño son para mi emperador, Calus, soberano pasado y futuro. Estamos en guerra. Aquí, en los márgenes del imperio, las flotas se enfrentan por el vacío. En el consejo, suponemos que el tirano Ghaul quiere este vacío para amortiguar la invasión, pero... ¿no resulta irónico? Este enemigo no desea nada más que nuestra muerte, y nosotros lo complacemos muriendo por nada. Es lo contrario de lo que Calus quería para los suyos. Incluso las nuevas naves cabal son prescindibles. Ya no son las magníficas medidas disuasorias de la armada de Calus. Ahora son feas, toscas y descuidadas. Las tripulaciones viven siempre en su armadura, presas del deber, y su única vía de escape es la música y los juegos que introducen a escondidas en la red bélica. Me cuentan que un pasatiempo popular consiste en reclutar "flotas" y "legiones" entre los soldados y las naves cabal, y competir con otros camaradas para ver quién consigue más victorias. Naturalmente, reclutar a tu propia unidad trae muy mala suerte. El enemigo es todavía peor. Todos los psiónicos viven en un mundo de mentes. Yo creo en la copa y en los espíritus porque los siento cada día. Siento las huellas que han dejado otras mentes en las cosas que veo y toco. Pero la colmena no tiene espíritu. Sus almas están demacradas. Algún horrible disolvente las ha desnudado de todo lo que no sea odio, astucia y voluntad de supervivencia. Creo que adoran a la muerte porque es la única salvación de su existencia. Sugerí que los consejeros bélicos invitasen a Calus a observar cómo uno de los grupos de transporte de Ghaul atacaba una luna de guerra de la colmena. Vino porque sabe lo valioso que es fingir interés, pero hasta la forma de la flota le hirió. Ghaul y Umun'arath, su tiránico aliado, han abandonado los cruceros independientes (instrumentos del estado, como a Calus le gustaba decir) por enjambres de fragatas que maman combustible de enormes transportes de flota. Los portales de la colmena no dejan tiempo ni espacio para elegantes danzas vectoriales, así que las nuevas naves se han fabricado para tomar partido en intercambios brutales a bocajarro. Sentimos a otros psiónicos en acción, ocultando la flota traidora mientras dispersaban perforadoras y cápsulas de abordaje por la ruta de la luna de guerra. Atacar la superficie no fue suficiente; alguien tuvo que introducir una ojiva en las vísceras de la luna para reventarla. Presa del entusiasmo, pregunté a una consejera bélica cómo íbamos a conseguir imponernos a la colmena, siendo una raza tan antigua y poderosa. La consejera comparó a nuestros cabal con un buque de guerra y a la colmena con un submarino. La colmena puede sumergirse en profundas capas metafísicas de la existencia en las que poco podemos hacer contra ella, pero, en el universo ordinario, la colmena es como un submarino en la superficie: sigue siendo peligroso, pero no invencible. Quedé impactado y secretamente fascinado por la nitidez de la copa de su semblante. ¿Pensaba que conseguiríamos al fin derrotar a la colmena? Dijo que no, pero que podíamos contenerla lo suficiente para vivir nuestras vidas. ¿Acaso no bastaba con eso? Invitar a Calus fue un error. Solo sirvió para recordarle que ya no tenía poder alguno.