9: Desbordados
Osiris arde, un semblante que aúlla contra el firmamento en un cielo cargado de hollín. Se comprime, una noche interminable. Esferas de luz se mueven frenéticas y zumban; los nervios cargados aprietan sus músculos y sus huesos. Innumerables marionetas de oro reluciente se apresuran para reforzar las brechas en la defensa de la Ciudad bajo sus órdenes. El este, debajo de él, atravesado por olas de exaltados caídos y sus clamores. El frente no se había roto, solo se había desplazado. Osiris dirige sus proyecciones hacia esa dirección.
Una pequeña escuadra mantiene la línea. Osiris se da la vuelta. El desafío dorado se mueve para detener el impulso de los caídos. Una proyección hace contacto visual con una titán. Ella asiente y, con fluida elegancia, la proyección la eleva hacia el cielo. Invoca una tempestad que atraviesa los muros de la ciudad y dispersa la fuerza que avanza. Shaxx, por debajo, grita en la distancia.
Varias esferas se rompen. El cielo se extiende hacia una noche sin estrellas, un olvido invade las fronteras de la mente de Osiris en una omnipresencia asfixiante. Las lindes. La Luz se extiende tenuemente. Bajo coacción. Nunca es suficiente.
El oeste se doblega.
La transferencia, instantánea.
Osiris sigue con Infernal. Éter y fuego se envuelven entre sí en una estela cenicienta. Ve ocho luces escalando la cresta. Clic. Un guardián solitario se estrella contra el horizonte de la cima. Clic. Sobrevivirán. Clic. Se da la vuelta, con la palma extendida...
El norte se doblega.
Le arden los nervios. El tono dorado de la Ciudad se oscurece. Solo un momento de exhalación.
El norte se quiebra. Las armas desgarran el muro.
Allí llega. Dos cazadoras resisten. Una dispara rayos de luz solar de su fusil, envuelto en llamas. La segunda danza entre oponentes, sus hojas de pureza de arco. Nadie podrá con ellas.
Sus proyecciones se movilizan para cortar el paso.
Cadáveres entre los escombros.
Refugiados de la brecha este atrapados por la explosión.
Sus muertes ocuparon su mente a través de veinte ojos dorados, grabando la escena en su totalidad.
Osiris peinaba el frente del norte, en Luz dorada.
Observó el muro derrumbado. A través de la grieta, la mente inútil, eclipsada por el precipicio eterno. Lleno de amenaza. Ojos que miran hacia abajo, goteando, hambrientos, esperando inundar esta última esperanza con una profundidad cada vez mayor. Incluso ahora, cuando los frentes caídos se rompen contra la Luz, otros observan desde profundos huecos sin estrellas. Si no es este, será otro. La presa fallará, como todas lo acaban haciendo.
Pero de momento, el sur se doblega... y todavía puede purificarse con fuego.